fin del mundo

A unas cuantas horas de que llegue el supuesto fin del mundo, vale la pena detenernos un minuto y hacer un balance del mundo que se va a terminar y del mundo que debe continuar.
Dicen las “profecías” mayas que el mundo se acabará el próximo 21 de diciembre de 2012; decían las “profecías” de Nostradamus que el mundo debió terminarse hace 70 años, aunque sus profecías han merecido más interpretaciones que nuestra Constitución Política. Los informáticos aseguraban que el año 2000 sería el fin de la era; los comunistas que el mundo debió acabarse en 1989, y los capitalistas que el mundo se terminó a partir de la crisis económica de 2007. Los científicos dicen que el mundo sucumbirá en 5 millones de años porque el Big Bang sigue expandiendo al universo. Los ecologistas piensan que el mundo está condenado desde que se abrió la capa de ozono, pero los tecnócratas sostienen que no importa el calentamiento global sino el mercado global para medir la vida del mundo. Los previsores fanáticos aseguran que el fin está cerca y por eso dejan de consumir, pero los consumistas dicen que el mundo termina cuando acaban las rebajas en los grandes almacenes. Los creyentes sostienen que el mundo acabará en el Juicio divino y los ateos afirman que, como no existe Dios, el mundo es lo único que existe. Los productores de Hollywood han querido terminar con el mundo desde hace décadas y por eso, en sus historias, los enemigos globales fueron primero los soviéticos, pero al terminar la guerra fría, entonces fueron los fundamentalistas islamistas, luego los extraterrestres para de ahí pasar a los meteoritos, los volcanes y los enormes tsunamis, ¡y ahora hasta los zombis y los vampiros pronto van a acabar con este mundo! (pero no hay de qué preocuparse, si de todas maneras los Navy Seals o los Avengers terminarán salvándonos a todos, como ya lo han hecho en docenas de películas). Para la Unión Europea, a pesar de su Premio Nobel, el mundo se está acabando desde hace unos cuantos años (pregunte usted a los griegos y a los españoles si su mundo no está en franco declive). Y Estados Unidos piensa que el mundo no puede acabar ahora porque aún quedan tropas en Irak y muchas economías emergentes a las que hay que minimizar. En México las izquierdas dicen que el mundo se acabó desde aquél “fraude” electoral, y las derechas sostienen que el mundo ya no tiene sentido luego del retorno del PRI al poder… en fin usted puede encontrar tantas teorías catastrofistas como ideologías a las que se quiera adherir; baste elegir cuál de ellas se amolda más a su personal visión escatológica. Pero una cosa es cierta: el mundo actual no es el mundo que debería ser y definitivamente estamos en un proceso paulatino de decadencia.
Tomando un poco de seriedad en el asunto del fin del mundo, esta moda pasajera que está cubierta de un marcado hálito mediático y pesimista, lo que verdaderamente se puede hacer para redimir la catástrofe global es fomentar un proceso de reflexión sobre la situación del mundo actual, y darnos cuenta que ni son las profecías mayas, ni el derretimiento de los hielos polares, ni la crisis económica mundial lo que está terminando con la verdadera vida en el planeta; no, somos todos los que no nos damos cuenta que cada día que pasa el fantasma del relativismo sigue cubriendo nuestra realidad.
No hay que ser astrólogo ni descifrador de profecías antiguas para saber que algo pasa en nuestro mundo y que no es normal. Baste ver el noticiero o leer las portadas de los periódicos para descubrir que el mundo paulatinamente está sucumbiendo, pero lo más preocupante de ello no son los titulares de las noticias, sino la indiferencia con la que enfrentamos la realidad. Algo pasa en el mundo que está mal y que nos percatamos. ¿No cree usted, amable lector, que éstas sí son verdaderas señales que pueden indicar el declive del mundo en el que vivimos?
Seguramente son lugares comunes que usted ya ha escuchado o ha leído, pero vale la pena retomarlas para que no quede duda que estamos en momentos de franca decadencia humana en el mundo. Y los ejemplos sobran: la creciente violencia e intolerancia en Oriente Medio por reivindicar ideas políticas disfrazadas de creencias religiosas, aumentando una discordia que parece no llegar a su fin. Genocidios en África central que los periódicos callan porque son regiones cuyas riquezas naturales sólo importan a unos cuantos. La crisis económica y la falta de un empleo seguro que millones de personas sufren en Europa porque unos cuantos individuos no supieron tomar las decisiones correctas en su momento y las consecuencias las deben sufrir quienes menos culpa tienen de ello. Y las muertes de niños y demás personas inocentes en Estados Unidos, víctimas de desquiciados mentales que no tienen más valor moral que el que su limitada razón les da; tema casi semejante en nuestro país donde la violencia y la muerte se han convertido en un tópico inmediato, al cual ya casi miramos con relativa normalidad. Cientos de personas decapitadas, mutiladas, vejadas y humilladas por la delincuencia organizada quienes sólo buscan el poder. En fin, cientos de miles de historias de muerte que usted bien conoce y que no merece la pena reproducir en estas líneas, pero que son señales de que algo en el mundo camina muy mal.
¿Y nuestros líderes? La respuesta es simple: no tenemos verdaderos líderes. Los políticos se afanan al poder y a los intereses particulares y poco buscan el bien común. Algunos empresarios muchas veces priorizan el potencial económico antes que el potencial humano. Ciertos periodistas buscan la nota mediática, aquélla que venda más por las cifras rojas que presenta, y no el análisis de fondo sobre los orígenes y soluciones de los problemas. Muchos maestros ya no se preparan y los estudiantes se acostumbran a no pensar ni a cuestionar, y los que lícitamente quieren alzar la voz para cuestionar, son influenciados por una camarilla de manipuladores quienes les imponen sus ideales. Los pocos intelectuales que tenemos dejan de influenciar con las ideas para sucumbir ante la tentación del pensamiento al servicio del poder. Tantos padres de familia, muchos de ellos distantes de sus hijos, en hogares que paulatinamente se resquebrajan por priorizar el trabajo antes que la vida en el hogar. Muchos adolescentes carecen de ilusiones y metas por perseguir y se conforman con vivir en la instantaneidad de su momento y no en formarse un futuro certero.
Escuche usted las pláticas de café de su alrededor y haga un balance sobre la prioridad en los valores que hemos colocado paulatinamente en nuestra vida diaria: nos preocupa que llegamos a las fechas navideñas y no hemos hecho las compras suficientes, pero olvidamos que a nuestro alrededor hay miles de personas que no tienen para comprar lo básico para sobrevivir. Tanta gente que se queja por salir a trabajar antes que agradecer que tiene un trabajo que le brinda el sustento para su hogar. Conocemos la vida íntima de los artistas de moda pero no conocemos qué le preocupa hoy a nuestra familia o cuáles son las alegrías de nuestros amigos. Y sí, lloramos y nos mortificamos por la muerte de una famosa cantante, pero pocos lloran y se indignan por las miles de mujeres víctimas de la violencia en nuestro país. Ya nadie ve a los ojos a sus interlocutores y sólo vemos las pantallas de los teléfonos móviles a los que nunca soltamos; y tener amigos es sinónimo de tener cientos de contactos en Facebook a los cuales, en la mayoría de los casos, ni los frecuentamos. Y las mejores charlas ya no se llevan personalmente sino a través de un chat, ante la frialdad y la impersonalidad de un teclado. El saludar y darle los buenos días al de al lado es una cosa casi impensable y si lo hacemos, la más de las veces es un instinto de trato social antes que un interés por el otro. Y ni siquiera pensar en saludar a alguien en la calle o devolver un saludo, porque vivimos en una desconfianza tan grande que al desconocido lo vemos como un potencial enemigo antes que a un potencial amigo.
Todo ello es reflejo de la pérdida de la confianza y del aumento una angustia existencial; la certeza en el mundo ha mutado por una incertidumbre yacente en el espacio personal. La fe poco a poco se pierde: la fe en Dios, la fe en la gente, la fe en un mismo, y no se logra concebir más verdad que la propia verdad, porque el relativismo que envuelve al mundo ha desterrado definitivamente a «La Verdad» y ha entronizado a «las verdades» particulares. No sé usted, amable lector, pero todos esos sí son signos de una potencial catástrofe mundial, esa que debe preocuparnos más que los terremotos, los tsunamis o los meteoritos. Vivimos preocupados porque los hielos polares se derriten, pero no nos angustia que los valores humanos han estado derritiéndose desde hace décadas. Tal vez coincida usted conmigo que, en estos momentos, más que estar preocupados por el calentamiento global, antes debemos preocuparnos por el enfriamiento moral que sí padece el mundo.
Pero la peor actitud que podemos tomar es dejar vencernos por la angustia y la tristeza, porque al final, afortunadamente, todo tiene solución si recuperamos pertinentemente los valores eternos que siempre han guiado a la humanidad y que tanto progreso le han dado. Y sin que ello suene a comercial de televisión, aún hay millones de personas (los más en el mundo me atrevo a decir), que son quienes buscan y defienden la verdad, los valores y la fraternidad humana. Y no tengo duda que usted, querido lector, está dentro de ese gran conglomerado humano que trabaja por no dejar que este mundo sucumba. Porque, en efecto, por cada mal gobernante hay millones de ciudadanos comprometidos; por cada directivo corruto, hay cientos de trabajadores honestos; por cada injusticia en la calle, hay miles de actos de justicia en los hogares. En suma, los buenos somos más, porque La Verdad siempre resplandece frente a la simulación. En la medida que luchemos por ella y la defendamos el verdadero mundo humano no se va a acabar, por el contrario, podrá tener un renacer moral.
Y el fin del mundo es imposible si todavía vemos tantas muestras de solidaridad y de fraternidad aún en los momentos de crisis. Desde el padre de familia que recorre largas distancias para llegar a su trabajo y regresar con el sustento para su familia; en el policía o el bombero que arriesgan su vida por los demás; en aquélla profesora que dio su vida por sus alumnos; en los que dejan su hogar y su patria para ir a compartir su testimonio con los más necesitados; en los médicos y enfermeras que salvan vidas; en la inocencia de los niños o en la sonrisa de los ancianos y en tantos cientos de etcéteras que podríamos señalar. En fin, insistimos, los buenos son más y los que quieren que el mundo se acabe catastróficamente son los menos.
Aprovechemos estos días para hacer una reflexión, no sobre el final físico del mundo, sino sobre el fin del mundo materialista que no queremos, y tratemos de voltear la vista a los demás. Al que camina solo en la calle, al que no saludamos en el trabajo, al amigo ausente, al familiar olvidado, al enfermo agonizante y, desde luego, a nuestro corazón a veces lacónico por no permitirle sentir. Recuperemos la esperanza de creer que hay algo más allá del instante material o del hedonismo efímero. Volvamos los ojos los momentos de placer moral y de amor espiritual, que es la riqueza más humana muchas veces olvidada. Si usted cree en el Niño Dios, deje que nazca en su corazón y verá que teniéndolo a Él, el mundo difícilmente terminará. Si usted cree en Santa Claus, en Papá Noel, en el espíritu de la navidad o la deidad quien prefiera, también déjese inundar por los deseos de buena fe y conviértalos en hechos de buena voluntad y verá cómo su mundo no se destruye, muy al contrario, se fortalece.
No tengamos miedo, porque el miedo detiene voluntades. Y si nos atemoriza algo, hay que hacerle cara y vencerle. Querido lector, ¿a qué le teme en este posible fin del mundo? No sé usted, pero a mí, más miedo que las profecías, los extraterrestres, los tsunamis, los meteoritos, los vampiros y los zombis, me dan miedo los delincuentes, los corruptos, los insensibles, los relativistas, los egoístas y los tibios de espíritu. Esos sí causan más muerte real que la muerte de película de las escenas fatalistas.
Tómese un minuto y dese cuenta que sí vale la pena ser partícipes del renacimiento del mundo y no simples espectadores de un final físico que, al menos, en las siguientes horas, no llegará. Haga usted un balance de cómo su mundo interno tal vez ha ido desapareciendo, pero percátese que son más cosas buenas en su vida que le significan un motivo para vivir en plenitud. Dejémonos de preocuparnos por el cumplimiento de las profecías catastróficas que ocurrirían en el cielo o en el océano, y preocupémonos más de la indiferencia con la que vemos a los demás (y a nosotros mismos) con los pies bien firmes en la tierra. Pero sobretodo, ocupémonos de darle, al menos a nuestro mundo interno, un giro nuevo, contagiando no la incertidumbre, sino más bien la esperanza y la alegría. Así que celebremos las últimas horas del mundo físico y celebremos con júbilo las eternas horas de un mundo humano. Corramos a besar, a abrazar, a reír y a cantar, y hagámoslo ahora, porque en definitiva, este mundo no se va acabar.

Héctor LÓPEZ BELLO

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