Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo, como hombre, y marche desde este reconocimiento a penetrar en el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador.

Martin Buber

Cuestiones previas

                Continuamos explicando en este espacio, el tema que abordamos con anterioridad en torno a los elementos que subyacen en el conflicto armado en Siria. Explicaremos a continuación los presupuestos teóricos para entender si hay guerras justas y cómo surge la injustica en los actos de violencia por el abandono total del diálogo interpersonal.

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Hecho inherente en la sociedad

Existen, en el imaginario colectivo, frases retóricas tan llevadas y traídas, que ya se han convertido en una especie de axiomas o lugares comunes en el discurso de la gente: “la historia se ha construido por la guerra”; “si quieres la paz, prepárate para la guerra”; “es mejor ser temido que ser amado”; etc. Sin embargo, estas recurrentes frases encierran una falacia poco perceptible a simple vista, esto es, que la guerra y la violencia son el antecedente justo para la paz, cuando en realidad, debería ser la paz el antecedente para la justicia.

Desde luego que la mayoría de las civilizaciones en la historia de la humanidad han estado marcadas por procesos violentos, las más de las veces desastrosos, pero ello no es razón para afirmar tajantemente que la guerra haya sido el camino idóneo para consolidar auténticamente una civilización. Podemos encontrar varios ejemplos en la historia donde el factor de la guerra no fue el cauce directo del progreso: la filosofía en Grecia nació por búsqueda de la verdad en un tiempo de paz; el panhelenismo se consolidó como camino para preservar la paz y propagar la cultura; el Derecho surgió en Roma en el marco de las relaciones privadas pacíficas; el cristianismo tomó el principio del amor al prójimo como punto de partida para expandir su doctrina; las filosofías occidentales ven en el respeto al otro y a la naturaleza el respeto uno mismo; la protección internacional de los derechos humanos surge en el siglo XX para evitar que se repitan los horrores cometidos en una guerra mundial, etc.

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En suma, la paz ha dado más cauces de creación y la guerra ha dado motivos de disolución. Pero esa ambivalencia guerra-paz, ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia y ha merecido muchas reflexiones en torno al uso de la fuerza y las causas para emplearla. Varios han sido los autores que han visto en la guerra un motivo lírico (Heródoto o Tucídides), o quienes han visto en ella un auténtico arte (Sun-Tzu o Clausewitz), o filósofos quienes han afirmado que el hombre por naturaleza es siempre violento (Hobbes), o quienes aseguran que el poder, incluso autoritario, es la vía para preservar una paz (Maquiavelo). Esa búsqueda insistente de justificar la violencia y de ver lo “positivo” en su empleo, no es nuevo, aunque también es cierto que es necesario estudiar el fenómeno de la violencia en el hombre para determinar por qué no es conforme a la justicia auténtica que aquélla exista. Pero no han existido argumentos sólidos que justifiquen que la violencia es el camino para la paz. No hay, en suma, verdad en la violencia.

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       Los recientes acontecimientos que tienen lugar en Medio Oriente, donde Siria se ve envuelto en una situación violenta y donde las potencias militares internacionales amenazar con emplear la fuerza como camino para la paz, suscitan nuevamente esa pregunta que subyace en el inconsciente de la gente desde hace siglos: ¿existe un derecho para la guerra?

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Las razones para justificar la guerra

Desde el ámbito primordialmente de la filosofía del derecho se han escrito un sinnúmero de páginas atendiendo a este tema, pero no aburriremos aquí al lector con disertaciones iusfilosóficas. Atenderemos a ciertos conceptos que pueden servir para dar luces y entender si realmente existe, en la teoría, un “derecho a la guerra”, porque en la práctica, bien lo sabemos, se ha concebido por muchos países no sólo como un derecho, sino como una pretendida obligación, tergiversando en todo el auténtico origen filosófico del concepto.

Para entender si hay un derecho a la guerra es necesario partir de una premisa: la regla general, en toda sociedad, debe ser un estado de paz entre las personas; la excepción es el estado de guerra. Ello significa que lo normal en la convivencia humana es la armonía y que lo anormal es la violencia. Un estado de anormalidad en la persona no significa que neutralice su naturaleza, sino que es una excepción a su propia naturaleza; por ello, el uso de la violencia cabe como algo ciertamente natural en el hombre, pero no como algo normal; la consecuencia es que la naturaleza del hombre se denigra mediante el recurso de la violencia.

Toda sociedad, decía Aristóteles en la Política, está creada para un bien, y está conformada por hombres que, como parte de su naturaleza, tienen vicios y virtudes. Entre los vicios del hombre está precisamente la violencia. Pues bien, el papel de Derecho consiste en preservar un orden en la sociedad, porque lo normal en la sociedad es el orden. Pero cuando alguien rompe ese orden, el Derecho debe actuar para reestablecerlo. Por eso existen las leyes que garantizan los mínimos necesarios para que haya un orden normal en todas las sociedades. Como la violencia es un acto anormal en la sociedad, se debe combatir ese acto anormal con lo normal de la sociedad, es decir, con las normas y reglas que garanticen la correcta reincorporación de la normalidad en la sociedad. Parecería un juego de palabras pero no lo es, y explicamos a continuación, con un par de ejemplos, dónde cabe el uso justificado de la fuerza con sus debidas reservas.

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Si alguien me hace daño sin una causa justificada, esa persona no está actuando virtuosamente porque no está haciendo algo justo. La justicia se ha quebrantado porque no es normal que alguien haga daño a otro. Tengo entonces el legítimo derecho de defenderme, porque lo normal es que la justicia prevalezca. Pero sólo podré defenderme de manera proporcional al daño que yo he sufrido, pues lo normal es que se me restituya lo que me han quitado. Así, por ejemplo, si una persona ha destruido la puerta de mi casa, tengo el legítimo derecho de reclamarle que restituya en su integridad mi puerta, o bien que me pague el valor de dicha puerta; eso es lo justo. Pero sólo puedo exigirle la puerta, no las ventanas y las paredes completas, porque ahí estaría abusando del derecho que me asiste y entonces yo también cometería una injusticia. Otro ejemplo; si alguien me ataca con un golpe, tengo el legítimo derecho de responderle con otro golpe, pero nunca apuñalándolo o descargando en él todo el contenido de una pistola, porque abusaría de mi derecho de defensa y yo cometería una injusticia.

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      En suma, sólo puedo responder una agresión inminente con otra agresión de igual medida a la recibida. Todo esto en las relaciones privadas parece ser sencillo de resolver, pero cuando trasladamos estos eventos al ámbito de las sociedades o Estados, la cosa se complica. Aquí entra el conflicto de saber cuándo un Estado tiene el legítimo derecho de defenderse ante el ataque de otro Estado, porque a veces la respuesta puede derivar en una injusticia. En pocas palabras esa es la medida de la llamada guerra justa.

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Presupuestos teóricos para una guerra justa

Muchos grandes pensadores en la historia han discernido sobre la justicia que le asiste a un Estado para repeler la agresión de otro. Desde Aristóteles hasta San Agustín o Santo Tomás, e incluso el propio Kant, todos coinciden en que existe el derecho legítimo de defensa en un grado proporcional al de la ofensa. Mas nada justifica el exceso en el uso de la fuerza.

Fue el español Francisco de Vitoria, un fraile dominico del siglo XVI, conocido como el padre del derecho internacional, quien quizá mejor resumió las llamadas “causas justas para la guerra” entre los Estados. Por cuestiones de espacio no podemos explicar aquí la doctrina de Vitoria, pero analicemos algunos conceptos fundamentales de este egregio dominico, para ver cómo su pensamiento sigue vigente aún en el siglo XXI.

vitoria 1Vitoria distingue dos tipos de guerras: la defensiva y la ofensiva. La guerra defensiva la emplea quien es atacado y recurre a ella para defenderse de una agresión actual, lo cual implica que la acción injuriosa se está llevando a cabo y,  por tanto, pasando la necesidad de defensa, cesa el derecho de la violencia. Ello tiene una implicación muy importante: el uso de la fuerza es para repeler un ataque y nunca para ampliarlo. El segundo tipo, la guerra ofensiva, implica comenzar una hostilidad posterior al hecho injurioso recibido y se emplea para reparar la injuria o recuperar lo que se ha perdido; el derecho para esa agresión cesa en el momento en que se ha conseguido la total reparación del daño sufrido.

Pero para Vitoria como para todos los teóricos de las justas causas, se debe partir de un presupuesto básico: la guerra es el último recurso que debe emplearse, porque antes deberán agotarse todas las instancias para salvaguardar la paz y la justicia mediante el entendimiento con la otra parte implicada. Así, la guerra nunca debe ser el camino primero, porque la violencia implica dejar de reconocer al otro como a un igual, como un ente razonable; sólo debe emplearse cuando el diálogo se ha agotado y el otro me ha dejado de reconocer a mí como su alter, como su igual. Por eso la guerra únicamente debe aparecer en casos extremos, pues la violencia tiene el peligro de generar más violencia, lo cual denigra al hombre y lo convierte en un ente no virtuoso. Magníficamente señalaba Francisco de Vitoria que “la guerra es una situación extrema a la que se recurre siempre en contra de la propia voluntad, por ello, hay que evitar todas las ocasiones o pretextos para emprenderla.”

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En suma, lo normal en los hombres es reconocer al otro como a un igual. En la medida en la que existe ese reconocimiento ontológico, se está en la posibilidad de dialogar, de discrepar y, por supuesto, de rectificar sobre los propios actos. Cuando se pierde de vista esa igualdad del otro, se actúa anormalmente, lo cual genera discrepancia, odio y, desde luego, violencia. Ese es el origen de todo conflicto, el dejar de reconocer precisamente que el otro es un igual a mí y que sólo mediante el diálogo y el reconocimiento pueden resolverse todas las controversias. No hace falta que pongamos ejemplos de guerras entre Estados, baste ver que la ruptura a ese principio básico es la raíz de todo problema entre las personas. Desde la discrepancia más nimia entre los hermanos, entre colegas, o en la calle misma, la violencia y la agresión surge por no ver en el otro a un igual a mí, y por hacer que la descalificación, el egoísmo o la no razonabilidad actúen antes que el diálogo. Esa actitud inicial cerrada y de descalificación, limita todas las posibilidades para el diálogo y para el entendimiento y abre ampliamente la posibilidad para la agresión. La filosofía moral, por tanto, siempre ha defendido que el inicio de toda relación normal entre las personas está en el reconocimiento del otro como persona, en el diálogo y en la apertura a las razones; sólo así hay auténtica justicia.

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Pero si eso parece tan sencillo en la teoría ¿por qué el hombre opta por la violencia? Esto es fácil de responder si atendemos a los parámetros morales que rigen al hombre moderno. El hecho de privilegiar el diálogo implica un esfuerzo personal de abrirme al otro, de escuchar y entender sus motivos para contrastarlos con los míos, lo cual trae aparejado un elemento fundamental, pero al cual instintivamente huyen todos los hombres, esto es, la posibilidad de no tener yo la razón. Como en el inconsciente del hombre hedonista moderno está la idea de no ceder, sino antes conquistar, la posibilidad de rectificar lo que uno piensa no entra en un esquema epistemológico. Por eso el hombre evita diálogo, porque siente miedo de enfrentar y de descubrir que tiene que ceder.

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En escritos anteriores hemos abordado, en este mismo espacio, que el gran mal que sufre humanidad en la actualidad es la constante falta de una visión moral de la vida, de un egoísmo generalizado, de una falta de reflexión sobre los auténticos males del mundo y de una imposición de ideas por parte de quien ejerce algún tipo de Poder. En pocas palabras, estamos ante el dominio del relativismo moral, donde no se da lugar a una verdad general sino a apreciaciones particulares y sesgadas, lo cual ha sido la pauta para imponer ideas y dejar de lado a las razones. Todo ello se traduce en que el diálogo entre las personas, es decir, el intercambio de auténticas razones, deja de tener utilidad porque implica una actividad a la que el hombre moderno no está acostumbrado: ponerse en el lugar del otro. Por eso el hombre opta por el camino fácil e inmediato que ofrece la violencia, la cual no escucha de motivos objetivos y permite aniquilar al otro no con el poder de la razón, sino con la banalidad de la fuerza. Es así que, generalmente en una guerra no gana quien tiene la razón, sino quien tiene la fuerza. Esta es la génesis de las guerras entre las personas y entre las naciones, el no entender que, para resolver un problema antes se debe agotar el diálogo plausible, y sólo cuando el otro no se ha abierto a ese diálogo es permitido usar razonadamente la fuerza.

Por ello, Francisco de Vitoria y los demás filósofos juristas que desarrollaron la teoría de la guerra justa, insistieron que debe emplearse sólo, y exclusivamente, en casos extremos, porque la violencia por medio de la fuerza, insistimos, es una especie de denigración temporal del hombre. Y el derecho internacional moderno también así lo ha entendido. No en vano se ha logrado construir todo un entramado institucional a nivel internacional que contempla leyes, reglamentos, acuerdos y autoridades que garanticen que el diálogo entre las naciones debe ser la fuente inmediata de solución de conflictos entre los países y evitar así el empleo de la guerra. Vitoria lo tenía claro; el derecho internacional parece también tenerlo claro, pero la algunas personas, sobre todo aquéllos quienes ejercer un tipo de Poder no es así.

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Y observando los conflictos que tienen lugar hoy día en Siria, aquí me atrevo a preguntar lo siguiente: las potencias militares extranjeras, principalmente Estados Unidos, Rusia, y sus demás países aliados, que están pugnando por una intervención legítima ¿realmente pueden hablar con propiedad el emprender una guerra justa? ¿Ante qué escenario nos encontramos?

Por ello, atendiendo hasta lo aquí explicado, y dados los acontecimientos actuales, ¿realmente estamos en presencia de un caso para ejercitar la guerra justa? ¿Pueden alegar las partes y en el conflicto que les asiste la razón?, y más aún, las potencias militares extranjeras ¿realmente tienen el legítimo derecho para intervenir mediante el uso de la fuerza armada? No sé qué opine el amable lector, pero yo no tengo realmente claro que esto sea así.

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Los actos en Siria como espejo del relativismo moral

Los hechos que actualmente suceden en Siria no son sino un reflejo de esa intolerancia al diálogo y de esa inercia por ver a la violencia como el camino normal para resolver los conflictos. El gobierno del presidente sirio Bashar Al-Asad se ha mostrado intolerante y cerrado al diálogo. Su afán por preservarse en el poder y de dar muestras de su superioridad bélica, ha conducido a que la gente se manifieste también de forma violenta contra sus políticas. Como mal gobernante que es, cobardemente hace uso de la fuerza militar en contra de sus propios gobernados como la vía para demostrar su superioridad, aunque lo único que demuestra es su inferioridad moral para ser considerado auténticamente como un líder. Por su parte, los rebeldes al régimen también han visto en la vía violenta la única salida. Consecuencia de la violencia gubernamental, la violencia opositora ha hecho de la fuerza, no de la disposición y la búsqueda del diálogo, su bandera política. No dudamos que en muchas de sus causas les asista la razón, pero la violencia no es el medio para obtener justicia. Y en el camino se han perdido miles de vidas humanas inocentes que no tenían injerencia directa en el conflicto. Todo ello ha derivado en la violación sistemática de los derechos fundamentales de personas inocentes que ha llevado a una realidad terrible: los hermanos sirios se han aniquilado unos a otros porque no se han podido ver a sí mismos en el otro.

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Por eso la comunidad internacional debe estar atenta, para determinar en qué medida en Siria se sigue violentando a la justicia y para exigir que sea el diálogo, la tolerancia y la comprensión lo que determine en última instancia cuál es la salida prudente para solucionar el conflicto. Pero las partes implicadas se han cerrado al diálogo y aunque los organismos internacionales busquen con afán el privilegiar el derecho y las vías institucionales establecidas, si no hay disposición de escuchar y de ver al otro como un igual, la consecuencia lamentable será el uso de la fuerza.

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Pero ese empleo de la fuerza debe ser, insistimos, por los cauces institucionales internacionales, y no tiene que ser determinado unilateralmente por las potencias militares, las cuales, seamos francos, no buscan auténticamente una verdadera solución a los conflictos en Siria, sino que ven en dichos eventos, la oportunidad idónea para demostrar nuevamente su superioridad y poderío militar y  realizar actos intimidatorios hacia aquéllas naciones o ideologías fundamentalistas que pretendan cuestionar la superioridad armada de las potencias.

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¿Qué interés particular tienen Rusia y Estados Unidos en la región del Medio Oriente? ¿Por qué no muestran la misma disposición de intervenir en otras regiones del mundo donde también se están cometiendo actos deleznables contra la humanidad, como sucede en África central? La motivación, antes que humanitaria es, desde luego, económica. Hablamos de la región del planeta con los mayores recursos petrolíferos, es decir, el combustible del mundo. Es también la zona donde más comercio, legal e ilegal, se da en materia armamentista, es decir, donde están los clientes preferentes de las potencias militares. A Vladimir Putin y a Barack Obama no interesan, en el fondo, las vidas humanas que se están perdiendo en Siria, aunque insistan en argumentarlo falazmente en su retórica discursiva. Lo que a las potencias importa es que una inestabilidad política en la región se convierte en una inestabilidad económica, lo cual afecta directamente a sus intereses financieros y complica su actividad proveedora.

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Pero las potencias militares insisten en hablar de la necesidad de una guerra justa contra el régimen sirio o contra los rebeldes, cuando ninguna de dichas potencias ha logrado justificar (como requiere la teoría de la llamada guerra justa), en qué estos medida han sufrido un acto de agresión directo, actual y determinable. Por ello, su discurso intervencionista no opera, y no cabe el pretexto falaz de argumentar que se afecta a toda la comunidad internacional cuando esas potencias amenazan por pasar por alto precisamente a las instituciones establecidas por la comunidad internacional. Si no son capaces de respetar el trabajo de investigación y de conciliación que están realizando los organismos internacionales, no cabe el argumento de la necesidad de la inmediatez del uso de la fuerza y ello por una razón muy clara y concreta: se ha demostrado que, cuando las potencias militares intervienen en la “solución” de los conflictos internos, el uso que hacen de la fuerza nunca es proporcional y existe un abuso por parte de la potencia interventora. Basten ejemplos como la guerra del golfo emprendida por EEUU en los inicios de la década de los noventa; o las intervenciones en Irak y Afganistán en años recientes; o bien la intrusión de Rusia en Chechenia y en Georgia en el lustro pasado, ejemplos todos ellos donde se demostró que el abuso en la fuerza por parte de la potencia interventora fue más allá de lo proporcionalmente permitido.

Por todo ello, no se puede argumentar válidamente que la solución para el conflicto en Siria está en la intervención militar de las potencias occidentales, porque bien sabemos que sus fines no son los que la justicia reclama y que los medios que emplean no son los que el derecho internacional sugiere.

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La auténtica solución para el conflicto en Siria es abandonar la idea inmediata de una guerra y de instar, por todos los medios pacíficos e institucionales posibles, al diálogo y a la tolerancia. Eso todavía es posible y deseable. No faltará quien afirme que este medio es una auténtica ilusión y una conmovedora idea irrealizable, pero pensamos que no es así, porque ese es el sentir de cientos de líderes mundiales y de miles de millones de personas en todo el mundo; entonces hablaríamos de millones de seres humanos que están pugnando por una ilusión y una idea irrealizable. Seamos objetivos: quienes quieren la guerra son unos cuantos líderes que buscan perpetrar su Poder, pero quienes quieren la paz son cientos de millones de personas.

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Seguro que desde nuestra trinchera personal no remediaremos el conflicto en Siria, pero lo que sí podemos hacer es evitar los conflictos interpersonales. Hace falta volver al diálogo y a la tolerancia en los actos mínimos de las relaciones entre las personas. Recordemos, lo normal en los hombres es la paz; la excepción es la guerra. En la medida en que tomemos conciencia de que la paz inmediata en nuestras esferas personales sí es posible, paulatinamente trasladaremos esa vocación a las relaciones sociales y hacia ámbitos espaciales mayores, y entonces conflictos más grandes podrían ser evitados. Pero esto es, dirán aquí algunos, sólo un sueño más; sin embargo pensamos que toda realidad siempre surgió de un sueño previo, por eso hay que soñar con la paz para despertar algún día con la auténtica justicia.

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Héctor López Bello

hectorlopezbello@gmail.com

Para leer más:

  • BALLESTEROS, Jesús, Repensar la paz, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2006.
  • BUBER, Martin, ¿Qué es el hombre?, Eugenio Ímaz (trad.), Fondo de Cultura Económica, México, 2006.
  • BOBBIO, Norberto, El problema de la guerra y las vías de la paz, J. Binaghi (trad.), Editorial Gedisa, Barcelona, 2000.
  • CHOMSKY, Noam, Estados canallas. El imperio de la fuerza en los asuntos mundiales, Mónica Salomón (trad.) Paidós, Barcelona, 2002.
  • HUNTINGTON, Samuel, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, José Pedro Tosaus (trad.), Paidós, Barcelona, 1997.
  • SANDEL, Michael, Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?, Juan Campos (trad.), Editorial debate, Madrid, 2011.
  • URDANOZ, Teófilo (ed.), Obras de Francisco de Vitoria. Reflexiones teológicas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1960.
  • VITORIA, Francisco, Relecciones. Del Estado, de los indios y del derecho de guerra, Antonio Gómez Robledo (trad.), Editorial Porrúa, México, 2000.
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