Cuando vea seres de naturaleza malvada, bajo la presión del mal, de la violencia y de la aflicción, que pueda amar a esos seres poco comunes como si hubiera hallado un tesoro valioso.

Dalai Lama

      Soy un hombre católico y con orgullo reconozco mi fe ante el mundo. De mi Iglesia he recibido las enseñanzas trasmitidas por la  Tradición y condensadas en el Magisterio desde hace siglos, el cual manifiesta la vocación del llamado universal (de ahí que sea católica) del Evangelio a la salvación. Creo firmemente en la verdad revelada en las Sagradas Escrituras y en el mensaje de amor de Jesucristo nuestro Señor el cual se resume en un único gran principio: “amarnos los unos a los otros como él nos amó” (cfr. Jn 13, 34). Estoy convencido por ello, que Jesús vino al mundo para salvar a todos los hombres, sin distingo de raza, religión, orientación, posición social o tendencias políticas, porque su mensaje de amor es universal, pues Dios se hizo hombre y vino al mundo no sólo para un pueblo sino para todos los hombres. Por eso la Gloria de Dios se extiende en la tierra a todos los hombres de buena voluntad (cfr. Lc 2, 13-14). Mi fe me ha llevado a reconocer que los hombres de buena voluntad están presentes entre nosotros: cristianos, judíos, musulmanes, budistas… en todos los credos hay gente de corazón humilde como también los hay de corazón marchito.

abrazo

      Pero ¿quién es el hombre de buena voluntad? ¿Será acaso ese que va a misa puntualmente todos los domingos, o el que recita la Torá de memoria, o el que se abstiene de comer y beber por un mes y luego atenta contra su vida en nombre de Dios? De nada sirve ser dogmático y cumplir con ortodoxia las reglas religiosas si en el corazón no se cumple con lo auténticamente mandado por Dios. El hombre de buena voluntad, es por tanto, quien sigue con palabras y con actos, en su vida ordinaria, los principios de amor y bondad enseñados por Jesús; el que es coherente entre lo que predica y lo que hace; el que no discrimina al otro sino que lo ve como un igual; el hombre de buena voluntad es el que ve como a un hermano a su prójimo, así como Jesús vio a todos sin importar su origen. Cristo mismo definió quién es el hombre de buena voluntad: “el que sigue la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano y mi hermana” (Mt 12, 48). Aceptar de corazón el amor de Dios en la propia vida, amar al prójimo y vivir conforme a esos principios, eso aceptar a Dios y  ser un hombre de buena voluntad, independientemente del credo religioso que se profese, si se hace con respeto y con coherencia.

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La historia reciente de la humanidad ha conocido a grandes corazones; hombres y mujeres de buena voluntad, que han demostrado con su ejemplo, que el amor de Dios existe y que es posible vivir en la felicidad cuando se es bueno de alma. Gandhi, Nelson Mandela, Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, y tantos otros modelos de personas quienes han puesto al otro, a su prójimo, por encima de sí mismos. Hoy quiero hablar de un hombre de buena voluntad que se cuenta entre esos grandes hombres: Tenzin Gyatso, conocido como el Dalai Lama, líder espiritual de los budistas tibetanos, hombre carismático y sencillo, cuyas enseñanzas no son sólo aplicables al ámbito de la religión budista, sino a toda la humanidad. Su capacidad de empatía y la humildad de sus reflexiones muestran a un auténtico hombre de buena voluntad, cuyo testimonio sirve para iluminar a quienes de alguna forma queremos vivir una vida poniendo al prójimo por delante.

Tibetan spiritual leader in-exile His Ho

El Dalai Lama recientemente estuvo de visita en México para compartir sus enseñanzas y dar testimonio de respeto, tolerancia y auténtico sentido de lo que significa “amar al prójimo”. Sus reflexiones desde luego tienen como marco general la filosofía budista tibetana, pero su mensaje central tiene como eje temático el auténtico sentido de la felicidad del hombre: darse en todo a los demás.

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Confieso mi desconocimiento sobre los principios más profundos de la doctrina budista, mismos que reconozco como evidentemente interesantes, pero luego de dedicar algunas horas a la lectura de los escritos del Dalai Lama, y de verle y escucharle en persona, he descubierto que el mensaje más profundo de sus enseñanzas es enormemente compatible con los principios cristianos de caridad y de amor por el prójimo que predica el Evangelio. Temas como la felicidad en el espíritu, el desprendimiento de lo material, el perdón y la aceptación de los demás, el diálogo y el encuentro con todos los hombres y con la naturaleza, son abordados con humildad por parte del Dalai Lama. Y en lo hondo de su mensaje también tiene mucho que enseñarnos a los cristianos.

Exiled Tibetan spiritual leader, the Dalai Lama

Reconozco con sinceridad que la persona y el mensaje del Dalai Lama me conmovieron de manera especial. Tuve la oportunidad de escucharle en un evento organizado por la Universidad Pontificia de México, donde el Dalai Lama sostuvo un encuentro directo con algunos miembros de la comunidad católica de México. El caluroso recibimiento que le dieron las máximas autoridades religiosas de la Universidad y del país al noble monje tibetano, reflejan la disponibilidad y vocación que existe para reavivar el diálogo y la fraternidad entre los diversos credos existentes en México y en el mundo. En el bello mensaje de bienvenida que ofreció Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía, secretario de la Conferencia del Episcopado de México, se le manifestó un saludo cordial y fraterno al Dalai Lama y la alegría por tenerle cerca y escuchar su mensaje: «Santidad –señaló  el Prelado mexicano– teniendo presente este compromiso, le recibimos hoy con estima y respeto. Sabemos que usted ha recorrido el mundo enseñando que, cito sus palabras: “El espíritu de compasión tiene como naturaleza el anhelo de que todos los seres sufrientes queden libres del sufrimiento”. Así mismo, usted ha afirmado que “el propósito fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad… La paz mental –ha dicho–… tiene sus raíces en el afecto y la compasión

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Este evento debe ser considerado como paradigmático y ejemplar por el diálogo y respeto que ahí se dieron, valores que tanto necesita recuperar nuestra nación en estos momentos. Ahí estaban presentes altos jerarcas de la Iglesia católica, de la Iglesia ortodoxa, de la Iglesia anglicana y otras denominaciones protestantes; de la comunidad judía, de la comunidad islámica y de la comunidad budista en México; autoridades federales y locales y cientos de personas ávidas de escuchar al Dalai Lama. Un auténtico marco de respeto y de armonía entre hermanos mexicanos, distintos en sus credos, pero unidos por la voluntad de paz. Un evento que simbolizó un oasis de comunidad en el desierto del relativismo, del egoísmo y de la fragmentación social que invaden a nuestro México desde hace algunos lustros.

En este marco de encuentro, el Dalai Lama enseñó cómo el respeto y el amor a los demás debe ser la guía que ilumine el corazón de las personas, pues de nada sirve considerarse en las formas y en los métodos como una persona religiosa o creyente de un dogma, si en el corazón no sabemos llevar ese mensaje siempre. Explicó que la auténtica felicidad no es poseer en abundancia los bienes materiales sino tener en abundancia el respeto y el amor hacia los demás. Sabias palabras dijo cuando manifestó que dos son cuestiones las que admira del cristianismo: la primera de ellas, que es una religión que tiene como mandato fundamental amar a los enemigos, es decir, amar siempre al prójimo sin importar quién sea el prójimo. Recordó así el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta, mujer admirable con quien el Dalai Lama tuvo numerosos encuentros personales, y de quien hay que aprender el auténtico valor del amor sin medida hacia los demás. El otro gran aspecto que el Dalai Lama señaló como admirable del cristianismo es que se trata de una religión que ha sabido conjuntar la fe en Dios explicada mediante la razón y que ello ha servido para fundamentar y consolidar sus principios. Remembró con cariño los ejemplos de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, pontífices con quienes el Dalai Lama también tuvo gran cercanía. Qué gran ejemplo de diálogo y de encuentro interconfesional por parte de un líder religioso que sabe reconocer las verdades humanas y divinas en un credo que no es el suyo pero que en el fondo coincide con sus pensamientos. De hecho, pocas veces los cristianos reparamos en estas dos grandes verdades de nuestra fe y es realmente significativo que un hombre de buena voluntad como es el Dalai Lama manifieste su coincidencia. Realmente un ejemplo de sencillez.

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       No hay que ser un devoto budista ni un escrupuloso cristiano para saber que hay principios universales de amor que trascienden a cualquier dogma o forma religiosa de expresión por tratarse precisamente de mandatos de Dios. En eso consiste precisamente el ecumenismo, en la disponibilidad de acercarse a otra persona que no comparte las mismas formas y axiomas religiosos pero que en el fondo coincide en los principios de amor y respeto. La misma raíz etimológica de la palabra “ecumenismo”, del griego oikoumune, o casa en común, nos señala su vocación: preservar aquello que nos une y que nos ayuda a vivir en armonía y respeto. Por eso el ecumenismo es uno de los grandes movimientos culturales que debemos seguir estudiando y fomentando en una sociedad tan dividida como la actual, porque es un modelo de entendimiento para ponerse en el lugar del otro, de rescatar y de revitalizar ante todo las coincidencias (que son las más) y dejando de lado las divergencias (que son las menos).

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        En el marco de la religión católica, uno de los ejes dogmáticos que deben conducir a la Iglesia actual es precisamente el diálogo ecuménico, pilar fundamental del Concilio Vaticano II que trasformó generosamente a la Iglesia y cuyo 50 aniversario de su inicio recordamos este año. Fruto de aquél Concilio, fue la Declaración Nostra AetateSobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, promulgada en octubre de 1965 por el Papa Paulo VI, y que reconocía el valor del diálogo en el acercamiento con otras religiones cuyo mensaje sea acorde con los mandatos de Cristo. Merece la pena trascribir algunos párrafos de este documento para conocer el sentir de la Iglesia, cuestión que incluso muchos católicos desconocen: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres(…). Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.» De ahí que la Iglesia católica haya reconocido la riqueza y la verdad contenida en las enseñanzas del Dalai Lama y le haya invitado a difundirlas ante la comunidad católica mexicana, porque de hombres tan nobles y humildes como el Dalai Lama, los cristianos, insisto, también tenemos mucho que aprender.

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       Juan Pablo II, uno de los más grandes Papas ecumenistas que ha dado la Iglesia, desde el año 1986 convocó a las jornadas ecuménicas de oración por la paz en la ciudad de Asís, cuna San Francisco, hombre ejemplo de verdadero amor y fraternidad a sus hermanos. Ahí se han reunido los principales líderes religiosos del todo el mundo con el fin de elevar una común oración y llegar al diálogo, al respeto y al entendimiento entre todas personas de buena voluntad en el mundo, sin importar su credo religioso. Grandes han sido sus frutos pero falta mucho aún por realizar. Por ello, oportunidades como la visita del Dalai Lama a un recinto católico mexicano revitalizan el espíritu de Asís e imprimen ímpetus nuevos en quienes estamos convencidos que la Verdad existe y que puede y debe llegar a todos los corazones del mundo.

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Un hermoso signo de fraternidad que a todos conmovió al finalizar el evento, fue el acercamiento personal que tuvo el Dalai Lama con todos los líderes religiosos ahí presentes. Intercambiando todos un abrazo fraterno, y tomados luego de la mano, fueron instantes donde verdaderamente se sintió la presencia de Dios, donde su mensaje de “amarse de los unos a los otros” se oyó con profunda claridad en el corazón de quienes tuvimos la bendición de estar ahí presentes. Porque el amor y la Verdad de Dios es para todos y quien es de la verdad, también escucha la voz de Dios (cfr. Jn 18,37).

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       Vale la pena guardar en la memoria el encuentro del Dala Lama con la comunidad católica mexicana, pero sobre todo, hay que guardar su mensaje de fraternidad en nuestros corazones. Quedan pocos hombres en el mundo, como el Dalai Lama, que son una luz y ejemplo en el camino para iluminar nuestras propias vidas. Por eso, el hombre que tiene fe en el algún credo debe estudiarlo, conocerlo y aproximarse más a su comprensión pues sólo de esta forma se podrá dar auténtico testimonio de amor y de verdad, pues no se ama lo que no se conoce. Pero también hay que estar dispuestos en el alma de acercarnos a los que no comparten nuestras propias doctrinas para enriquecer mutuamente el diálogo,  la fraternidad y la paz. De todos los demás hermanos, siempre se aprende algo nuevo.  Sólo en la medida que estemos abiertos a dar a los otros será la forma en la que recibamos bendiciones en nuestra vida. Vale mucho la pena leer con mente abierta y con el corazón dispuesto las enseñanzas de hombres de buena voluntad como el Dalai Lama y reconocer que también se puede encontrar a Dios en el hermano separado y en la sinceridad de su testimonio.

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       En un mundo tan dividido por el imperio del relativismo como en el que actualmente vivimos, la esperanza que debe iluminar nuestros corazones es saber que hay un mensaje de amor que es universal, que trasciende tiempos, fronteras y religiones, que Dios quiere la salvación de todos: cristianos, judíos, musulmanes, budistas, etc., todos, somos hijos de Dios y a todos ama por igual y quiere salvarlos (cfr. Col 3, 11). En su infinito amor, Dios nos recuerda su mensaje con el testimonio de grandes personas de buena voluntad que han expresado en el amor como la más grande riqueza que puede tener el hombre. Reconozcamos a esas personas que llevan a Dios en su testimonio, seamos también uno de ellos; sólo así realmente seguiremos lo que Jesús nos predicó y realmente nos amaremos los unos a los otros y seremos verdadera imagen de Dios. Finalizo pues con las hermosas palabras del apóstol San Juan que resumen el mensaje de esos grandes hombres de buena voluntad, como el Dalai Lama,  que visitan el mundo: «Amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor.» (1Jn 4, 7-8).

jesus predicando

Héctor LÓPEZ BELLO

hectorlopezbello@gmail.com

Para Leer más:

  • DALAI LAMA, Compasión y no violencia, Editorial Kayros, Barcelona, 2000.
  • -DALAI LAMA, Escritos esenciales, Editorial Sal Terrae, Madrid, 2009.
  • -DALAI LAMA, En mis propias palabras, Editorial  Debolsillo, Barcelona, 2010.
  • -KASPER, Walter,  Caminos de unidad: perspectivas para el ecumenismo, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2008.
  • -RATZINGER, Joseph, Iglesia, ecumenismo y política, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2005.
  • RODRIGUEZ GARCÍA, Pedro, Iglesia y ecumenismo, Editorial Rialp, Pamplona, 1995.
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