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Los libros, como los viajes, se empiezan con alegría y se terminan con nostalgia.

José Vasconcelos

Solía recitar el rey de Castilla, Don Alfonso X, el Sabio: “Cuatro cosas debes siempre tener: leña vieja para calentarte; vino añejo para beber; viejos amigos para platicar y un viejo libro para leer.” Más de ocho siglos han pasado desde aquél majestuoso reinado, pero el amor por el conocimiento que Alfonso X  prodigó sigue aún vigente gracias a la presencia perenne de los libros en la vida humana.

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En efecto, la comunidad cultural internacional ha marcado la fecha del 23 de abril como el “Día Internacional de libro”, un día que sirve como un lúdico pretexto para retomar la mirada y la atención a los libros, esos silenciosos compañeros que nos han guiado a través de nuestras vidas. Ingratos seríamos todos aquéllos quienes nos declaramos como frecuentes lectores en no dedicar un momento de reflexión para evocar la grandiosidad del más grande invento cultural de la humanidad: el libro. No pretendo hacer un balance analítico sobre qué es y qué no es un buen libro. Intentar eso sería tan subjetivo como afirmar que hay buenos y malos lectores. Los libros, como los lectores, simplemente son. Depende de la expectativa personal, de la historia vital de cada quien y del particular momento de la lectura para determinar abiertamente qué es y qué no es un buen libro. Simplemente pretendo hacer un rescate crítico sobre la importancia del libro y su necesaria presencia en el itinerario del pensamiento humano.libros2

Escondite en el mundo, aparador para soledad, el placer de la lectura logra transportarnos a lugares insospechados cuando hacemos de ella un rescoldo de luz en medio de la cotidianeidad. El libro es el vehículo para escaparnos de lo trivial y acercarnos a lo anhelado. Por eso nadie puede verse ajeno a su importancia y a la relevante labor que tienen como instrumentos generadores de cultura. No hay placer estético mejor logrado y más confortante que aquél que nos produce la lectura de un buen libro.

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Tradicional objeto de papel, el libro es un volumen con personalidad propia. En las manos de un lector y bajo el auspicio de su mente inquieta, el libro se transforma en una entidad reveladora, con esencia propia, que transmite más ideas incluso de las que las propias letras, en él plasmadas, pudieran haber sospechado. Su carácter particular en ese horizonte de encuentro con el lector, lo transforman en un instrumento de acceso al conocimiento, en la vía de comunicación de los autores, en el camino hacia a imaginación y la realidad de quienes se dejan abrazar por las palabras. Su auténtica esencia traspasa la mera materialidad de papel para convertirse en un maestro de sabiduría, en un compañero de viaje, en un consejero cuando es cómplice de la soledad. Por ello, el libro es, por antonomasia, el mejor amigo del hombre.

No hay obra sin autor, pero realmente no hay libro sin un lector, por eso, la genialidad del libro consiste en fusionar, como un solo elemento, en un horizonte de comunión intelectual, la intención del autor y la razón del lector. Es el lector quien da carácter al libro porque en su encuentro con las letras, muchas de las veces, escinde el propósito oculto del autor para darle una particular orientación que traduce, designa, y asimila como propias. Por eso, el libro se revela en el lector; es él quien, lo hace suyo, reinventa su contenido y lo vive plenamente más allá incluso de la intención del autor. Esa fusión de horizontes da el carácter propio al libro y lo convierten en parte de la vida humana, un resquicio de la historia vital de las personas.

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No podría entenderse la evolución del pensamiento sin la presencia de las ideas plasmadas por escrito. Bien es cierto que en el origen de la explicación de la realidad que rodeaba a la humanidad, el mito y la oralidad fueron la simiente del conocimiento, pero el hombre pronto se vio en la necesidad de transmitir toda la riqueza y la evolución que el conocimiento generaba, y ahí surgieron los primeros escritos, no con la necesidad de exaltar o engrandecer al autor de la idea, sino con la imperiosa exigencia de transmitir lo que se sabía. Por eso, los primeros escritos en papiros, en piedra o en tablillas (los antecedentes remotos del libro), tuvieron la función de ser garantes y transmisores de todo el conocimiento hasta entonces adquirido. Y gracias a la invención del papel, fue que el saber humano logró plasmarse materialmente de modo definitivo, pues con la encuadernación de los escritos (el nacimiento formal del libro), se pudo preservar la evolución de las ideas trasmitidas por siglos. Pero el salto más grande en la historia del pensamiento humano se dio con la invención de la imprenta, ese artificio jamás superado, que permitió darle universalidad al conocimiento y acceso pleno a todos por la facilidad que resultaba de crear y recrear las ideas escritas en papel en la objetividad del libro. Todos los grandes pensadores de la humanidad han obtenido el conocimiento de los libros y, a su vez, han legado su propio pensamiento en obras que sirvieron de fuente de saber a otros autores. Sin la presencia del libro no podría entenderse cómo la humanidad ha llegado hasta el punto actual y tampoco puede entenderse hacia dónde se dirigirá en el futuro.

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Auténtico garante de la sabiduría, el libro no es sólo literatura (aunque la más de las veces suele relacionarse con ello). La ciencia, las artes, las leyes, la música y la cultura en general, se ha valido del libro para llevar a todos los rincones donde haya un lector ávido de conocimiento las pautas para revelar la verdad. El libro es así intemporal e impersonal. No está pensado sólo para un tópico o para una persona sino que, de su lectura, se genera un círculo virtuoso donde el lector aprende algo y transmite lo aprendido; vive una experiencia y revitaliza su trascendencia. No hay conocimiento sin un libro delante de nuestra mente porque el libro no sólo informa, más bien transforma a quien lo vive.

Y ahí radica la majestuosidad de la naturaleza de un libro: en las manos de un lector se convierte en causa eficiente de revolución personal, porque un buen libro no conoce fronteras ni espaciales, ni temporales, ni sociales. Como atinadamente reflexiona el filósofo italiano Umberto Eco: «Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado ni su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo y no se ve cómo podría hacerse algo mejor para desempeñar esa misma función. Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es.» (en Nadie acabará con los libros, p. 20).

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Un libro determina al lector y se vuelve parte de su experiencia vital y, en muchas de las ocasiones, la esencia del contenido del libro va más allá de un lector individualizado para recrearse como parte de la cultura existencial de la humanidad.  De ahí que La Ilíada y La Odisea ya han dejado de ser solamente de Homero; La divina comedia de Dante; Don Quijote de Cervantes; Hamlet de Shakespeare; Fausto de Goethe; Los tres mosqueteros de Dumas; o Cien años de soledad de García Márquez… todas esas obras han traspasado a sus autores (quienes ya son parte de la cultura universal) y su legado literario se ha convertido en parte vital de la humanidad. De esa forma, el libro genera aquélla magia de fusionar en el tiempo al autor con el lector, haciendo una sola creatura que vive y revive en las letras y creando una experiencia estética pocas veces logradas por otros medios.

libros 4Todos hemos sido lectores. Todos nos debemos a los libros. A ellos hemos dedicado no sólo parte de nuestro patrimonio sino parte de nuestro vivir. Por eso los libros siguen maravillándonos, porque la verdad que ellos contienen y que frenéticamente buscamos no cesan en llamarnos. De ahí que el libro, por grandes que sean los embates de la posmodernidad, no ha fenecido ni tiene todavía carta de caducidad. El libro ha sabido adaptarse a los nuevos itinerarios que la cultura moderna ha impuesto, y hoy, más que en otras épocas, su presencia está al alcance de la gran mayoría. Las bibliotecas públicas y escolares paulatinamente se nutren con más y mejores volúmenes; las librerías emergen por varios rincones de la ciudad; las ferias de libro son cada vez más amplias y visitadas por un mayor número de lectores; la tecnología ha permitido pasar del formato físico de papel al formato electrónico de impresión y cada vez más niños se acercan a la lectura. Pero es cierto también que hace falta mucho por construir en el largo camino de la cultura, ante todo, fomentar y crear más y más lectores, sobre todo, en la infancia, quien es la heredera natural de la cultura.

El problema a la accesibilidad del libro no está tanto en la imposibilidad física o material para lograrlo; el problema mayor subyace en la pérdida de vocación por la lectura. Efectivamente se publican muchos libros y se cuentan por miles los lectores, pero aún se siguen estimando en millones aquéllos quienes, por desidia o por falta de motivación, aún no se han dejado conquistar por la magia de un libro. Esa vocación se logra incentivar en el espíritu humano desde las edades más tempranas y ahí los padres y maestros tienen una labor determinante por inculcar el valor por la lectura haciendo ver a los pequeños que invertir tiempo a la lectura es invertir tiempo a su futuro. Y aunque se sea mayor, nunca es tarde para convertirse en lector, porque para la cultura no existe una edad determinada, pues el espíritu humano es tan grande que nunca pierde la capacidad de asombro y la tendencia natural por el conocimiento.

libros 7Así entonces, de nada sirven autores selectos cada vez con mejores propuestas, o novedosas publicaciones y con mejor formato; de nada sirven las Ferias Internacionales o el auge de las librerías, si es que no existen nuevos lectores. Necesariamente, la vida de un libro está determinada por la presencia de un lector, puesto que el libro no tiene edad, ni pasado ni futuro, sólo presente, pues el libro se hace vivo cada vez que un lector lo toma en sus manos y se es conquistado por su contenido. En suma, el libro sólo es, en tanto sea con el lector.

libros 1Así como hay personas que marcan nuestras vidas, también hay libros que han determinado nuestro pensar. Todos somos producto de lo que vivimos y de lo que leemos o, en su defecto, de lo que no vivimos y de lo que no leemos: “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, decía atinadamente Don Quijote a Sancho. De ahí que, amable lector, no dude en recordar hoy a esos títulos y a esos autores que, plasmados en un libro, lograron robarle el aliento y transportar su imaginación. Tampoco dude en desempolvar el olvidado librero que guarda los tesoros más valiosos de su habitación. Concédase la oportunidad de releer ese majestuoso título que una vez le marcó hace años; permítase retomar ese olvidado libro que una vez dejó a media lectura en su mesa de noche; déjese conquistar por un título nuevo que haya descubierto en alguna librería; permítase la oportunidad de apagar el televisor y de encender la imaginación una noche de lectura; y si piensa dar un regalo, no dude en obsequiar un interesante libro. Si está dudando en adquirir uno o varios libros en estos días, no permita que la tentación por el materialismo mengüen su intención; recuerde usted que un libro nunca es gasto y siempre es una inversión.

libros 9Este año que celebramos en México el centenario del nacimiento de Octavio Paz y en estos días en los que aún lamentamos la pérdida de grandes escritores, como Gabriel García Márquez, recordemos que el mejor homenaje para nuestros autores favoritos es volver a leerlos. Porque el autor nunca muere en tanto está plasmado en la inmortalidad de un libro, ente maravilloso fusionador de horizontes temporales, donde autor y lector se hacen uno solo cada vez que abrimos sus páginas. Celebre hoy, por tanto, el día del libro pero celebre diariamente el placer de leer la obra que más le llame. ¡Muy feliz lectura!

Héctor López Bello

 @HLopezBello

 

Para leer más:

  • BLOOM, Harold, Cómo leer y por qué, Anagrama, Barcelona, 2005.
  • CHESTERTON, Gilbert K., Los libros y la locura, y otros ensayos, El Buey Mudo, Madrid, 2010.
  • ECO, Umberto, Sobre literatura, Océano, Madrid, 2002.
  • ECO, Umberto, CARRIERE, Jean-Cluade, Nadie acabará con los libros, Lumen, México, 2010.
  • REYES, Alfonso, La experiencia literaria. Antología, FCE, México, 1994.
  • PAZ, Octavio. El arco y la lira, FCE, México, 2006.
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