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…Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche…

Poema de los dones, Jorge Luis Borges

    Don José Luis es un hombre de 61 años de edad. Es profesor de Historia Universal a nivel Bachillerato y de Historia de las Culturas a nivel universitario. Está casado y tiene dos hijos. Todos los días se levanta temprano y llega puntual a impartir su cátedra. Nunca ha fallado a ninguna de ellas por una causa directamente imputable a él. Siempre tiene una sonrisa en el rostro para sus alumnos y para cualquier persona. Cada vez que se coloca al centro del aula para iniciar una clase, Don José Luis ya ha enseñado algo aún sin haber pronunciado palabra.

    Nada tendría de extraordinario la labor de Don José Luis si no fuera porque, desde que tenía 3 años de edad, no ha podido ponerse en pie debido a una enfermedad. Don José Luis padeció poliomielitis, una tremenda enfermedad que lo condenó de por vida a perder la movilidad en sus dos piernas y a depender en absoluto de un par de muletas a las que ha sabido adaptarse con tal destreza y logrando un nivel de movilidad que muchos de los que pueden hacer uso de sus dos piernas envidiarían. Para algunas personas Don José Luis sería considerado como un hombre con discapacidad; para una inmensa mayoría Don José Luis es tan normal como cualquiera de nosotros. Don José Luis fue mi profesor de Historia Universal en el bachillerato, pero antes que enseñarme historia, me enseñó, en mi adolescencia, una cuestión que reafirmé en mi labor universitaria: la verdadera discapacidad sólo existe en los prejuicios de las personas.

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El día 3 de diciembre está consagrado a nivel internacional como el Día Internacional de las personas con discapacidad, una fecha que la Asamblea General de ONU instituyó desde el año 1992, con la esperanza que, para el año 2010, en los países firmantes de dicha resolución (entre ellos México), se llegase a una comprensión cultural y a una incorporación plena de las personas con discapacidad en la sociedad… nada más alejado de la realidad hoy día. Por eso en septiembre pasado, la misma ONU convocó a una reunión de alto nivel (los entendidos en derecho internacional sabrán la importancia de este tipo de reuniones) para tratar temas sobre la discapacidad y la falta de compromiso de implementación de los gobiernos de políticas públicas que integren de manera plena a las personas con capacidades diferentes. El documento resultado de dicha reunión insiste en algo que ya todos conocemos pero que muchas instancias de gobierno y de la sociedad civil se niegan en reconocer: el gran problema está en la falta de educación cívica de la gente por reconocer y respetar plenamente los derechos humanos de las personas con discapacidad. Merece la pena leer el documento, llevarlo a la reflexión y no dejar que las instancias gubernamentales hagan todo el trabajo, sino empezar desde las instancias ciudadanas a lograr el cambio.

discapacidad 3      Pero entremos en la reflexión. Los diarios, los noticieros, los comentaristas, el día de hoy dedicarán largos espacios en los medios de opinión para hablar sobre esta temática y reiterar lo que ya todos conocemos: las personas con discapacidad siguen sufriendo de una evidente discriminación en las sociedades actuales. Qué bueno que se enfatice sobre esta problemática; qué bueno que se haga conciencia sobre esta realidad que todos vivimos; qué bueno que se denuncien las omisiones de los gobiernos, la ignorancia de algunos, la poca cultura cívica de muchos en cuanto a su trato para con las personas discapacitadas; lo malo es que sólo se hace en estas fechas cercanas y el resto del año se tiene casi en el olvido.

discapacidad 9      Hay que rescatar la valiosa labor de difusión sobre una cultura de respeto y tolerancia hacia las personas con discapacidad que llevan a cabo numerosas ONG’s o las Comisiones de Derechos Humanos, pero en el grueso de la población, en el ciudadano de a pie, en el que circula y transita de manera “normal” todos los días por la calle, ahí es donde aún falta mucha cultura de respeto y tolerancia por desarrollar.

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Y esta realidad sociológica de exclusión de atención hacia las personas con discapacidad no es exclusiva de México o de la región latinoamericana; es una tendencia a nivel mundial. En el orbe son poco más de mil millones de personas que padecen algún tipo de discapacidad; en México son más de seis millones de personas. Pero no veamos la frialdad de las cifras sino la frialdad de los ciudadanos “normales” de no considerar a los que están “discapacitados”. El avance en cuanto al reconocimiento pleno y absoluto de los derechos humanos de las personas discapacitadas ha sido lento, pero más lenta ha sido la cultura en la sociedad por una inclusión plena de dichas personas. ¿Dónde está entonces la verdadera discapacidad? ¿Estará en las personas que sufren algún tipo de impedimento físico, o más bien está en las personas que sufren por impedimento ideológico y cultural de no ser conscientes de la realidad del otro? La verdadera discapacidad está en las ideas y en los prejuicios de muchas personas.

discapacidad 2      No me gusta el término «discapcidad», porque dicho concepto, amén de ser excluyente y discriminatorio, hace referencia a una falta total o parcial de alguna capacidad física considerada como “normal” por los estándares “normales” de la sociedad. Pero en cierta medida, todos, absolutamente todos, somos también discapacitados. En efecto, tiene cierta discapacidad esa persona que requiere usar gafas, ya sea para leer o para ver de lejos porque su vista no es normal; tiene cierta discapacidad la persona con obesidad mórbida porque su anatomía no le permite realizar las actividades cotidianas sin sufrir los estragos del cansancio; tiene cierta discapacidad la persona de estatura muy baja porque no es capaz de llegar alcanzar objetos a cierta altura, como también tiene una relativa discapacidad la persona de gran estatura porque no puede viajar cómodamente en el transporte público, en los aviones o en los taxis; tiene cierta discapacidad el niño que requiere la ayuda de sus padres para moverse o el anciano que ya no puede sostenerse en pie, o el adolescente que usa frenillos dentales, o el enfermo de gripe que se queda en casa o el que convalece por alguna luxación, etc., etc. Todos, de alguna forma, salimos de los “estándares normales” que nos harían “absolutamente capaces”.

dialogo 2       En suma, alguna forma todas las personas caemos en algún rango de discapacidad, y no me dejará mentir el amable lector, pero el hombre absolutamente normal, pleno, completamente dotado y que no sufre de algún tipo de dolencia o defecto físico o mental, no existe. El hombre perfecto sólo existe en la fantasía de la mercadotecnia o en el despropósito del poder político, porque en la realidad humana no hay tal. Esa falacia de creer en el «hombre perfecto» fue la simiente de la ideología más estúpida e irracional que vio el siglo XX: la idea de la “raza superior” que motivó al nazismo a cometer la barbarie que todos conocemos. Y la fórmula fue repetida por el comunismo estalinista, por el racismo colonialista, por el imperialismo capitalista y hoy sigue la misma tendencia el consumismo materialista que dicta las modas y los estándares de las “capacidades normales” y de los “hombres perfectos”. Y vea usted, amable lector, los mensajes que el ambiente consumista envía al imaginario colectivo, el cual logra que, inconscientemente, el ciudadano se sienta discapacitado por no consumir, y genera en el hombre necesidades artificiales que lo guían hacia el ideal del “hombre perfecto”… y todos hemos sido víctimas de ese engaño. Por eso, la verdadera discapacidad está en las ideas y prejuicios de la gente, nunca en su realidad física. Por eso no me gusta el término discapacidad, porque es un calificativo que inconscientemente seguimos otorgando a quien, aparentemente no sigue los estándares normales de capacidad humana, pero muchos de dichos estándares, insisto, siguen siendo impuestos por un relativismo materialista que domina a nuestra sociedad.

dialogo 5       Aunque debo reconocer algo, y no es contradictorio con lo que hasta aquí he escrito: la discapacidad sí que existe. Existe en la medida de ver como alguien distinto, diferente o desigual a quien no posee en plenitud todas sus capacidades físicas o mentales; existe en la medida en que no somos capaces de vernos reflejados en el otro, en sus necesidades y requerimientos especiales pensando solamente en uno mismo; existe la discapacidad en el egoísmo ciudadano, en la intolerancia hacia el prójimo, en los prejuicios construidos; es verdad, existe la discapacidad en la medida en que no somos capaces de dialogar y vernos reflejados en el otro. Por ello insisto, la verdadera discapacidad está en la mente de las personas que han cedido a la tentación del egoísmo y el ensimismamiento y se han cerrado a la posibilidad de incluir al otro, a quien es tan distinto como él, en su esfera particular. En este punto es donde nos falta auténtica educación. Y no hay que ser un erudito en materia de derechos humanos para saber entender que, mientras vivamos en una sociedad donde los prejuicios, la intolerancia y el egoísmo sigan prevaleciendo, los derechos fundamentales de las personas con discapacidad seguirán siendo vulneradas.

Don José Luis, mi profesor de Historia universal en el bachillerato, con su testimonio de vida me hizo entender que las personas con discapacidad física son tan dignas, admirables, respetables e imitables como cualquier persona con “plenas capacidades”. Y como el profesor José Luis hay cientos de miles de testimonios alrededor del mundo de personas quienes, con su vivencia nos dan ejemplo de que, para un espíritu fuerte, no hay barreras físicas, sólo basta la fortaleza del corazón y la alegría por vivir la vida. Gente como Don Luis de Moya, el sacerdote español tetrapléjico que es un valioso consejero espiritual, o el motivador australiano Nick Vujicic, quien carece de sus cuatro extremidades, o el físico Stephen Hawking quien padece de esclerosis múltiple (y tan sólo por nombrar unos ejemplos muy conocidos, omitiendo miles de historias desconocidas), nos dan ejemplo con su testimonio de vida, del auténtico sentido del vivir, de la alegría por compartirla y del rescate de los valores humanos más auténticos, es decir, no ver al otro como distinto sino como alguien igual a uno mismo. Cuánto tenemos que aprender de esas personas con “discapacidad” los que gozamos, a Dios gracias, de “capacidades físicas estándar”. Su testimonio debe ser un cauce para valorar lo que poseemos, para no envidiar lo que nos falta y para compartir lo que aprendemos.

discapacidad 4      Hay que estar conscientes, no sólo en este día sino todos los días del año, que no existe peor discapacidad en el hombre que la incapacidad de ponerse en el lugar del otro. Hemos avanzado un largo camino y hemos comenzado a romper muchas barreras ideológicas que ha impedido la inclusión del otro, pero aún quedan muchas otras barreras sociales y culturales que impiden lograr una auténtica inclusión de las personas con capacidades diferentes, y que aún prevalecen muchas tendencias materialistas y egoístas de discriminar y vejar a quien es “distinto” de la normalidad impuesta por el consumismo. Como sociedad deseosa de respetar plenamente los derechos humanos de todas las personas no dejemos la tarea de cambio sólo a las autoridades gubernamentales, actuemos desde nuestra trinchera ciudadana con los valores básicos de respeto y tolerancia para incluir a todas las personas en la sociedad, porque de pequeños actos se logran los grandes cambios. La actitud más loable que se puede hacer, teniendo en mente el día internacional de las personas discapacitadas, es recuperar la capacidad de incluirnos en los demás.

 Héctor López Bello

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