Etiquetas

Limitar los conocimientos científicos a un reducido número de personas debilita el espíritu filosófico de un pueblo y conduce a su debilidad espiritual.

Albert Einstein

Recordando la historia

hiroshima 3

Eran las 7:50 AM de aquélla despejada mañana del 6 de agosto de 1945 en la costa sur de Japón, cuando se vislumbraron, a gran altura en el cielo, sobre el pueblo de Hiroshima,  tres aviones bombarderos norteamericanos tipo B-29, los cuales sobrevolaron cautelosamente la ciudad. A pesar de que los radares japoneses les habían detectado, su sobrevuelo continuó incesante hasta recibir nuevas indicaciones. La considerable altura a la que volaban (poco más de 9.5 kms.), no parecía la adecuada para que bombardearan la ciudad; parecía más bien una misión de reconocimiento. Y en efecto, era el primer vuelo de aproximación y de reconocimiento de los tres aviones bombarderos para que, minutos más tarde, uno de ellos dejara caer su letal carga.

A las 8:15 AM el avión B-29 líder de aquél comando aéreo, bautizado como “Enola Gay” por su piloto, el coronel Paul Tibbets, recibió la fatal orden: “The weather is good, precede.” El copiloto de la misión, el capitán Robert Lewis, confirmó el mensaje de recibido y procedió abrir la escotilla que dejó caer el artefacto de 4 toneladas (nombrado como “Little boy”), en cuyo interior se contenía la letal carga de 1.1 kg de uranio, de un tamaño no mayor a una toronja, el cual explotó a una altura de 200 metros sobre el suelo de Hiroshima. En tan sólo una millonésima de segundo, esa carga de uranio se convirtió la carga de energía más letal que la humanidad había logrado contemplar. El resultado posterior todos lo conocemos: 80,000 personas asesinadas de manera instantánea y otras más de 70,000 muertas en días posteriores por los efectos colaterales de la radiación producida. Y tres días después, en la ciudad de Nagasaki, otra bomba semejante repetiría la misma dosis de muerte.

bomba_nuclear__nagasaki

220px-Atomic_cloud_over_Nagasaki_from_B-29bomba_atomica_Hiroshima

El Enola Gay se alejaba rápidamente del lugar del impacto, y cuando le fue solicitado el informe de confirmación de explosión a la tripulación, por parte de la base aérea, lo único que dijo por radio el copiloto Robert Lewis, fue una culposa frase que resume lo terrible de aquél acto: “My God, what have we done?” (Dios mío, ¿qué hemos hecho?). Ni Lewis, ni Tibbets, ni ninguno de los demás tripulantes de aquéllos B-29 tenían noción de toda la “ciencia” que estaba detrás de aquélla bomba, y su reacción ante aquél infernal espectáculo que presenciaban por sus ventanillas no era la de un científico, ni siquiera la de un militar; su reacción fue la de un ser humano horrorizado ante lo que sus ojos veían: “¿qué hemos hecho?”… Fue el microsegundo más largo en la historia de la humanidad.

      A partir de esa fatídica fecha, el mundo contempló una nueva realidad que atemoriza, aún hoy en día, a todos: el empleo de la energía atómica con fines destructivos. No fueron pocos los militares, científicos y políticos quienes, a partir de entonces, se hicieron la misma pregunta que el capitán Lewis: ¿qué hemos hecho?, y se percataron de la necesidad de limitar el peligro que el empleo científico de la energía atómica con fines bélicos implicaba. En suma, la comunidad científica se percató de la necesidad de poner límites éticos a la ciencia.

     La bomba atómica arrojada sobre la ciudad de Hiroshima aquél 6 de agosto de 1945 es el ejemplo más vivo de que, cuándo la gran creatividad y lucidez de la mente humana que teoriza, experimenta y descubre nuevas vías tecnológicas, si no está condicionada por un entorno ético, sino más bien por el poder en turno, se convierte en la barbarie más irracional, por emplear la fuerza del conocimiento científico para servir no al progreso, sino al poder.

hiroshima 2

     Sin duda alguna que el descubrimiento de la fusión nuclear ha sido uno de los avances más significativos que y más extraordinarios que ha tenido la humanidad. La maravillosa teorización que el inolvidable físico Albert Einstein publicó en 1905, como parte de su famosa teoría de la relatividad, significaron el paso más grande en la física moderna: un pedazo cualquiera de masa contiene una energía dada por el propio producto de la masa (m) multiplicado por el cuadrado de la velocidad de la luz (c); como la velocidad de la luz es enorme, por tanto, la energía (E) que resulte, también es enorme, incalculable (la famosa fórmula E=mc2). (Irónicamente el Premio Nobel de Física no le fue concedido a Einstein por la teoría de la relatividad, sino por su teoría del efecto fotoeléctrico hasta 1921). En pocas palabras, las reacciones nucleares resultado de las diferencias de masas, tienen reacciones de energía millones de veces más grandes que su masa inicial; y todo ello se logra en una mínima fracción de segundo. Einstein había descubierto que estas reacciones nucleares se dan de manera natural, por ejemplo en la energía que liberan el Sol y las demás estrellas, pero su gran aporte a la ciencia fue teorizar que dichas reacciones podrían ser reproducidas y controladas por la ciencia humana, con lo que se lograría una fuente de energía impresionante, útil para sustentar el progreso y el desarrollo. Los estudios de Einstein junto con los de otros muy destacados científicos de la época, fueron tomados por varios científicos y analizados con detenimiento, logrando avances extraordinarios en la experimentación con la energía nuclear.

ciencia

       Todo parecía ir viento en popa con los nuevos descubrimientos de la física moderna en las primeras décadas del siglo pasado. Por ejemplo, el neozelandés Ernst Rutherford estudió las partículas radioactivas y probó la existencia del núcleo atómico; el danés Niels Bohr comprendió la estructura del átomo y de la mecánica cuántica; el alemán Max Born elaboró los estudios de física cuántica más avanzados conocidos hasta entonces. Y entre ellos destacan el italiano Enrico Fermi y el húngaro Leo Szilard, científicos quienes emigraron de sus países por las persecuciones políticas debido a su origen judío que ya se vivían en los años treinta y, acogidos en Estados Unidos, patentaron el reactor nuclear en 1942. Esa misma suerte de persecución por el origen étnico sufrió Einstein, quien en 1932 emigró también a los Estados Unidos obteniendo la nacionalidad de aquél país.

FER2

Pero cuando el Poder de la política mete sus narices en el campo de la ciencia, y cuando ésta no sabe delimitar su terreno ante las tentaciones del poder, se hace una mancuerna catastrófica. Bien es conocido por todos que, al finalizar la Primera Guerra Mundial, las prioridades de las naciones se centraron en reestructurar su poder político y militar para colocarse a la vanguardia de los antiguos adversarios. Esta idea la tomó muy en serio el régimen del nacional-socialismo instaurado en Alemania a partir de 1933 con Hitler al frente, quien, entre muchas de sus irracionalidades megalómanas, hizo todo lo posible por allegarse de los avances científicos más destacados y utilizarlos con fines bélicos, entre ellas, reclutar y, la más de las veces, obligar a científicos que trabajaran para él. Por su parte, las demás potencias, entre ellas los Estados Unidos, también aceleraban sus pasos para consolidar un arsenal bélico suficientemente fuerte y tecnológicamente avanzado. Sabemos bien que el poderío militar alemán significó que los nazis dominaran casi toda Europa a base de la fuerza por el mero placer del poder, dando lugar a la guerra más fatídica y sin razón que ha conocido la humanidad hasta ahora, y que los “países aliados” siguieron sus pasos.

logosgm

       Es pues, el marco de la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciencia cedió su verdadera vocación a las irracionalidades del poder. Se sabía, por ejemplo, que desde el año de 1939 científicos nazis trabajaban ya en la experimentación de las reacciones atómicas para la construcción de armas de destrucción masiva, pero sin resultados concretos (y tantas otras aberraciones que experimentaron con personas en los campos de concentración). En la conocida carta enviada al presidente Franklin Roosevelt, firmada por Einstein, y cuya idea original fuera propuesta por Fermi y por Szlilard, se le advertía que los alemanes trabajaban en reacciones atómicas con uranio y los potenciales peligros que estos estudios pudiesen concluir. En un inicio Roosevelt no tomó muy en serio los temores de Einstein, pero debido a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y percatándose del superior poderío militar alemán, instruyó a una comisión científica para que trabajasen en un arma nunca antes conocida y con efectos ejemplares. Nació así, en octubre de 1941, el ominoso “Proyecto Manhattan”, cuyo resultado sería la creación de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagazaki en 1945.

einstein-szilard-letter

En la historia de la investigación científica, ningún proyecto gozó de tantos recursos humanos, materiales y económicos como el Proyecto Manhattan. Una ciudad entera fue construida para su desarrollo, se “incentivó” a los más destacados científicos para que participasen en él y se le asignó una partida presupuestaria que sumó varios miles de millones de dólares. Ni siquiera el Proyecto Apollo, el cual envió al hombre a la Luna gozó, al menos, de la mitad del presupuesto del Proyecto Manhattan.

Lawrence_Compton_Bush_Conant_Compton_Loomis_83d40m_March_1940_meeting_UCB

Los resultados del Proyecto Manhattan son bien conocidos: la madrugada del 16 de julio de 1945 el cielo de Nuevo México se iluminó con un destello más fuerte que la luz del Sol y, en una millonésima de segundo, se generó 10 veces más calor y energía que la que existe en la superficie solar. La bomba “Trinity” hacía explosión. Un kilogramo de uranio fue el responsable de hacerlo, y los científicos que ejecutaron esa primera detonación, se declararon “listos” para crear más bombas con similares alcances de destrucción. Aquélla detonación demostró cómo un microsegundo pude cambiar la historia de la humanidad de manera definitiva. Se demostró que cuando la ciencia y el poder se conjuntan, la mancuerna resultante es devastadora.

trinity-explosion-nuclear

A poco más de tres meses de haber asumido la presidencia por la intempestiva muerte de Roosevelt, el presidente Harry S. Truman no dudó en emplear la bomba atómica, producto del “Proyecto Manhattan”, en contra de sus enemigos japoneses por una razón: una vez vencido al enemigo alemán en Europa, y que su potencial bélico estaba controlado, habría que justificar y demostrar su poderío al mundo entero; qué mejor oportunidad para mostrarlo que lanzando una bomba atómica. Con ese acto se demostró que, cuando el Poder mal encausado manipula a la ciencia, sus alcances son letales.

¿Avance científico?

El siglo XX, el siglo de las luces, y los albores del siglo XXI, son catalogados como el periodo de la historia humana donde más avances tecnológicos han existido. En sólo cien años el mundo se trasformó de manera radical y definitiva gracias a la ciencia. El genio científico del hombre no deja de maravillarnos con tantos avances que ha logrado.

   ciencia 2investigacioncientifica

La genialidad humana le ha llevado a crear modernas máquinas que le transportan de manera  cómoda y segura por cielo, mar y tierra. Ha diseñado sofisticadas máquinas y robots que realizan sin esfuerzo labores que antes requerían horas para hacerlas. Ha encontrado la cura para enfermedades hasta hace poco inverosímiles, y ha aumentado la expectativa de vida en casi lo doble que se tenía hace un siglo. Ha puesto sus pies en la Luna y colocado máquinas autónomas en otros planetas cercanos. Ha diseñado instrumentos con los que se es capaz de comunicarse, en tiempo real, con alguien quien está al otro lado del orbe. Ha logrado manipular la genética de las plantas para producir más y mejores alimentos. Ha descubierto galaxias a miles de años luz de nuestro planeta y también creado nanorobots, tan diminutos, que mil de ellos cabrían en el ancho de un cabello. Y cientos serían los ejemplos que describen hasta dónde la genialidad del hombre, plasmada en la ciencia es capaz de llegar, y el camino que queda aún por recorrer y las cosas por inventar son aún indeterminables.

       Pero a la par, también ha sido el periodo con la mayor cantidad de personas muertas por guerras sin sentido. Un siglo donde la ciencia se ha puesto al servicio, en gran medida, de la creación de armas de destrucción masivas. Una época donde la política y la economía de mercado han dejado de lado el verdadero espíritu humano, y se han visto las desigualdades sociales más marcadas de la historia. Un periodo donde el hombre ha modificado tanto su entorno natural, que está a punto de exterminar ecosistemas completos por el afán del progreso desmedido. Es un momento donde la ciencia permite manipular incluso la naturaleza del propio ser humano y el respeto por la vida humana deja de tener sentido. Una época donde los medios de comunicación masiva dominan a la opinión pública pero ya no se invita a la reflexión. Estamos, en suma, en un periodo donde, gracias al avance de la ciencia, tenemos mucha información, pero de lo que se carece es de formación para saber cómo utilizarla de manera correcta.

Desde luego que, hacer ciencia, es una de las tareas más grandiosas que la razón humana puede hacer. Es un imperativo racional generar conocimientos nuevos. Ese es el distingo particular que la razón humana tiene: conocer su entorno, cambiarlo y mejorarlo gracias a su razón. Es más, si el hombre no creara cosas y no generara conocimiento, es decir, no hiciera ciencia, ¿qué le distinguiría de los demás animales? Por eso, la ciencia y la tecnología son las manifestaciones más maravillosas que la genialidad humana ha podido dar.

ciencia 4ciencia 3

El peligro de la ciencia y de sus grandiosos avances no está en la ciencia misma, sino en la manera en la que el hombre hace ciencia. Todo el conocimiento debe estar guiado para un bienestar y para el progreso armónico de toda la humanidad y no responder a intereses privados o egoístas. Cuando se hace ciencia sin un sustento ético, se está construyendo algo sin un cimiento sólido que le dé un por qué y un para qué de su operatividad. La disponibilidad del conocimiento genera en el hombre moderno un gran poder para cambiar su entorno. Pero ese poder desde luego reclama una gran responsabilidad, porque el hombre no será completamente libre para hacer ciencia, si dicha libertad no está encausada con la responsabilidad ética que implica el tener la potencialidad no sólo de cambiar, sino de transformar a la naturaleza y al hombre mismo. Porque ¿de qué le sirve al hombre transformar su entorno si no lo justifica mediante un bien mayor? Cuando el hombre hace ciencia sin un parámetro ético, no es libre en el quehacer científico; todo lo contrario, se convierte en un esclavo de sus propias creaciones y en un títere del poder, porque la ciencia está hecha para el hombre, y no el hombre para la ciencia.

pensamiento - ciencia - culturaMan's Conscious

Aquí es donde la dimensión ética toma un papel vital: volver a mostrar al hombre que todo avance en el conocimiento científico es para el auténtico progreso de la humanidad y, como consecuencia, debe ponerse al servicio de ésta. Si los científicos que diseñaron la bomba atómica (y de otras tantas sofisticadas armas que aún existen) hubiesen tenido claro el auténtico potencial de su conocimiento, y que mal encausado tuvo resultados terribles, tal vez la historia moderna habría tomado otro rumbo. Quienes optaron por poner su inteligencia científica al servicio del poder, no vislumbraron el trágico alcance de sus acciones, porque aunque su experimento científico haya tenido éxito, los alcances morales fueron un auténtico fracaso. Bien sentenció Albert Einstein en una entrevista hecha en septiembre de 1952 cuando se le cuestionó sobre el uso de la bomba atómica: “Se ganó la guerra, pero se perdió la paz.”

Hoppenheinmer-EinesteinFoto32

Esa millonésima de segundo en que la bomba atómica detonó y destruyó la vida de miles de personas en Japón dejó una herida que tardará mucho en sanar. Aquélla millonésima de segundo abrió el periodo más largo en la reflexión en torno a la ética científica, porque desde lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki, el conocimiento científico se dio cuenta de su potencial de creación y, a la vez, de destrucción. Ojalá que todos los hombres de ciencia del mundo logren apreciar el alcance la responsabilidad que tienen gracias a sus conocimientos. Que hagan que la ciencia nos siga maravillando por su enorme valía para la humanidad y que no caigan ante las tentaciones del poder en turno. Sólo así, ante cada avance científico, no repetiremos con angustia y tristeza la pregunta del copiloto del Enola Gay: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?” y, al contrario, nos maravillemos con la genialidad de la ciencia, aclamando de manera positiva, como aquélla “Eureka” de Arquímedes: “Dios mío ¡qué hemos hecho!”.

ciencia 5energia-nuclear 1bomba 3

La lección más grande que nos dejan las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagazaki en 1945, es que las reacciones atómicas y las fusiones nucleares sí pueden ser controladas, pero el poder humano mal encausado, no.

Héctor López Bello

@HLopezBello

Para leer más:

  • BRANDAN, María Ester, Armas y explosiones nucleares. La humanidad en peligro, FCE, Colecc. La ciencia para todos, no. 61, México, 2006.
  • DE LA PEÑA, Luis, Albert Einstein: navegante solitario, FCE, Colecc. La ciencia para todos, no. 31, México, 2011.
  • EINSTEIN, Albert, Mi visión del mundo, Editorial Tusquets, Madrid, 2013.
  • GARCÍA F., Horacio, La bomba y sus hombres, Alhambra Mexicana- IPN, México, 1987.
Anuncios