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 «Se acabó esa ciudad. Terminó Aquél país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.»  José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, p. 68.

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Pocos autores logran conquistar a diferentes generaciones de lectores de manera tan profunda, logrando con sus letras transmitir la belleza de la poesía, la fantasía hecha realidad en la novela, la magia del relato, la erudición en el ensayo y la sutileza de la traducción. El olimpo de las letras está reservado para esos escritores que han conmovido a muchas generaciones y que nos seguirán acompañando mientras sus páginas no dejen de ser recorridas. El Maestro José Emilio Pacheco es uno de esos autores que logran envolver, desde las primeras líneas, al lector que busca respuestas en la literatura.

JEP 5       Hoy, a los 74 años de edad, el Maestro Pacheco se nos ha adelantado a la eternidad de las letras, pero nos ha legado, a sus miles de lectores, una de las obras más notables de la literatura mexicana contemporánea.  Reconocido por la crítica literaria como uno de los representantes más importantes e influyentes de la vida cultural mexicana desde la segunda mitad del siglo XX a nuestros días, José Emilio Pacheco supo leer los tiempos de la literatura moderna y hacerlos asequibles a todo mundo. No en vano su vasta obra fue merecedora los premios de literatura más reconocidos en nuestra lengua: el Javier Villaurrutia, el Alfonso Reyes, el Juan Rulfo, el Rómulo Gallegos, el Nacional de Periodismo, el Nacional de Ciencias y Artes, el Reina Sofía de Poesía y el premio más destacado: el Premio Cervantes de Literatura. Pero sin duda el reconocimiento más destacado que el Maestro Pacheco siempre disfrutó fue el cariño de sus lectores, aprecio que, con su enorme sencillez (directamente proporcional a su grandiosidad intelectual), le valieron el bien ganado título de “Maestro”.

JEP 2En efecto, José Emilio Pacheco fue maestro de muchas generaciones. Enseñó a muchos jóvenes a acercarse a la poesía y a la novela corta, forjó el carácter literario de muchos poetas, influyó enormemente en sus colegas escritores quienes nunca cesaron de reconocerlo, y sobre todo, llevó las letras mexicanas más allá de nuestras fronteras para dar muestra de que en México, la cultura había sido un elemento fundamental.

No haré aquí un esbozo biográfico ni un recuento literario del legado de José Emilio Pacheco. Los diarios y los suplementos culturales de estos días (los pocos que aún sobreviven en nuestra marchita tendencia editorial mexicana) están colmados de esos datos que bien vale la pena recordar para no olvidar el testimonio de un gran intelectual. Mi intención es hacer una invitación al amable lector a retomar el placer de la lectura para encontrar en la obra del Maestro Pacheco un rescoldo de paz intelectual en medio de la agitada vorágine de sucesos que sacuden a la moral nacional y que nos han hecho olvidar lo maravilloso que representa para el espíritu la experiencia estética de la literatura venida de un escritor mexicano.

Comparto una experiencia personal. Conocí al Maestro Pacheco en mis años de juventud. Las lecturas obligatorias de la secundaria me llevaron a leer dos libros que marcarían mi inquietud cultural: “Las batallas en el desierto” y “El principio del placer”. Hace un par de años releí ávidamente la edición conmemorativa de Las batallas en el desierto, cuidadosamente reeditada por Editorial Era, y al igual que hace casi veinte años, su lectura me conmovió hasta lo más hondo y recordé por qué Pacheco se convirtió en uno de mis autores de cabecera y por qué sus libros ocupan un lugar privilegiado en mi estantería de libros.

JEP 8El mismo Octavio Paz reconoció en Pacheco a uno de los poetas más importantes de la lengua española contemporánea. Su poesía lo tocó casi todo: supo hacer de los mitos griegos un verso actual; el tiempo se convirtió en un aliado para hacerlo eterno; los cuentos de hadas eran ocasión para recuperar la imaginación; la vida cotidiana, los paseos por las calles, la vida de la ciudad fueron temas que sólo Pacheco supo plasmar con originalidad en versos tan sutiles que lo trivial se hizo arte y lo cotidiano algo trascendental. Qué gozo tan grande representa la lectura de su obra poética. Cualquiera que sea la inquietud que el lector tenga sobre la vida, seguro encuentra una respuesta en los versos de Pacheco. Para fortuna de nosotros, sus lectores, el Fondo de Cultura Económica reeditó su poesía completa, revisada y actualizada, con motivo del otorgamiento del Premio Cervantes de Literatura en el año 2009, con el título “Tarde o temprano” (obra anteriormente publicada por Tusquets en España), y que se convierte en un referente necesario para entender a la poesía española contemporánea. No escatime el lector en adquirir algún día tan hermoso libro y no se deje impresionar por su voluminoso tamaño, impresiónese mejor por la belleza de su contenido.

Maestro del relato corto, Pacheco habló el lenguaje de los jóvenes con la erudición de un arcano para reflejar en sus cuentos y en sus novelas aquello que sólo los grandes pueden lograr: hacer que la realidad pueda ser imaginada por cualquiera, y que a la imaginación cualquiera la haga realidad.

JEP 4Y sus tan numerosos ensayos literarios, que eran referencia obligada para educarnos en el itinerario de la lectura, hacían que un suplemento cultural fuera una verdadera joya de erudición literaria. Y qué decir de sus traducciones, sobre todo de dramaturgos y poetas de lengua inglesa, quienes no hubieran alcanzado un eco tan resonante en lengua española si no hubiera sido por la generosa interpretación poética que José Emilio Pacheco dio a sus textos. Tennessee Williams, Samuel Beckett o Thomas S. Elliot, entre muchos otros, no hubieran imaginado el alcance de sus obras en nuestra lengua gracias a las traducciones de Pacheco.

En suma, hacer un recuento de la enormidad de su obra se convierte en una tentación difícil de rechazar para quienes nos consideramos sus lectores, pero merece más la pena hacer un recuento de su legado cultural.

JEP 1El Maestro Pacheco nunca se consideró a sí mismo un intelectual; era, en sus propias palabras, un miembro de una orden mendicante, la de los escritores, la de los herederos de Cervantes, y con ese carisma casi ascético, José Emilio Pacheco nunca negó sus raíces y sus influencias localizadas en los relatos del Quijote. Y así como un Quijote, salía a las calles, a las tertulias, a las presentaciones de libros, con una humildad que sólo los grandes pueden lograr.

JEP 6Recuerdo la primera vez que me acerqué a que me firmara un libro en aquéllas conferencias casi tertulias que ofrecía en El Colegio Nacional del centro histórico de la Ciudad de México. Yo era un adolescente de apenas 16 años. Esperé en una larga fila por poco más de 40 minutos teniendo bajo mi brazo mi maltrecha edición de “Las batallas en el desierto”. Los nervios me coartaban las palabras por tener al frente a quien, a la larga, se convertiría en uno de mis referentes literarios. Le dije con mi nerviosa voz de adolescente: “Maestro, hágame el favor de firmarme mi libro”, y él, con su enorme sencillez me contestó “El favor me lo has hecho tú al leerlo”. Sus palabras me dejaron mudo por ver con qué devoción trataba a cada uno de sus lectores, entre los que nos encontramos y se siguen encontrando, muchos jóvenes, sus principales admiradores. Me convertí desde entonces en asiduo asistente a sus tertulias, sacrificando con los años incluso horas de clases en la universidad para escuchar al Maestro, pero fueron horas que con lo ahí aprendido, compensaron lo olvidado en las aulas. Hoy retomé de mi librero otro libro de José Emilio Pacheco que me firmó en el lejano año de 1997, también en El Colegio Nacional, cuando aquélla noche le di las gracias porque su obra ya se había convertido en mí, como en muchos otros lectores, parte de la vida. JEP 9Releo con nostalgia y con alegría, la dedicatoria que plasmó en mi amarillenta edición de su obra de relatos cortos “La sangre de Medusa”: “A Héctor, para darte las gracias por haber hecho de tu vida este libro… José Emilio”.  Estas líneas autógrafas de José Emilio Pacheco me han llevado a la cavilación de identificar que en México, hemos dejado de hacer de los libros y de la cultura parte de nuestras vidas, y que la decadencia de una sociedad comienza cuando cedemos paso a la instantaneidad y olvidamos la reflexión y la oportunidad de la experiencia estética. En México, hace lustros que la vocación por la cultura ha dejado de ser un itinerario a seguir.

autor 2José Emilio Pacheco nunca se identificó con alguna corriente política o ideológica. Él era un intelectual, no un político ni un ideólogo. Pocas veces se refirió a la vida política nacional, pero es de destacar que, en entrevistas recientes, sí mostró su preocupación por la realidad social que nuestro país vivía, y es que no hay que ser un político de cepa para saber que uno de los grandes males nacionales es la falta de cultura, la falta de lectores, la falta de referentes intelectuales que den a nuestra patria un rumbo distinto. La gran preocupación del Maestro Pacheco en sus últimos años de vida fue la paulatina pérdida de una vocación cultural en nuestro país. Baste que el amable lector tome los diarios o las revistas, encienda la televisión o sintonice la radio e inmediatamente notará la decadencia cultural que en la que vivimos. Lo “líderes de opinión” son polemistas improvisados, los “poetas” son los cantautores populares, los “intelectuales” son los comentaristas de ocasión… Cuánta falta hace retomar a los auténticos pilares de la intelectualidad nacional; a los escritores de vocación, no a los de ocasión; a los académicos olvidados y a la verdadera vida universitaria. Qué razón tenía Octavio Paz cuando sentenciaba que la diferencia entre el intelectual y el intelectualoide, era que aquéllos tenían ideas mientras que éstos tenían ocurrencias. Con la partida de José Emilio Pacheco, un auténtico intelectual nos deja, pero se abre la oportunidad para que la brecha cultural en nuestro país no se convierta en un abismo y para que vocación por la cultura se vuelva nuevamente un referente no sólo de las autoridades gubernamentales, sino de la sociedad mexicana en general.

20140127_170028El mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor fallecido es leerlo y volverlo a leer. El espíritu de sus letras tiene mucho que enseñarnos aún. José Emilio Pacheco deja un profundo hueco en la intelectualidad mexicana pero nos lega una esperanza de vislumbrar, mediante la cultura, un porvenir mejor. Nos enseñó que la imaginación es posible, que la vida es poesía y siempre el valor estético de lo humano está por encima de lo inhumano. Vale la pena reproducir uno de mis poemas favoritos del Maestro Pacheco titulado “El único tesoro”, incluido en su último poemario “La edad de las tinieblas” y que bien podría ser una especie de herencia para sus lectores presentes y futuros que nos lleva a la reflexión:

“De niño le dijeron: «Ahí donde termina el arcoíris hay un tesoro». Desde entonces, cada vez que aparece la ilusión óptica, él busca aquél lugar mágico a sabiendas de que no hallará juntos los siete colores. En vez de cofres, joyas o monedas de oro encuentra mares de plásticos, cascos, latas y, de un tiempo a esta parte, muchos cuerpos decapitados. No obstante un arcoíris lo lleva a otro. Él sigue buscando aunque sepa que lo aguarda siempre el desengaño. La esperanza, por absurda que sea, triunfa siempre contra la experiencia abrumadora.”

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Gracias, Maestro, por llevarnos de la mano por la ruta de la imaginación posible. Hasta siempre querido José Emilio Pacheco. Descansa en paz…

Héctor López Bello

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