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Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como si fuera para el Señor y no para los hombres.

Col. 3, 23

Al finalizar el Año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI, revitalizando su espíritu magisterial con gran ánimo por parte del Papa Francisco, principalmente mediante la publicación de la encíclica Lumen Fidei, es conveniente hacer una reflexión más amplia sobre un punto de dicho documento pontificio, y al cual el propio Papa Francisco ha dedicado numerosos mensajes y reflexiones en estos primeros meses de su pontificado; en efecto, dicho tema es el de la familia, institución vital y fundamental para el aprendizaje, la práctica y el desarrollo personal de la fe.

Ofrecemos en los siguientes párrafos un desglose de los momentos dedicados al tema de la familia en la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco, con la esperanza de que dichas reflexiones sean un cauce para seguir revitalizando el tema de la fe en el entorno de la familia, y volver a descubrir la belleza de esta institución social para reflexionar sobre sus auténticos fines y fortalecer su estructura como el verdadero motor de generación de valores y principios humanos que luego las personas trasladarán a toda la sociedad en general.

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Consideraciones previas

La familia es el centro de aprendizaje de la fe; es, demás, la célula original de la vida social. Es el lugar primero donde se conoce la a Dios, donde se aprende la doctrina, donde la oración se hace efectiva y donde se viven los valores cristianos en plenitud. Por eso, la familia es la comunidad catequizadora por excelencia: «La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es el reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera» (CIC, 2205). Así entonces, y desde un punto de vista del Magisterio de la Iglesia, la familia es la “Iglesia doméstica” pues en su seno se realiza esa comunión eclesial de la cual se habla en las Escrituras (cfr. Ef. 5, 22-26; Col. 3, 18-21).

En el cariño, respeto y entrega mutua de los esposos se materializa un sentimiento de unidad el amor de Dios para con sus creaturas. La bendición de los hijos es tanto un don de Dios como una responsabilidad de los padres por educarlos y conducirlos en la enseñanza y en los valores que han sido revelados por el Señor. Su ejemplo y cuidado en el sustento no sólo material, sino espiritual, representa el cimiento para que esos valores sean trasladados de manera análoga a los demás núcleos sociales de los que el hombre forma parte. El respeto y gratitud de los hijos para con sus padres es consecuencia de ese ejemplo de amor y esos valores, vividos y asimilados en la comunión del seno familiar, los cuales serán repetidos a su vez, en las futuras familias que ellos formen. Por eso, la familia es el lugar natural idóneo donde se consagra el mutuo respeto y donde se aprende también el respeto y el amor por las demás personas, ese gran mandamiento que Jesús legó a los hombres y que sólo en la familia es donde se cristaliza con el ejemplo. (cfr. 1 Jn, 2, 12-14).

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La importancia de la familia para el camino de la fe es de vital trascendencia. Siendo el seno de la familia una unidad de sentimientos y de amor en Dios (cfrCIC, 2206), la familia es el primer centro de encuentro y de predicación de la fe, tanto con la palabra como con el ejemplo, fomentando así una verdadera vocación cristiana por seguir a Dios (cfrLumen Gentium, no. 11). Al respecto, señala la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio del Beato Juan Pablo II que: «A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la familia cristiana participa, en comunión con la Iglesia, en la experiencia de la peregrinación terrena hacia la plena revelación y realización del Reino de Dios.» (No. 65). Por eso la Iglesia católica tiene especial interés en considera a la familia como una “Iglesia Doméstica”, como el camino más inmediato para iluminar la fe en Cristo. Así también lo manifestaba Juan Pablo II en su Carta a las Familias con motivo del Año mundial de las familias celebrado en 1994 y cuyo mensaje sigue teniendo actualidad plena: «Entre los caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo el hombre, un camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo en el seno de una familia, por lo que puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre. La Iglesia, con afectuosa solicitud, conoce bien el papel fundamental que la familia está llamada a desempeñar.» (no.2).

Ello trae como consecuencia que, en el año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI, la familia, como centro, origen y camino de la fe, tenga un papel fundamental para iluminar a los cristianos en su encuentro y desarrollo vocacional de la fe en Dios. Por eso en este Año de la fe «tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre.» (Porta Fidei, No. 8).

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Siendo consecuentes con ello, la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco considera a la familia como el seno primero del depósito de la fe, pues en ella la tradición, una de las fuentes de la Revelación, cobra vital importancia. El Sumo Pontífice dedica en su encíclica un apartado especial sobre la fe y la familia, el cual, aunque con una brevedad semántica, envuelve una gran cantidad de mensajes que forman parte de la vida y de la doctrina de la Iglesia. Rescatemos a continuación algunos comentarios.

En efecto, el tema de la familia es tratado brevemente por el Papa Francisco en el capítulo Cuarto de la encíclica Lumen Fide. Dicho capítulo tiene como eje temático los modelos terrenos de la vida celestial (de ahí que el título del capítulo sea “Dios prepara una ciudad para ellos”). Se trata pues, de abordar panorámicamente y aproximar desde la reflexión de la fe, esos esquemas sociales que están presentes de manera natural en el hombre en su dimensión terrenal y que son los espacios idóneos para vitalizar la ciudad de la tierra según el mensaje de divino, en preparación hacia la Jerusalén celestial o, en términos de San Agustín, de la Ciudad de Dios, es decir, el gozo pleno de Dios en el cielo. Por eso este capítulo hace una referencia los tres elementos “sociales” a los cuales pertenece el hombre de manera natural, y de los cuales la Iglesia Católica ha desarrollado una gran cantidad de doctrina mediante su Magisterio, esto es la sociedad, el bien común y la familia.[1] Éste último aspecto es el que trataremos de abordar con más énfasis teniendo como marco los puntos 52 y 53 de la encíclica Lumen Fidei.

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Desarrollo temático

Trascribimos a continuación los párrafos 52 y 53 de la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco, los cuales hacen especial referencia al tema de la “fe y la familia”, desglosándola en partes para una mejor comprensión de su contenido.

«52. En el camino de Abrahán hacia la ciudad futura, la Carta a los Hebreos se refiere a una bendición que se transmite de padres a hijos (cf. Hb 11,20-21). El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia…»

      Decíamos que la familia es la Iglesia doméstica y es el primer lugar donde se recibe la fe. La bendición de los padres no es sólo una bendición material, ritual o sacramental; implica un compromiso mayor, esto es la de transmitir todas las verdades contenidas en la Revelación y los mensajes que la doctrina y el Magisterio de la Iglesia ha desarrollado por siglos. La familia por eso es la primera depositaria de la fe y los padres tienen la obligación de trasmitir la fe a sus hijos, pues mediante el bautismo ellos se comprometen a iniciar en la fe a sus hijos y a enseñarles con el ejemplo las verdades de Dios (cfr. CIC, 1229-1233). La familia es el núcleo social por excelencia pues en ella se enseñan los valores que, como cristianos y ciudadanos debe tener todo bautizado en Cristo. El fortalecimiento en los valores sociales y su práctica en la vida común, son el esquema de desarrollo del bien común de la sociedad, ya que éste significa una traslación de la virtud del amor a la dimensión de los demás, pues el amor es el presupuesto básico para desarrollarse ante los otros (cfr. 1 Cor 13, 1). Sólo mediante la práctica del amor en la sociedad se puede lograr una convivencia auténticamente cristiana: tratar a los otros como uno quisiera que nos traten a nosotros (cfr. Mt. 7,12). Al ejecutar esos valores en la sociedad terrenal, estamos preparando el camino para la ciudad celestial. Por eso la importancia de la familia de inculcar y desarrollar en su seno los valores cristianos, pues ello implica la luz que la fe ilumina: ser el centro de Cristo trasmitiendo su verdad como Iglesia doméstica.familia-catolica 1

Sólo en el seno de la familia (el espejo de la ciudad de los hombres), se logra inculcar en el hombre el respeto por la persona humana, valor que garantiza el camino hacia la Ciudad de Dios, porque el hombre pertenece a una sociedad y su obligación cristiana es la procuración del bien común: «De la índole social del hombre aparece la interdependencia en el desarrollo de la persona humana y el incremento de la misma sociedad, el principio, el sujeto y el fin de toda institución social es, y debe ser, la persona humana, ya que es ella quien por su propia naturaleza tiene absoluta necesidad de la vida social.» (Gaudium et spes, no. 25). Por eso la familia es la institución social por antonomasia donde el bien común y los valores de la sociedad son aprendidos bajo el amor y la iluminación de Dios.

«…Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva, manifestación de la bondad del Creador, de su sabiduría y de su designio de amor. Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida y que recuerda tantos rasgos de la fe. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada…»

      La familia surge del amor mutuo que se prodigan dos personas. Dicho amor auténtico cuenta con la bendición de Dios quien llenará de dones esa unión. Como “misterio de amor” Dios concibió al hombre y a la mujer  a su imagen y semejanza (cfr. Gn 1, 26-27) y vio bueno que estuvieran en compañía, que el hombre no estuviera solo, sino que se complementara con otra persona (cfr. Gn 2, 18).  Por eso Dios bendice la unión conyugal, porque es algo bueno dentro del plan divino de la Creación. De esta forma, la unión entre hombre y mujer es una unión sagrada que Dios bendice y le prodiga de dones abundantes. (cfrCIC, 1603-1605).

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Al ser el matrimonio un compromiso de amor muto para toda la vida terrenal de los cónyuges, esa unión debe convertirse en una alianza compartida para el conocimiento y el crecimiento muto de la fe, pues en el matrimonio cristiano ya no se consideran a dos personas de manera aislada, sino que los esposos se hacen uno ante Dios, formando así una sola carne (cfr. Gn 2, 23). Dicho compromiso mutuo debe ser fortalecido con los dones del Espíritu, los cuales ayudarán a vencer todas las tentaciones terrenas y a colocar en el centro de su vida cada vez más a Dios, pues a Él debe estar dirigido su compromiso, ya que la consolidación del matrimonio se da cuando Dios está en medio de ellos en esa diversidad genérica (hombre-mujer) pero en la unidad sacramental. La fuerza de la fe nutre el compromiso mutuo y dota de alegría en el compromiso, acercando a los cónyuges en el amor divino y en el amor humano, pues sólo la fe puede lograr ver con auténtico amor, como esa entrega mutua y total al otro (cfr. 1 Cor 13, 4-7) que es capaz de sortear todas las dudas y las tentaciones que el Maligno pone en la vida conyugal. De ahí que la fe sea la luz que ilumina a esa unión sacramental para que ningún poder humano pueda destrozar lo que Dios bendice (cfr. Mt, 19,6).

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Es de tal magnitud la bendición del matrimonio por parte de Dios que la Iglesia le reconoce como un sacramento: «La alianza matrimonial por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio para toda la vida, ordenando por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre los bautizados.» (Código de Derecho Canónico, can. 1055). En este sacramento, se realiza ante Dios mismo un compromiso de unión entre un hombre y una mujer para toda su vida terrena, con todo lo que la propia vida en el mundo implica, con sus gozos y adversidades; por eso sólo tendiendo la fe en Dios, como centro de su unión conyugal, se podrán potenciar las alegrías y superar los problemas, recibiendo directamente del Señor la bendición más grande que es la constitución de una familia: «Con este acto humano con que los cónyuges mutuamente se entregan y aceptan, surge una institución estable, por ordenación divina, incluso ante la sociedad. Dios mismo es el autor de un matrimonio que ha dotado de varios bienes y fines, todo lo cual es de enorme trascendencia para la continuidad del género humano, para el desarrollo personal y la suerte eterna de cada uno de los miembros de la familia.» (Gaudium et spes, no. 48).

En suma, el amor de los cónyuges se ve fortalecido con la fe puesta en Dios a lo largo de su matrimonio; sólo con esta herramienta se puede lograr el gozo pleno de que ninguna adversidad podrá romper el vínculo sagrado que los ha unido, pues cuando Dios está en medio de ellos, nadie estará contra ellos (cfr. Rom 8, 31).

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«…La fe, además, ayuda a captar en toda su profundidad y riqueza la generación de los hijos, porque hace reconocer en ella el amor creador que nos da y nos confía el misterio de una nueva persona. En este sentido, Sara llegó a ser madre por la fe, contando con la fidelidad de Dios a sus promesas…»

     Fruto del amor conyugal es la procreación de los hijos, don de Dios que sigue su plan divino de hacer partícipes de Su amor a todos los hombres cuando les dio el mandato a nuestros primeros Padres de crecer y multiplicarse y someter a la tierra y a sus creaturas (cfr. Gn 1, 28). El fin de un matrimonio, por tanto, es la generación de hijos en el amor de Dios, pero es importante aclarar que la auténtica vocación trascendental del matrimonio no es la mera procreación de los hijos, sino ante todo, la educación de éstos en la fe. De nada sirve al plan divino de Dios una familia donde se procrean hijos pero se les abandona en la fe; ello incluso sería una afrenta a la verdadera vocación del matrimonio, pues el “crecimiento y la multiplicación” no sólo se refiere a un aspecto físico, sino primordialmente, a un crecimiento y multiplicación de la fe manifiesta en el amor y el ejemplo de los padres hacia a los hijos: «La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe entenderse también en su educación moral y a su formación espiritual, el papel de los padres en la educación tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables.» (CIC, 2221).

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El verdadero papel de los padres, por tanto, es poner a Dios en el seno familiar para transmitir eficazmente a sus hijos Sus mandatos y Sus dones, porque Dios confía a los padres el desarrollo integral de los hijos, ya que con esta tarea, se cristaliza el verdadero papel de la familia y se construyen los pilares para una sociedad de respeto hacia la persona humana (cfr. CIC, 2222-2225), ya que «de la unión conyugal procede la familia , en que nacen los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, que por la gracia del Espíritu santo quedan constituidos por el bautismo en hijos de Dios para para perpetuar el Pueblo de Dios en el correr de los tiempos.» (Lumen Gentium, no.11).

«…53. En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos. Sobre todo los jóvenes, que atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe…»

      Decíamos que el principal papel de los padres es inculcar los principios de la fe cristiana a sus hijos desde temprana edad. El Magisterio de la Iglesia también ha considerado este aspecto: «la educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más temprana infancia. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe.» (CIC, 2226). Esta labor pedagógica de la fe por parte de los padres es una labor continua, es decir, no termina sólo la administración de los sacramentos a sus hijos durante la infancia (bautismo, comunión, confirmación), sino que debe ser una labor continua, que impulse y promueva en los hijos los valores de la fe construyendo un camino de ejemplo hasta la juventud de los hijos.

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Los padres son proveedores espirituales, pero también proveedores materiales, por ello deben procurar a los hijos en sus necesidades físicas, en dotarles de los medios para que alcancen una profesión u oficio  que les enseñe a dignificar su vida hacia Dios en el trabajo y, desde luego,  en proporcionarles una educación y formación cívica sólida bajo el entendido que el día de mañana serán ciudadanos y que deberán participar en la sociedad iluminados por los valores cristianos (cfr. CIC, 227-2230), como decía a sus jóvenes el gran santo Italiano, San Juan Bosco, el educador por excelencia: “ser buenos cristianos y honestos ciudadanos”.

La importancia de los padres en la enseñanza de la fe como labor continua hasta la juventud de los hijos sigue el ejemplo de los padres del Niño Jesús, José y María, quienes entregando por completo su fe a Dios, no abandonaron su papel como formadores de su hijo y los mismos hombres buenos y piadosos, representados por el anciano Simeón en el Templo, se los reconocían (cfr. Lc 2, 33-34). A ejemplo de José y María, los padres cristianos deben procurar todos los elementos para que sean ejemplo y testimonio de vida para sus hijos, y que éstos, a semejanza de Jesús, también crezcan en sabiduría, edad y gracia, tanto para Dios como para los hombres (cfr. Lc 2,52).

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«…Todos hemos visto cómo, en las Jornadas Mundiales de la Juventud, los jóvenes manifiestan la alegría de la fe, el compromiso de vivir una fe cada vez más sólida y generosa. Los jóvenes aspiran a una vida grande. El encuentro con Cristo, el dejarse aferrar y guiar por su amor, amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida que no defrauda. …»

     Sin duda alguna, los jóvenes son el tesoro de fe más grande que tiene la Iglesia. En ellos está depositada la esperanzada evangelizadora en los umbrales del nuevo milenio. La alegría con la que los jóvenes reciben a Cristo en sus vidas los convierte en los auténticos garantes de la fidelidad al mensaje de Cristo. Ellos son la sal de la tierra, la luz  para el mundo (cfr. Mt 5, 13-14) en los momentos más endebles en que la moral distorsionada y el relativismo materialista han cubierto al mundo.

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Es por todos conocido el gran amor que el Beato Juan Pablo II profesaba a los jóvenes; a ellos dirigió sus primeras palabras en el inicio de su pontificado: «vosotros sois la esperanza del mundo; vosotros sois mi esperanza» (22 de octubre  de 1978). Fue este gran Papa quien por primera vez convocó a las Jornadas Mundiales de la Juventud, encuentro de fe que se ha convertido en la piedra angular evangelizadora de la Iglesia católica, pues en torno a ella se ha logrado generar una rica catequesis preocupada especialmente en los temas, problemas, dudas y esperanzas que atañen a la juventud, no sólo cristiana, sino universal. Desde 1982 se han venido realizando dichas jornadas a lo largo de todo el orbe logrando convocar a millones de jóvenes, quienes luego, en su papel como padres o como ministros, han trasladado las enseñanzas ahí aprendidas.

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El camino de la fe debe ser el camino que ilumine la vida de los jóvenes en su andar por la vida, porque sólo poniendo su corazón en torno a ella, lograrán ser mejores cristianos y mejores ciudadanos. Una vida sin la luz de Cristo representa la más grande soledad de la juventud, pues sin la guía de la fe, son ellos los más vulnerables ante las tentaciones del Maligno y son las víctimas de los abusos del mundo. Una juventud sin Cristo es una vida sin sentido ni alegría; una vida de angustia y desesperanza. Quién mejor que el gran santo de Hipona, San Agustín, cuya juventud estuvo marcada por la ausencia del Señor, para describir esa circunstancia: «¡Oh gozo mío, tardo en venir! Callabas entonces y yo me iba lejos, lejos de ti, rumbo a más y más estériles semilleros de dolores, con orgullosa abyección y desasosegado cansancio.» (Confesiones, II, 3.)

La juventud tiene que hacerse esa pregunta que le hicieron Nuestro Señor: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (cfr. Lc 10, 25), porque la juventud es la gran heredera de la fe y su responsabilidad es conocerla, defenderla, pero sobre todo, vivir su vida cotidiana conforme a ella. Como exhortara Juan Pablo II en su último mensaje hacia la juventud antes de ser llamado al lado del Padre: «Queridos jóvenes: la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás.» (Mensaje con ocasión de la XX Jornada Mundial de la Juventud, 2005).

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Hemos visto también como con alegría el Papa Francisco ha mostrado su inmenso amor y esperanza a los jóvenes. Ellos también son la fuerza de su pontificado. En la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, se dirigió a ellos con especial cariño: «No se olviden: ustedes son el campo de la fe, ustedes son los atletas de Cristo. Ustedes son los constructores de una Iglesia más hermosa y de un mundo mejor.» (27 de julio de 2013).

En suma, la juventud, depósito de la fe en la alegría y de la esperanza del amor fraterno en las futuras familias, tiene un papel fundamental en la iglesia de Cristo. La luz de la fe debe ser la guía en su vida; sólo así serán los auténticos constructores de una sociedad cimentada en el amor y en la verdad.

«… La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llama­da, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades.»

     La fe requiere fortaleza, constancia, formación en la doctrina y perfeccionamiento en las obras. La fe no es un instrumento para personas débiles de espíritu y esa fortaleza sólo se encuentra en el seno de la familia. La manera más efectiva de encontrar la fuerza de la fe es  mediante la oración en familia porque «la familia cristiana es el primer ámbito para la educación en la oración. Fundada en el sacramento del matrimonio es la “iglesia doméstica” donde los hijos de Dios aprenden a orar “en Iglesia” y a perseverar en la oración. Particularmente para los niños pequeños, la oración diaria es el primer testimonio de la memoria viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo.» (CIC, 2685).

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La constancia en la oración, inculcada por la familia, hace que la fe del hombre se fortalezca cada día en el encuentro personal con Dios, pues ahí le escuchamos, le descubrimos, entendemos su llamado y nos comprometemos a vivir en su amor.

De esta forma, la fe en Dios es la fortaleza más grande que la persona puede tener. Con su luz, ningún embate del enemigo podrá hacer sucumbir por completo el alma. Poner la vida en la verdad enseñada por Cristo es dejar que la fe conduzca nuestros pasos, porque no hay mejor refugio que el amor de Dios: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién puedo temer? Amparo de mi vida es el Señor, ¿por quién puedo temblar?» (Sal 27,1)

Ejemplo de fe desmedida en el mensaje de Dios, de luz fraterna de la familia, es María Santísima. A ella encomendamos su intercesión para que inspire nuestra vocación en la fe y para que guíe a nuestras familias en seguimiento de Cristo. A ella pedimos que desde el cielo, con su amor de madre, conduzca nuestros pasos y que nos guarde  en su corazón (cfr. Lc 2,19). Ella que creyó el mensaje del arcángel, sea el modelo de fe, esperanza y amor para todos los cristianos. Que su inmaculado corazón sea siempre el refugio de nuestra fe. Amén.

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 Héctor LÓPEZ BELLO

hectorlopezbello@gmail.com


[1] Desde luego, para un mejor estudio de los dos primeros aspectos (sociedad y bien común) es importante remitirse a todo el Magisterio desarrollado en torno a la llamada Doctrina Social de la Iglesia, el cual puede ser abordado en la magnífica obra “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” publicada en el año 2004 por el Pontificio Consejo “Justicia y paz”. Para abundar en los temas de la familia es también recomendable atender a los documentos elaborados por el Pontificio consejo para la familia cuyos documentos completos pueden ser consultados en el sitio de internet de la Santa Sede.

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