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El_ingenioso_hidalgo_don_Quijote_de_la_Mancha portada

El francés lo uso para la diplomacia, el italiano, para tratar con las mujeres,
el alemán, para dirigirme al caballo y, para hablar con Dios, para hablar con Dios sólo uso el español
Carlos V

    Aquélla fría mañana del 16 de enero del año del Señor de 1605, en la antigua casa de cantera rosa cercana al Templo de San Sebastián, por la calle que conducía hacia el Santuario de la Virgen de Atocha, en las afueras de la Villa de Madrid (hoy marcada con el número 87 de la Calle de Atocha), Don Juan de la Cuesta, editor de arraigo, entregaba de mano a Don Francisco de Robles, librero del rey, un volumen escrito por un antiguo soldado de 58 años de edad que había luchado en las filas de Su Majestad contra los moros y que incluso estuvo encarcelado, pero cuyos demás datos biográficos eran casi desconocidos; de hecho ni siquiera era un escritor ni un filósofo distinguido; era un ciudadano más, de esos que rondan por las calles, cuyo nombre pasaría a la eternidad: Don Miguel de Cervantes Saavedra.
Se trataba un volumen de amplias páginas y cuyo título parecía recordar más aquéllos libros de aventuras caballerescas que tanto se leían en España, que una novela de fácil colocación entre los lectores; un título que, al paso de los años y de los siglos, formaría parte de la cultura universal: “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Nadie hubiera imaginado el alcance que esas letras tendrían para la posteridad. Ni Don Juan de la Cuesta, ni Don Francisco de Robles, ni el propio Cervantes lograrían ver en vida el legado intelectual que dicha obra literaria significó para la humanidad. Aquélla fría mañana del 16 de enero de 1605, el libro que salió de esa vieja imprenta de Atocha, con cierto escepticismo por parte de su editor, marcaría el comienzo de una nueva visión de la literatura universal, que influiría a cientos de generaciones de personas, y que incluso hoy nos sigue fascinando y cautivando cada vez que volvemos a leer sus páginas.
Elogiosas fueron de inmediato las críticas para la obra de Cervantes, lo que exigió a su editor imprimir más volúmenes de los primeramente elaborados, los cuales, por cierto, salieron con numerosas erratas que, en una segunda edición fueron corregidos. Y desde luego, como el espíritu de la obra cervantina tenía que ser compartida en todos los dominios del imperio, una carga de 250 ejemplares salió de Madrid con rumbo a Sevilla, donde se encontraba la Casa de Contratación de las Indias, para que de ahí se embarcara con rumbo a la Nueva España en el memorable galeón mercante llamado “Espíritu Santo” (vaya coincidencias en los nombres que a veces nos pone la historia, ese buque con nombre celestial que transportó a la Nueva España el “espíritu” del Quijote). Semanas después, el buque “Espíritu Santo” llegaría las costas de la Villa Rica de la Vera Cruz para desembarcar su valiosa carga, la cual daría un nuevo rumbo de expansión de la cultura también en el Nuevo Mundo. Afortunados fuimos, pues también en América, en el mismo año de la publicación del Quijote, de igual forma fue conocido en estas tierras, tan lejanas de las llanuras de La Mancha, pero tan cercanas en espíritu con el caballero de la triste figura.
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     Varios siglos han pasado desde aquélla venturosa mañana de enero en que “Don Quijote” vio la luz por vez primera, pero aún nos sigue iluminado con esa diafanidad de pensamiento, de la imaginación en lo cierto, de lo absurdo en la realidad, de lo fantástico en lo cotidiano y de la inteligencia en la sobriedad. Las páginas del Quijote por eso son eternas, porque contienen una descripción precisa de aquello que es eterno en los hombres de todos los tiempos: imaginar en lo real y lo real hacerlo imaginario. No le importó a Don Alonso de Quijano, Don Quijote, salir a buscar aventuras como caballero andante, dejando todo atrás, con el único afán de buscar equidad entre las gentes, guiado por el amor, guiado por la justicia; muchos le tachaban de loco, pero era una locura que influyó entre quienes le siguieron. No fue sólo Sancho panza su fiel escudero, sino todos quienes nos hemos cautivado con la lectura de Cervantes, seguimos siendo los escuderos del Quijote, los que buscamos la justicia, los que seguimos imaginando y los que en la imaginación encontramos a la realidad. Tal vez esa es la enseñanza más grande que Don Quijote nos da y que ahora pocos recuerdan: vale la pena imaginar, vale la pena salir y arriesgarse y luchar contra el mundo impuesto; vale la pena hacer justicia, enamorarse, luchar contra los adoctrinados, compartir las experiencias, enseñar al que no sabe. Al Quijote lo tacharon de loco, pero ¿quién es más loco que aquél quien se encierra en su propio mundo y no logra imaginar más allá de su monotonía? Don Quijote luchaba contra molinos de viento, estructuras creadas por hombres, creyendo que eran dragones, ¿y por eso era loco? Hoy hay quienes luchan contra la corrupción, la violencia, la mala distribución de la riqueza, estructuras también creadas por hombres, y ¿por eso también esas personas estarían locas? Tal vez hace falta un poco más de locura y de imaginación en los turbulentos tiempos en los que vivimos.
A 407 años de la publicación de la primera edición de Don Quijote, merece la pena detenernos un momento de entre la monotonía del ritmo vital que llevamos y apreciar el legado intelectual, moral, cultural y lingüístico que Cervantes nos heredó.
Hablemos un poco de los espacios que ha seguido aquélla primera edición de Don Quijote de la Mancha. En lengua castellana, sólo después de la Biblia, es el libro que más ejemplares impresos ha encontrado. Es la obra que más ensayos y obras monográficas ha merecido en nuestra lengua, y por su espíritu multidisciplinar, ha sido abordada por escritores, poetas, lingüistas, filósofos, juristas, teólogos y todo humanista que se precie de serlo. Es el libro en español que más traducciones tiene a otros idiomas (casi a 100 diferentes lenguas); de hecho la primera traducción al inglés se hizo sólo siete años después de la primera edición en Madrid, antes incluso de que Cervantes publicara, en 1615, la segunda parte del Quijote. Autores ya considerados clásicos en otras lenguas, han contemplado al Quijote como una obra maestra de la Literatura universal, encontrando en él una gran influencia personal. Nombres como Fidor Dostoievski, Friederich Schelling, Heinrich Heine, Lev Tolstoi, Franz Kafka, Gilbert Chesterton, Thomas Mann, Ernst Hemingway, Vladimir Nobokov, entre muchos otros, han reconocido en la obra de Cervantes una inspiración vital para su consolidación como escritores. Es el libro que se ha mantenido con más ventas ininterrumpidas en todas las librerías de lengua española y que por cuatro siglos ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo.
Y afortunados debemos sentirnos quienes compartimos la lengua de Cervantes, pues la estética en la palabra que nos muestra la obra, nos da claves certeras para reafirmar la belleza intrínseca en nuestra lengua española y descubrir cada vez más lo valioso de ella. En efecto, pensamos, hablamos y escribimos en español, pero pocas veces reparamos en la grandeza de nuestra lengua, un idioma que ha sobrevivido por más de diez siglos, herencia directa de las lenguas romance y que hoy goza de cabal salud hasta convertirse en la tercera lengua más hablada en el mundo sólo detrás del chino mandarín y del inglés; pero aquí cabe hacer una precisión. El chino mandarín es la lengua más hablada por el número de personas que la emplean y además está circunscrita a una zona geográfica específica del planeta. El inglés, por su parte, es usada como lengua comercial, es decir, para todas las transacciones alrededor del orbe, la cual mucha gente ha tenido que aprenderla por necesidad, sin que sea su lengua materna. En cambio, el español es hablado como lengua de origen por más de 450 millones de personas en todo el mundo y poco más de 100 millones la estudian ya como lengua auxiliar, no por necesidad, sino por gusto, y el número ya va en aumento. Baste leer el reporte sobre el idioma español dado a conocer en días anteriores por la Real Academia Española de la Lengua. Y a hora que vivimos tiempos informáticos, el español ha desplazado ya al inglés como la segunda lengua más empleada en el uso de las redes sociales de internet. Casi el 60% de sus usuarios emplean al español como medio de comunicación.
En países de oriente (china y Japón primordialmente), en Europa del Este, y en varias regiones de África, el estudio del español por parte de los jóvenes se ha intensificado hasta convertirse, según las cifras de la Unión Europea, en la lengua occidental más estudiada por los jóvenes quienes buscan movilidad en otras latitudes. En pocas palabras, el español vive una salud cabal en plena época de la globalización, es una lengua que está presente en todas las latitudes del orbe y la cultura hispana influye a todo el mundo. Venturoso estaría en la actualidad Don Carlos V, rey del antiguo imperio español, quien, enamorado de una lengua, que a saber no era su lengua materna pero que la hizo propia, quiso darle su lugar en la historia cuando sentenció que: «Mi lengua española es tan noble que debe ser entendida por todos los cristianos.» Y sin duda, el libro de Don Quijote ha servido para ejecutar aquél noble ideal lingüístico del monarca de la Casa de los Asturias.
Por todo ello vale la pena recuperar la lectura de Don Quijote de la Mancha, porque no sólo nos da cultura, imaginación, nobleza de espíritu, sino que nos ayuda a nutrir esta lengua tan hermosa que hablamos de la cual muchas veces no somos auténticos garantes. Veamos algunas comparaciones. La vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española editado por la RAE, registra casi 60,000 entradas distintas, es decir, 60,000 palabras que se pueden emplear en nuestra lengua. En el Quijote se contemplan poco más de 20,000 distintas palabras empleadas a lo largo de la obra. ¡Vaya cúmulo de posibilidades lingüísticas que tenemos! Una persona con educación superior logra articular en su español cotidiano 1,400 palabras distintas, mientras que el promedio general de los estudiantes de nivel medio superior sólo llegan a emplear 700 palabras diferentes. Cifras desde luego alarmantes para una lengua que se precia de ser de las más estudiadas en nuestra época. Ello se debe en gran medida a que hemos perdido el hábito de la lectura, esa actividad que genera imaginación, cultura y, sobre todo, lenguaje. Y la gran posibilidad de recuperar el amor por nuestra lengua nos la brinda El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, páginas que sin duda refirmarán en el lector una vinculación por la lengua española de manera más directa. Y nunca es tarde para retomar cualquier edición del Quijote de la que nos podamos allegar, pues el lector siempre encontrará en él, un rescoldo de lenguaje y un oasis de la imaginación. Pero no deje que las cifras le ahuyenten; mejor deje que las letras le conquisten.
Y más que lenguaje, el Quijote nos brinda la oportunidad de volver a soñar en la libertad, esa facultad humana que muchas veces vilipendiamos sin darnos cuenta. Con la libertad se construye la imaginación, se crean espacios, se distribuye el tiempo, se aprehende el conocimiento. Y en el mundo tan frenético en el que vivimos hemos renunciado a la libertad para convertirnos en esclavos de lo cotidiano. Nos esclaviza el trabajo, las deudas, la crisis económica, el relativismo en el mundo, y no nos damos un espacio para recuperar nuestra propia libertad, el tesoro más grande que tenemos: «La libertad, Sancho —afirmó firmemente Don Quijote—, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre
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   Usted, amable lector, dé a su mente la oportunidad de liberarse un poco de lo cotidiano y de volver a imaginar. A este mundo le faltan de nuevo ingeniosos hidalgos que salgan al mundo a conquistar la verdad. Goce usted de la libertad de pensar y defender lo que conoce, no importa que los demás digan que son molinos de viento. Este mundo “cuerdo” es más susceptible para que los “locos” transformen la realidad. Sea un moderno Quijote que lucha por sus ideales, que sale a buscar aventuras para volver y disfrutar de la realidad. Si a Don Quijote lo tildaron de loco, y a más de cuatrocientos años de su aparición sigue influyendo en millones de personas, vale la pena, en este mundo de hastíos, convertirse de nueva cuenta en un loco caballero andante.

Héctor LÓPEZ BELLO
@HLopez Bello

A manera de colofón:
No dude el amable lector en acudir a otras fuentes que seguro le ilustrarán para adentrarse en una aventura quijotesca. Aquí recomendamos algunas. Para una visión más certera sobre la obra cervantina vale la pena leer el libro “Para leer a Cervantes” de Martín de Riquer. Desde luego siempre serán muy ilustrativos los clásicos libros “Meditaciones del Quijote” de José Ortega y Gasset y “El Quijote de Cervantes” de Salvador de Madariaga. No olvide tampoco la emblemática obra de Miguel de Unamuno “Vida de don Quijote y Sancho” que ayudan a apreciar de mejor forma la naturaleza del caballero de la triste figura y la de su fiel escudero. Para aquél quien quiera entender el entorno histórico y social de Don quijote, el libro “España en tiempos de Don Quijote” de Antonio Ferros será de gran utilidad. Y desde luego, cuanta lectura cervantina encuentre, siempre será bienvenida. ¡Feliz lectura!

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