Políticamente hablando, la debilidad del argumento ha sido siempre que, quienes escogen el mal menor, olvidan con gran rapidez que están escogiendo el mal.

Hannah Arendt

Cuestiones aclaratorias

Para nadie es ajena la terrible problemática que se vive en la actualidad en Siria y sus implicaciones internacionales. La vastedad de explicaciones y de opiniones vertidas en torno a este conflicto señala, de manera meramente informativa, los sucesos del problema armado, pero pocas veces se hace un balance sobre lo más profundo que, filosóficamente hablando, mueve a los actos bélicos. El conflicto en Siria y la inminente intervención de las potencias militares sólo es una consecuencia más de la decadencia de una perspectiva moral en nuestro mundo actual. No abordaremos, por tanto, el conflicto de Siria bajo un análisis de la política internacional, pues para ello hay personas mejor calificadas para opinar que quien aquí escribe. El análisis que haremos será en torno a la filosofía moral y filosofía del derecho que subyace en éste conflicto armado y que es reflejo en muchos otros conflictos bélicos. Será por tanto una aproximación iusfilosfófica a los trágicos sucesos que tienen lugar en Medio Oriente.

Hemos dividido nuestra reflexión en dos partes. La primera de ellas se muestra a continuación, y señala cuáles son los elementos retóricos presentes en la justificación del uso de la fuerza en el conflicto armado. La segunda parte abordará cuáles son elementos teóricos que hay que tomar en cuenta para hablar de una guerra justa y de cómo, su abandono, traen como consecuencia la denigración del hombre y de la sociedad.

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 La génesis dialéctica de un problema

Los conflictos bélicos que tienen lugar en Sira, ampliamente documentados por la prensa internacional, son bien conocidos por la opinión pública. Las diferentes perspectivas con las que se ha abordado el problema permiten darnos cuenta que estamos frente a un inminente hecho de guerra internacional; es decir, es una realidad que se ha abandonado la vía del diálogo y se continuará privilegiando, como es costumbre en el mundo moderno, el uso de la fuerza para imponer supuestas razones.

Siria -un pequeño país geográficamente hablando, pero enormemente rico en historia, enclavado en el Medio Oriente, una de las regiones más conflictivas del orbe-, sufre un periodo interno de guerra derivado de dos factores que sobrepasan lo político: por un lado, el ansia de un grupo de personas que, cansada de la opresión por parte del gobierno, busca un espacio democrático de representación y un cambio tajante en la forma del gobierno (los bautizados por la prensa como “rebeldes”). Por otro lado, el gobierno del presidente Bashar Al-Asad, caracterizado por su opresión e intolerancia, no se ha abierto al diálogo para con sus opositores y ha optado por el camino violento de la represión; ello ha conducido a que las protestas en contra de su régimen lleguen a un grado de extrema violencia, que ha desencadenado, a su vez, una reacción doblemente extrema por parte del gobierno en contra de los opositores. En suma, la única vía que ha prevalecido en Siria por las partes implicadas en el conflicto interno ha sido la vía violenta y en ningún momento la apertura al diálogo.

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     Pues bien, un conflicto que, aparentemente es regional, desde luego que se convierte en un conflicto de interés internacional a partir del momento en que los derechos fundamentales de las personas, en concreto de los civiles sirios, han sido denostados por parte del gobierno y de los opositores. Baste ver la frialdad de las cifras que reflejan los terribles alcances de este conflicto armado en pocos meses: más de 50 mil muertos civiles, más 5 millones de personas desplazadas, más de 3 millones de personas sin hogar, y las cifras de horror siguen en aumento. Los derechos de personas inocentes están siendo violados y por ello la comunidad internacional debe responder contundentemente por las vías institucionales, único camino razonable antes de emplear la fuerza, para encontrar una solución al conflicto.

El activo papel que ha tenido la ONU muestra una disposición internacional por lograr que el diálogo prevalezca ante el uso de la fuerza, pero actores políticos, sí, eminentemente políticos, han opacado los intentos mediadores por la urgencia de llegar a las armas. Rusia y Estados Unidos (¡vaya casualidad!) son los más interesados en hacer valer su poder bélico en la región muy por encima de las Instituciones internacionalmente reconocidas. Su argumento es el mismo argumento intervencionista que ha prevalecido desde la época de la Guerra Fría: los actos de violencia regional, potencialmente pueden convertirse en actos de violencia internacional, por lo que existe el derecho de la superpotencia para intervenir y frenar la violencia, y devolver así la gobernabilidad en la zona. Este argumento suena sólido en la retórica pero se desvanece cuando se le pretende dar fuerza con un argumento posterior: la otra superpotencia está apoyando a quien no tiene la razón por lo que indirectamente es un acto de amenaza para la primera potencia.

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Pero en un conflicto de naturaleza interna ¿quién lleva la razón? ¿Las superpotencias militares tendrán la autoridad para determinar quién es culpable y quién inocente? ¿Tienen realmente el derecho para intervenir? ¿No hemos ya implementado, como comunidad internacional, mecanismos institucionales que preserven la paz? Entonces ¿por qué las potencias militares velan armas para intervenir y tomar parte en un conflicto donde ellos mismos son juez y parte? Esta historia ya la hemos vivido en muchas ocasiones y bien conocemos el desenlace que sólo puede resumirse en pocas palabras: más daño, más violencia y más muerte.

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     Estos factores, en conjunto, parecen enviar un mensaje claro a todo el mundo: sólo la violencia, sólo las armas, sólo el conflicto es la vía idónea para remediar las disyuntivas políticas y para salvaguardar la paz en el mundo. Sin embargo, basta observar con lupa crítica y bien direccionada, de dónde viene ese discurso beligerante. No es un discurso de la mayoría de la gente, de la sociedad civil involucrada en el conflicto sirio; es más, no es tampoco el sentir generalizado de la comunidad internacional. Se trata, como es recurrente en el mundo actual, de un discurso tergiversado y maquiavélico por parte de esos pocos quienes están en el Poder y que necesitan hacer uso de la fuerza para legitimar su estatus y demostrar la supremacía de su poderío ante los demás. Es una demostración irracional del Poder parte del gobierno sirio; es una demostración desequilibra de Poder por parte de los rebeldes y, desde luego, es una demostración injustificada de Poder por parte de las potencias militares extranjeras. Y como siempre resulta de estas acciones bélicas, los más afectados siempre son los civiles, las mujeres y los niños, todos aquéllos quienes no tienen el Poder y que no están directamente relacionados con el discurso beligerante.

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     No existen razones suficientes, auténticas razones, para justificar el uso de la fuerza como único camino para solucionar de manera inmediata un conflicto político de carácter interno. Y esto es aplicable a cualquier sociedad, en cualquier época y bajo cualquiera circunstancia. El auténtico camino es privilegiar y fomentar el diálogo y el entendimiento entre los líderes para evitar la violencia. Sólo, y únicamente cuando ha sido llevado hasta el límite el diálogo, podrá emplease con una prudente medida el uso de la fuerza como camino reintegrador de la paz, pero nunca ha de emplearse como la vía idónea cuando aún queda abierta la posibilidad del diálogo. Y esta vía de diálogo y entendimiento todavía es posible en los hechos políticos que actualmente ocurren en Siria. En ello siguen trabajando arduamente los organismos internacionales.

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Causas inminentes para una intervención internacional.

Las visitas que observadores de la ONU realizaron a Siria en días pasados determinaron la posible existencia del uso de armas químicas, por parte del gobierno de Bashar Al-Asad, en contra de la población civil en la ciudad de Damasco el pasado 21 de agosto. Desde luego que este brutal empleo de la fuerza en contra de la población civil amerita una condena y un castigo efectivo. Los expertos siguen aún trabajando para determinar tajantemente si se emplearon dichas armas, y en qué medida fue hecho, pero los indicios de su existencia parecen solidificar, a priori, la tesis.

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     Un uso razonado de la fuerza para perseguir y enjuiciar a los responsables ha sido una ventana que han abierto los expertos de Naciones Unidas, siempre y cuando se sigan las vías institucionales, como lo es el aval del Consejo de Seguridad, para restablecer el orden y garantizar la protección de los derechos fundamentales de los civiles.

Mecanismos jurídicos internacionales existen desde hace lustros para castigar este tipo de actos (por ejemplo, el Estatuto de Roma), los cuales deben agotarse en su totalidad antes de recurrir al uso de la fuerza internacional. Por ello, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, se ha pronunciado constantemente por seguir la vía institucional antes que privilegiar la vía intervencionista. Por eso el camino inmediato que debe seguir la comunidad internacional es esperar el pronto pronunciamiento de la ONU, quien deberá determinar por medio de sus Instituciones, en qué medida fueron violados en Siria el derecho internacional y los derechos de los civiles, y proponer una sanción justa y definitiva para los responsables. Pero hay actores internacionales que no tienen una paciencia pacifista y que entienden que la violencia sólo se combate con más violencia.

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El discurso más peligroso: EEUU a escena

Desde luego que en este marco de beligerancia, el discurso que más preocupa en días recientes es el de Estados Unidos, superpotencia militar cuyo rasgo característico en las últimas décadas es la de convertirse en la policía internacional; en el arbitrario juez que define quiénes son amigos y quiénes enemigos; en establecer que los mecanismos jurídicos internacionales no son más efectivos que los misiles “inteligentes”; en suma, en argumentar que su modelo democrático es el modelo que debe imperar en el mundo, por lo que es su deber moral detener todo aquello que “potencialmente” sea una amenaza contra su concepción de paz (la paz establecida por las leyes del mercado, desde luego).

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     No hay que ser adivino para saber que es cuestión de días para que EEUU lance un ataque directo en contra del gobierno sirio, incluso aun y cuando no exista una autorización por parte del Consejo de Seguridad de la ONU. La retórica, que muy bien se le da en el discurso al Presidente Barak Obama, pretende seguir “justificando” el uso de la fuerza militar para “terminar” el conflicto en Siria. Desde luego que no haremos un recuento de la política intervencionista por parte de EEUU, que bien es conocida por todos, pero es importante tener memoria para volver a darnos cuenta que el mundo actual vive una incesante falta de compromiso con la paz como camino para la justicia y que en cambio se ha optado por el camino violento.

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     Temo decepcionar a todos aquéllos quienes quedaron embelesados por la retórica del Presidente norteamericano en su reciente visita a México, pero su visión de la paz es muy lejana a la que vendió en sus campañas electorales. Baste hacer un recuento de aquéllas palabras que pronunció en ocasión de la recepción del Premio Nobel de la Paz que le fue concedido en 2009, galardón que, dicho sea de paso, merece todos los cuestionamientos posibles, pues resulta incompatible que alguien a quien se premia por supuestamente trabajar por la paz, sea ahora quien insistentemente conmina para usar la fuerza y hacer la guerra. Decía Obama al mundo aquélla tarde de diciembre en Oslo:

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Afronto el mundo como es y no puedo permanecer sin hacer nada frente a las amenazas al pueblo estadounidense. Hablemos claro: el mal existe en el mundo. Un movimiento no-violento no podría haber detenido a los ejércitos de Hitler. Las negociaciones no pueden convencer a los líderes de Al Qaeda para que depongan las armas. Decir que la fuerza a veces es necesaria, no es un llamado al cinismo, es un reconocimiento a la historia; las imperfecciones del hombre y los límites de la razón. (…) Sin embargo, el mundo debe recordar que no sólo se trataba de instituciones internacionales, tratados y declaraciones, lo que trajo la estabilidad al mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Cualquier error que hayamos cometido, el hecho evidente es este: Estados Unidos de América ha ayudado a asegurar la seguridad global por más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y la fortaleza de nuestras fuerzas armadas.”

Las palabras hablan por sí solas; juzgue usted mismo si estas son las palabras de alguien quien lucha por la paz. Yo, por mi parte, he dejado de creer en la objetividad Premio Nobel.

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     Desde aquél discurso, Barack Obama ya adelantaba la línea de su gobierno: el intervencionismo militar seguiría firme en cuanto cualquier conflicto lejano fuese un potencial peligro para EEUU. El problema es que desde hace décadas los políticos en el Poder del vecino país (no así la mayoría de sus ciudadanos) viven en una esquizofrenia internacional donde todos son potenciales enemigos del Tío Sam, por lo que cabe el uso preventivo de la fuerza.

Lamentablemente a los políticos norteamericanos no interesan ni las instituciones, ni los tratados internacionales; su único interés radica en continuar demostrando su poderío militar para afianzar su poder económico, el cual, cada día entra un bache más hondo. Pero ¿por qué interesa esta política intervencionista al resto del mundo? Por una simple razón: no se puede justificar el cese de la violencia en una región del mundo con más violencia, cuando existen mecanismos de Derecho que todo el mundo ha acordado para preservar la paz y para castigar la guerra.

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     Estamos, en este momento, ante un escenario muy preocupante, esto es, el inminente inicio de una guerra con tintes internacionales, lo cual siempre es un potencial detonante (o pretexto) para iniciar acciones bélicas de mayor calado y comenzar un conflicto con alcances más grandes que aquél que dio origen a la intervención. Las potencias militares, primordialmente EEUU, alegan el argumento de que es preferible emprender una intervención armada ahora para evitar un posterior derramamiento de sangre. Su pretexto: el mal menor evita un mal mayor. Por todos los medios discursivos pretenden justificar que sería una guerra justa, pero dicho calificativo no corresponde con la realidad.

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      Aquí cabe válidamente una pregunta por parte del lector: Dados los orígenes del conflicto en Siria ¿cuándo se está en presencia de una “guerra justa”? Pregunta que a todas luces es muy difícil de contestar pero que ahora adelantamos diciendo que nunca, una guerra, podrá ser considerada en plena justicia, pero ciertos factores podrían determinar la justificación (no justicia) en la intervención.

A estos últimos aspectos, con relación al conflicto actual en Siria y su inminente traslación al panorama internacional, dedicaremos nuestro siguiente comentario en este mismo espacio de opinión.

Héctor López Bello

hectorlopezbello@gmail.com

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