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“La educación es el arte filosófico por excelencia”
Antonio Caso

Trabajar para los demás es la labor más loable y ennoblecedora del espíritu a la que se puede aspirar, más cuando esa tarea tiene como meta generar conocimiento en las demás personas. Quien trabaja para generar conocimiento es un verdadero amante de la sabiduría, un auténtico filósofo, porque sabe que sólo ella es capaz de transformar vidas y encauzar la historia. Amar el saber es amar también al prójimo. Es la capacidad de ver reflejada una labor personal en la riqueza humana heredada al otro; esa es la vocación que mueve al auténtico Maestro.
Recordar, por parte de la sociedad, la noble labor del Maestro no debe ser un ejercicio de reconocimiento sólo de un día, sino que tiene que ser una constante de aprecio hacia esas personas que han dedicado su vida, o parte de ella, a darse a los demás en un afán por enseñar y compartir el conocimiento con la única satisfacción de saber que su empeño ha logrado mover la conciencia de sus alumnos para construir una comunidad mejor.
Ser Maestro es ser un filósofo, esa persona que sabe descubrir cosas nuevas en la cotidianeidad, que hace de la experiencia una aliada para progresar, que descubre que la vida plena enseña tanto como los libros, que sabe ponerse en lugar del otro para no dejar que la soberbia domine su intelecto, porque el Maestro es consciente que no sabe más la persona que tiene más información sino aquélla quien comprende cómo emplearla para el progreso moral. El auténtico Maestro tiene siempre presente que la soberbia intelectual es la peor consejera. Un Maestro por eso es guía en las virtudes, garante de la sapiencia, testimonio de entrega y un comprometido con la historia.
Muchas personas erróneamente se auto designan como “Maestros”, cuando dicho título no lo otorga el nombre propio plasmado en una lista de asistencia o en una pizarra a la entrada del edificio escolar. Tampoco se es Maestro sólo por ostentar presuntuosamente grados académicos enfrente de un aula de estudiantes o por exhibir numerosas publicaciones muchas de las veces ilegibles para el lector. No, no es Maestro aquélla persona que simplemente se presenta al frente de un grupo de estudiantes y repite mecánicamente los conceptos contenidos en un libro o en unos apuntes sin darle él mismo su propia interpretación y enriquecerlos con su experiencia vital. Y nunca será Maestro aquélla persona que irresponsablemente acepta una cátedra sólo por el hecho de vincularse a una institución, lucrar con un puesto de docente y añadir una actividad más a su currículum profesional. Y jamás será un verdadero Maestro esa persona quien prefiere tomar las calles antes que trabajar las aulas, que recurre a la violencia y a la imposición de ideas sin entrar a un diálogo, que cobra un sueldo sin dedicar un minuto para educar a la infancia; esa gente denigra la verdadera vocación magisterial.
Ser Maestro, ante todo, es una responsabilidad, porque el verdadero Maestro es la persona quien sabe que su actividad debe ser una vocación de servicio, una labor de renuncias materiales, pero ante todo, una tarea de satisfacciones trascendentales.
En efecto, el verdadero Maestro tiene una vocación de servicio hacia sus alumnos, pues sabe que el conocimiento que con ellos comparta será la clave para que los estudiantes generen sus propias conclusiones e ideas que el día de mañana transformen para bien a la sociedad en la que vivimos, porque el Maestro tiene la capacidad de fomentar el diálogo reflexivo y de coordinar las opiniones que muevan a un país. Esa vocación exige una entrega desmedida en la capacitación continua por ser mejor docente, en el estudio constante de la materia que imparten y de todas aquéllas disciplinas que enriquecen su temario, en saber entender que el alumno es una persona que confía en su conocimiento por lo que debe ser capaz de ponerse en su lugar para transmitir mejor los conceptos. Al ser una vocación, dicha labor no debe tomarse a la ligera y pensarse que cualquiera puede ser un profesor, pues si no se está dispuesto a dejarse la vida en los libros, en las aulas y en el diálogo con los alumnos y con los demás Maestros, no se está en la capacidad de realizar la tarea docente. La vocación hacia la enseñanza es una virtud del espíritu que sólo quienes saben interpretarla con sutileza logran ejercitarla de manera conveniente.
El ser Maestro implica una serie de renuncias materiales, pues la persona que realiza esa labor con verdadera vocación no lo hace para generar riqueza económica personal, pues es bien sabido que, lamentablemente en un país como el nuestro, la labor docente en cualquier nivel educativo, nunca ha sido lo suficientemente reconocida mediante el justo estipendio. El Maestro muchas de las veces tiene que disponer de sus propios recursos personales para llevar a cabo su labor; desde comprar un libro, adquirir el material didáctico o simplemente transportarse desde lugares lejanos hacia su lugar de trabajo, significan una serie de renuncias asumidas pero con miras a lograr un bien mayor: la educación de las personas. Pero el verdadero Maestro sabe que la mejor paga a su labor no está reflejada en un cheque al final de la quincena sino en la gratitud que le devuelven sus alumnos al finalizar el curso. Desde luego que resulta lamentable, en un país como el nuestro se otorguen más recursos, públicos y privados, a actividades que poco dejan al progreso social y que se deje de lado una labor prioritaria como el reconocer a sus verdaderos Maestros, a la capacitación y estímulos más grandes para los profesores, a la investigación y desarrollo que se genera en las aulas y en los laboratorios universitarios.
Da tristeza da ver que en nuestro México, enormes cantidades de recursos públicos se destinen para pagar a pseudo profesores que toman injustificadamente las plazas públicas y no realizan su trabajo, todo por satisfacer los egoístas intereses de un sindicato. Da tristeza ver tantos recursos que se emplean para patrocinar a partidos políticos y campañas de candidatos volátiles que sólo proponen falacias y nunca un diálogo democrático, y que no se destinen, en cambio, para redituar a los auténticos Maestros, en construir más escuelas y rehabilitar por completo las ya existentes, en incentivar a la investigación y aumentar el gasto educativo. Qué lamentable resulta ver cómo se destinan millones de pesos del sector privado en patrocinar a deportistas de moda, a artistas de telenovelas o incentivar un consumismo desmedido y no se envían, en cambio, recursos para financiar a estudiantes y a investigaciones que finalmente le redituarían a las propias empresas; y algunas compañías que lo hacen muchas de las veces no destinan sus recursos por un auténtico afán de responsabilidad  social, sino como una argucia legal para evitar pagar mayores cantidades de impuestos. Si el sector empresarial y el gobierno tomaran con auténtica responsabilidad el futuro de la nación, verían que la mejor inversión económica que se puede hacer, pensando a largo plazo, es invertir en la educación, en la capacitación y en la investigación y desarrollo. Esa fórmula está probada en muchos países industrializados que han visto cómo, en pocas décadas, su crecimiento ha sido dinámico gracias a la apuesta por la educación y la investigación que hicieron, empresas y gobierno, en el momento oportuno.
Pero ser Maestro es, ante todo, lograr un cúmulo de satisfacciones trascendentales que no pueden ser medidas ni cuantificadas materialmente, sino que son una riqueza interna que sólo aquéllos quienes saben que han realizado con responsabilidad su noble labor docente, saben cómo nutren al espíritu. El hecho de saber que se ha resuelto una duda, que se ha sembrado una inquietud, que se ha incentivado al diálogo donde todos aprenden, ya genera una gran riqueza personal. El verdadero Maestro sabe que su labor no se queda sólo en el aula y ve cómo su conocimiento trasciende cuando una nueva generación de estudiantes se gradúa, cuando un escrito suyo ayuda a aclarar el conocimiento de alguien más, cuando alguna investigación por él coordinada tiene frutos satisfactorios que generan desarrollo, o simplemente ver cómo uno de sus antiguos alumnos, ahora es también un prominente docente. Esas son las verdaderas satisfacciones que motivan al Maestro, porque un verdadero Maestro tiene plena conciencia que su labor de enseñanza debe estar destinada a traspasar el salón de clase, a tocar los corazones de sus alumnos para transformar sus mentes y, sobre todo, a generar en ellos valores humanos y sociales que muevan al mundo futuro en el que se han de desarrollar.
Por todo lo anterior, el auténtico Maestro no sólo es un profesional imparte instrucción, sino que además da un testimonio personal con su propia vida, de todo aquello que en el aula instruye, porque la verdadera enseñanza se logra con la trasmisión de la palabra del conocimiento enmarcada con el testimonio de vida. Decía un sabio filósofo: «desconfía de los que son sólo profesores, pero confía de quienes son además testigos», porque el Maestro sabe que la mejor enseñanza no se da sólo a través los libros sino con el ejemplo en la vida misma. En pocas palabras, el auténtico Maestro no transmite información sino que genera cultura.
Indispensable resulta para una sociedad avanzada reconocer a todos los docentes que hacen de su labor el cauce generador de ideas y de trasformación social.
Es de justicia ensalzar la noble labor de los auténticos Maestros, de aquéllos quienes nos han marcado en nuestras vocaciones personales y que sembraron en nosotros inquietudes que se vieron reflejadas en las tareas que hoy realizamos de manera profesional. Dejar de reconocer a los verdaderos Maestros es dejar de reconocer una parte de nuestro propio conocimiento. Por eso es válido, hoy y siempre, reconocer a los Maestros de vocación, a esos miles de héroes anónimos quienes son el auténtico cimiento generador de conocimiento en nuestro país; a los Maestros rurales y urbanos, a los Maestros universitarios, a los Maestros de vida de los que, afortunadamente, todavía pquedan muchos y que seguirán adelante en su labor docente porque han visto en ella no una opción de trabajo sino una verdadera vocación de vida.
Gracias a todas esas personas que se pueden llamar auténticamente Maestros. Gracias por ser la conciencia crítica de nuestra sociedad.

Héctor López Bello

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