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     Para beneplácito de los cáusticos conspiracioncitas y de los enfáticos laicistas, el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI significa un motivo para especular y hacer una serie de conjeturas que bien vale la pena analizar para darle la justa proporción a los datos. Ante los recientes escenarios mediáticos derivados del anuncio del Sumo Pontífice, lo menos responsable que puede hacer un analista es dejar enturbiar el juicio y el análisis en función de conjeturas sin respaldo objetivo alguno y pretender llevar el discurso hacia una visón pragmatista que desencadene más preguntas y especulaciones, que respuestas y realidades. Atendamos a continuación brevemente a algunas de ellas:

 Las conjeturas de su renuncia

 

     Se dice que el Papa Benedicto XVI renuncia por las presiones sobre los escándalos de pederastia de algunos miembros de la Iglesia. En efecto, de los sucesos más dolorosos que tocó vivir a Benedicto XVI fue enfrentar esta crisis que tanto dañó el seno de la Iglesia, por conductas delictivas de algunos sacerdotes. Sin embargo el Papa fue claro y enfático al momento de condenar las conductas lascivas de algunos sacerdotes y de reconocer la presencia de malas personas dentro de la Iglesia. Por ejemplo, el Papa mismo sancionó al sacerdote mexicano Marcial Maciel, denunciado por pederastia, y ordenó una revisión exhaustiva de la orden religiosa por él fundada la cual actualmente se encuentra en proceso de renovación carismática hacia su interior. Personalmente ofreció disculpas públicas y reconoció el nivel de afectación para la Iglesia de los hechos sucedidos. Instruyó el pago de las indemnizaciones correspondientes a las víctimas y nunca reparó en condenar a quienes cometieron esos abusos, siendo condescendiente incluso en los castigos que las autoridades judiciales de diversos países dieron a los religiosos implicados. En suma, Benedicto XVI afrontó con firmeza esta crisis dentro de la Iglesia sin vacilar en instruir a las diversas diócesis del mundo de tomar medidas al interior para prevenir y sancionar estor hechos en un futuro. Si el Papa fuese una persona endeble, seguramente hubiese dimitido de su cargo en aquéllos duros momentos, pero no fue así. En cambio enfrentó con firmeza la alta responsabilidad que significaba para su encargo el sacar adelante a la Iglesia en una de las crisis más fuertes que tuvo en su historia.

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     También se especula que los escándalos financieros en el Vaticano y de filtración de documentos privados fueron un motivo que le llevan a renunciar. Desde luego que las autoridades civiles han investigado las cuentas vaticanas y han actuado cuando han encontrado ciertos desajustes en los balances financieros, sin embargo no se ha demostrado por ningún medio legal, que en realidad el Vaticano haya ejercido una actividad financiera ilícita. De hecho el propio Benedicto XVI promulgó en diciembre de 2010 un motu proprio mediante el cual instruía a la Iglesia para la prevención y lucha contra las actividades ilegales en el campo financiero y monetario, ello en el marco de plena cooperación con la Unión Europea en la lucha contra esas actividades ilícitas. Fruto de ello es que las cuentas vaticanas fueron publicitadas y se clarificaron todos los movimientos al interior de las arcas de la Santa Sede.

     Igualmente quedó claro que el escándalo de los famosos documentos privados dados a conocer por el entonces mayordomo del Sumo Pontífice, Paolo Gabrielle, donde supuestamente se denunciaban actos de corrupción y de mala gestión al interior de la curia romana, no fueron un motivo para que Benedicto XVI dejara la sede de Pedro. Instruyó para que se siguiera todo el procedimiento jurídico necesario y el responsable fue juzgado y condenado a prisión, mostrando incluso el Santo padre su conmiseración con el sentenciado otorgándole un perdón moral (no jurídico) por los hechos sucedidos.

     No falta quien especula que el anuncio de la renuncia del Santo Padre se debe a presiones internacionales y que todo forma parte de la influencia política que el Vaticano ejerce sirviendo muchas veces de contrapeso en las políticas internacionales de varios países. Creo que esa teoría por sí misma se desecha pues no puede comprobarse, hoy en día, un auténtico poder político internacional de la Santa Sede. Todo lo contrario, la Iglesia católica siempre se ha manifestado en contra del uso de la muerte y la violencia para reivindicar posturas políticas. Este supuesto queda más para los libros best sellers de baja calidad literaria como ha habido tantos, de los cuales seguramente usted, amable lector, muy pronto verá en las mesas de las novedades editoriales.

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     En suma, la decisión de Benedicto XVI de renunciar al pontificado responde a una razón netamente personal, de salud física y, desde luego, admirable y respetable. En un acto grandioso de humildad humana, él mismo ha reconocido públicamente su incapacidad física de seguir guiando a la Iglesia católica en un momento donde se requiere a un líder no sólo con firmeza espiritual, sino con fuerza física para lograrlo. En palabras del propio Benedicto XVI, cuando hizo pública su decisión, aseguró: «Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.» Siendo un hombre de edad avanzada (85 años de vida), el Papa reconoce que físicamente no puede ya servir a la Iglesia y que es menester que la sede de Pedro tenga un guía con la fortaleza física necesaria para conducir a la iglesia de Jesucristo.

 Algunas razones objetivas para refutar las conjeturas que se hilvanan

      En el imaginario colectivo subsiste una pregunta importante: ¿puede y debe el Papa renunciar a su encomienda? Desde la perspectiva del Derecho Canónico, jurídicamente hablando no existe ningún impedimento para que un Sumo Pontífice renuncie a su encargo. El Código de Derecho Canónico, norma base que regula la organización de la Iglesia católica, señala en su canon 332.2 la posibilidad de este hecho: «Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.» La norma jurídica establece los supuestos que Benedicto XVI cumplió a cabalidad: no fue coaccionado por nadie para su renuncia, sino que esta decisión fue fruto de una profunda meditación y reflexión interna, la cual dio a conocer formalmente en el consistorio de obispos celebrado el 11 de febrero. Y como jurídicamente hablando no existe una potestad canónica por encima del Romano Pontífice, ningún colegio episcopal puede o debe autorizar la renuncia del Papa. Es, ante todo, una decisión libre y personalísima que el colegio de obispos debe respetar comenzar a hacer las diligencias necesarias para convocar a un cónclave que elija a un nuevo Obispo de Roma.

     También se han preguntado algunos polemistas: Ahora que Benedicto XVI deje de ser Papa, el colegio cardenalicio cambiará las reglas para elegir a un Pontífice más adecuado? Esta especulación se descarta utilizando como fundamento el canon 335 del Código de Derecho canónico que señala textualmente lo siguiente: «al quedar vacante o totalmente impedida la Sede Romana, nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal; han de observarse, sin embargo, las leyes especiales dadas para cada caso.» ello significa que, fiel a la tradición y al magisterio de la Iglesia, los cardenales electores y el cardenal Camarlengo no pueden hacer ningún acto que modifique aunque sea mínimamente los estatutos que guían la institución de la Iglesia. Para ala elección del Papa se seguirán específicamente las reglas establecidas en la “ley especial” para la elección del Sumo Pontífice (La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, de 1998) la cual sólo establece las modalidades a seguir por el Colegio cardenalicio, pero no faculta para cambiar ningún canos de la Iglesia católica.

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     Pero algunos más especulan: ¿No es un acto de debilidad o incluso de cobardía, que el Papa renuncie y deje su responsabilidad en manos de alguien más? A esta cuestión respondemos desde luego con una rotunda negativa. Si fuese un acto de irresponsabilidad y debilidad personal, Benedicto XVI hubiera renunciado desde antes, en los momentos más críticos de la Iglesia durante su pontificado, pero no fue así. Muy al contrario estuvo al frente, firme y consciente de su responsabilidad siendo coherente con su propia postura, cuando aseguraba al periodista alemán Peter Steewald en una entrevista publicada en el libro “Luz del mundo” que: «Si el peligro es grande no se debe huir de él. Por eso ciertamente no es el momento de renunciar. Justamente en un momento como éste hay que permanecer firme y arrostrar la situación difícil. Esa es mi concepción. Se puede renunciar en un momento sereno, o cuando ya no se puede más. Pero no se debe huir en el peligro y decir: que lo haga otro.» Justamente en aquéllos momentos mostró su valentía y serenidad como líder de la Iglesia y hoy, en que la Iglesia católica paulatinamente recupera el rumbo institucional, con serenidad y consciente de su debilidad física humana, el Papa decide renunciar al Pontificado, sabiendo que no la deja en un momento de una absoluta, evidente y notable crisis, sino que al contrario, está en un periodo de reflexión y de revitalización en la fe y en la esperanza.

     Y resulta paradójico que aquéllos críticos quienes hoy cuestionan injustificadamente la renuncia del Papa, son los mismos quienes en aquéllas crisis de la Iglesia por los escándalos internos, exigían su renuncia. Se comprueba así que en este mundo relativista no se puede dar gusto a nadie.

     Pero los conspicuos laicistas que buscan la nota siguen hurgando sobre los futuros escenarios: ahora que el Papa renuncie y ya no tenga la inmunidad diplomática de Jefe de Estado ¿podrían algunos países perseguirle por los delitos de pederastia cometidos por muchos sacerdotes católicos? Pregunta sin duda mordaz que pillaría en la duda a quien no comprenda el alcance jurídico de lo hasta hoy realizado. En efecto, los sacerdotes que han sido juzgados y condenados por sus delitos comprobados de abuso sexual ya purgan condena en muchos países. Recordemos que un principio del derecho penal cosiste en que la responsabilidad por la comisión del delito, la sanción y la ejecución de la pena es personalísima, es decir, sólo para aquél quien comete el delito. Joseph Ratzinger desde luego no puede ser condenado ni juzgado por haber sido el “jefe supremo” de aquéllos malos sacerdotes porque él no cometió el delito. Pero siguen insistiendo los cáusticos laicistas “puede ser condenado por encubrimiento y falsedad”. Lamentablemente para estos mordaces persecutores les respondemos que si algún país quisiera demostrar esas acusaciones (escenario ciertamente muy poco probable), el delito tuvo que haberse cometido en el propio Estado denunciante, no desde otro Estado como lo es el Vaticano. Pero los especuladores van más allá y argumentan que, según el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, los Jefes de Estado también pueden ser condenados por delitos cometidos por sus subordinados. Nuevamente lamentamos desmotivar el argumento de los persecutores del Pontificado, señalándoles que, para que se aplique el Estatuto de Roma, el Estado denunciado debió haberlo ratificado, cuestión que no ha hecho el Vaticano, y además los delitos que contempla ese tratado internacional son concretamente el de genocidio, lesa humanidad y agresión, tipos penales en los que, desde luego, la actividad del Sumo Pontífice no actualiza el supuesto normativo. Si resulta muchas veces difícil probarlo en antiguos Jefes de Estado que sí estuvieron relacionados con matanzas y desapariciones, mucho más resulta comprobarlo al Jefe del estado Vaticano que se mantiene alejado de cualquier tipo de violencia.

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     Otra conjetura que vale la pena aclarar desde ahora es aquélla que barajan los aficionados a la democracia electoral y ven el escenario del cónclave cardenalicio analógicamente como cualquier elección de Estado. Cuestionan estos analistas: ¿quién es la persona idónea al interior del Vaticano que debe suceder a Benedicto XVI? ¿Quién es el que políticamente está más capacitado? Para aclarar esta pregunta hay que partir de una premisa. La Iglesia católica no es una democracia representativa en donde cada fiel pueda elegir a su gusto a un líder quien haga campaña y se gane el favor de los electores. El sucesor de Pedro se elige tradicionalmente, y así ha quedado jurídicamente instituido, por un Colegio Cardenalicio, compuesto por los cardenales electores de entre cuyos miembros se elige al nuevo Sumo Pontífice, siendo elegible para ese cargo cualquier cardenal que no rebase la edad de 80 años y quien debe tener una aprobación de las dos terceras partes de los miembros electores. Desde luego, la Iglesia no es una institución política en la que sus cardenales hagan propaganda y campañas electorales para que sean electos como Papa. Tampoco depende del gusto o de la voluntad de las mayorías de sus fieles. Es una institución guiada por la tradición y el magisterio que señalan que el Sumo Pontífice debe emanar de una profunda reflexión de entre los cardenales, resultado que pocas veces coincide con las apuestas políticas que los perspicaces externos realizan antes de una elección papal. Baste ver el ejemplo de la elección, en su momento, de Karol Wojtyla un sencillo cardenal polaco por quien nadie de fuera hubiera apostado una designación, y quien a la postre sería uno de los más grandes Papas de la Iglesia católica. Por ello no es dado especular, afirmar o apostar quién debe ser el sucesor de Pedro, sino esperar la designación que los cardenales hagan en el cónclave que debe ser convocado en los primeros días del mes de marzo.

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     Y también se cuestiona por ahí que si debería ser un cardenal latinoamericano o un hispano quien sea el nuevo Papa, porque en esta zona geográfica es donde mayor número de católicos hay en el mundo. Atendiendo a lo arriba explicado, desde luego que esa interrogante resulta también sin sentido porque el nuevo Papa debe gobernar desde su sede pata todos los católicos, independientemente de su origen nacional. Si bien es cierto que nuestro continente y nuestra lengua reúnen el mayor número de católicos en el mundo, el propio Benedicto XVI no se mostró ajeno a esa situación y siempre prestó atención a este núcleo de católicos: hizo un viaje pontificio a cada uno de los dos países con mayor población católica del mundo (Brasil y México); el Encuentro Mundial de las Familias de 2009 fue convocada en México, la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 fue en Madrid, capital de un país hispanoparlante, y la siguiente Jornada de la Juventud está convocada en Río de Janeiro para el 2013. Así que el Sumo Pontífice no ha descuidado esta región y quien sea electo como Papa tampoco dejará de señalar la importancia para la fe católica de los países hispanoamericanos.

     Ya a nivel nacional las especulaciones siguen: ¿qué tanta probabilidad tiene un cardenal mexicano, en este caso Norberto Rivera, de ser electo Papa? A lo que respondemos que tiene tantas posibilidades como cualquier otro cardenal del colegio cardenalicio. La cuestión es que se ha hecho tanta publicidad malintencionada al prelado mexicano, y sin señalar fundamentos objetivos de ello desde hace varios años, que parecería que elegir a un Papa latinoamericano sería, apelando a un viejo eslogan electoral mexicano, “un peligro para la Iglesia”.

     En fin, detractores a la nueva figura pontificia nunca faltarán, lo importante es señalar que sea quien sea la persona que resulte electa, el nuevo pontífice no gobernará para un país, región o sector, sino que lo hará, como todos sus antecesores para toda la Iglesia Católica.

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     Y para terminar con las conjeturas que se han hilvanado desde el anuncio de Benedicto XVI, muchos se preguntan: ahora que ya no sea Papa ¿qué va a hacer? ¿Tendrá influencia sobre el nuevo Papa? ¿Será una especie de maximato pontificio donde Ratzinger siga gobernando desde el retiro? A su retiro, el propio Benedicto XVI ha respondido que se dedicará a la oración y  a la contemplación. Viviría en un convento de monjas de clausura desde donde seguramente seguirá con su invaluable labor intelectual como teólogo y filósofo. Y desde luego, no es pensable que pueda ejercer algún tipo de poder sobre el nuevo Sumo Pontífice, pues la naturaleza de este cargo impide que haya alguien más por encima de su potestad. Y apelando a la experiencia vital de Joseph Ratzinger, sabemos, por su gran coherencia y humildad, que él jamás pensaría en hacer algún tipo de actos de poder con el nuevo Papa; de hecho ese supuesto lógicamente es incluso incompatible pues, ¿qué razón tendría para renunciar si quisiera seguir gobernando desde lejos a la Iglesia?

     En suma, las razonas personales y humanas de la renuncia del Papa son total y absolutamente válidas y respetables. Es una cuestión que el propio Joseph Ratzinger ya se había planteado desde antes de ser electo como Papa, cuando había pensado en su retiro para dedicarse a la labor intelectual. Baste leer el primer capítulo del libro antes mencionado, “Luz del Mundo” donde Benedicto XVI reconoce ante su entrevistador su intención previa a su nombramiento de retirarse y de lo impactante que resultó para él mismo su nombramiento como Papa, y es de admirar y señalar que, a pesar de sus intenciones personales, decidió firmemente encabezar la encomienda que los cardenales le otorgaron al ser electo como Pontífice. Él mismo lo reconoció en su primera homilía como Pontífice aquél 20 de abril de 2005, cuando señalo: «Sorprendiendo todas mis previsiones, la Providencia divina, a través del voto de los venerados padres cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. Vuelvo a pensar en estas horas en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años. Me parece escuchar las palabras de Pedro:”Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, y la solemne afirmación del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos”.» Así que no debe sorprender, espantar o conmocionar a nadie la respetable decisión de Benedicto XVI de renunciar a la silla de Pedro, muy al contrario, debe motivar a una reflexión y a una esperanza de saber y reafirmar que la Iglesia católica no es una religión sólo de hombres, sino ante todo de instituciones, de normas, de tradiciones y de un maduro magisterio que ha consolidado por siglos.

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     Si más de uno quiere ver en esta etapa de la Iglesia católica un motivo para anticipar su derrumbe, mucho me temo que nuevamente se quedará con las ganas de ver cumplido ese escenario. Cientos de escándalos, insurrecciones, traiciones, corrupciones y demás vicios han manchado a los hombres de la Iglesia por más de dos mil años, y sin embargo, la institución sigue en pie, fiel a la doctrina de Pedro y del Evangelio, siendo, históricamente demostrable, una auténtica constructora de la civilización occidental, y a quien la cultura, la ciencia, el arte, la filosofía, el derecho y hasta la política, tanto debe. No se puede entender el mundo actual sin la presencia histórica de la Iglesia católica. Y lo que hoy se vive en el seno del Pontificado es una etapa más que en nada afecta la institucionalidad incólume de una Iglesia que ha significado un referente necesario en la vida global.

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     ¿Qué queda por hacer en las siguientes semanas? Para los cáusticos conspiracioncitas y para los declarados laicistas seguir especulando y conjeturando sobre el declive de la Iglesia de Roma y buscar los errores humanos que no necesariamente son transmisibles a la Institución. Para los analistas, profundizar en el legado de Benedicto XVI a la Iglesia, a la filosofía y al mundo contemporáneo (prometemos desde ahora dirigir un escrito en días posteriores que aborde este tema). Para los católicos, queda un periodo de reflexión y de oración para pedir la intercesión de Dios en la elección del nuevo Sumo Pontífice. Ya para todo el mundo restante seguir adelante con sus vidas normales trabajando por la justicia y el bien común independientemente de la afinidad religiosa que se tenga, sin miedo y sin violencia, porque este mundo, muy a pesar de los creyentes en las profecías de Nostradamus o de San Malaquías quienes profetizaron la dimisión de un Papa cono antecedente apocalíptico, aún no se va a acabar. Queda mucho por delante y mucho trabajo por hacer y ahí sí, no hay ni un Papa, ni un cardenal, ni una iglesia o religión que haga algo especial por cada persona. Es una cuestión personal y particular de cada individuo buscar la unidad y la justicia, el diálogo y el entendimiento, valores humanos que sobrepasan cualquier dimisión pontificia.

 Héctor López Bello

Twitter: @HLopezBello

Para profundizar más:

Recomendamos los libros entrevista que el periodista Peter Seewald realizó a Joseph Ratzinger: “Dios y el Mundo”, publicado por Random House Mondadori; “La Sal de la Tierra”, por Editorial Palabra; “Luz del Mundo” por Editorial Herder. Igualmente la completa biografía de Benedicto XVI escrita por Pablo Blanco Sarto, “Benedicto XVI. El Papa alemán” publicado por Editorial Planeta.

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