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“La educación es el arte filosófico por excelencia”

Antonio Caso

         El cardenal John Henry Newman, un auténtico intelectual universitario del siglo XIX, definía a la Universidad como «un lugar para la comunicación y la circulación del pensamiento, por vía del encuentro personal, en un campo extenso.»[1] Siendo el encuentro personal y la transmisión del pensamiento la labor fundamental del quehacer universitario, la Universidad, como institución, debe estar preocupada por generar, desde dentro de sí misma, espacios de pensamiento que impulsen el desarrollo integral de la comunidad y de la sociedad en general, ya que el bien común de la sociedad a la que sirve debe ser fundamento teleológico de toda institución de educación superior.

La inclusión de ideas y la generación de una discusión constructiva deben ser los pilares dialécticos de la Universidad, pues de esta manera se concreta uno de los fines específicos de la institución, que es atender a la universalidad del pensamiento en la búsqueda de la verdad. Pero esa búsqueda no debe ser ideologizada o permeada de subjetividades, antes bien, debe ser una indagación académica, sustentada en la objetividad de la razón que doten de fortaleza crítica y de sustento analítico a la enseñanza. Por ello, la Universidad debe ser un auténtico centro de cultivo del conocimiento, ahí donde se ennoblezca el espíritu.

En efecto, es la verdad lo que mueve al espíritu humano y la Universidad es el espacio intelectual de búsqueda sincera y de hallazgo objetivo de la verdad. Por ello vivir auténticamente la Universidad es “vivir para la verdad”,  porque sólo ahí adquiere auténtica libertad el espíritu humano, ahí se forma el diálogo y ahí surgen las ideas. Tergiversar el sentido de la Universidad sucumbiendo ante las tentaciones de las ideologías, la política o el Poder, trastoca, desde luego, el afán de libertad de pensamiento y esclaviza el alma a un relativismo temporal que limita una auténtica reflexión. Nada hiere más al pensamiento humano que detener temporalmente la búsqueda de la verdad por atender a la instantaneidad del relativismo y de ideologías poco fructíferas; todo ello detiene la marcha vital de la Universidad y la llevan a convertirse en un núcleo de acopio de ideas pero no en un estímulo de progreso y libertad. En torno a ello también reflexionaba el filósofo universitario José Gaos: «La Universidad, de los que hacen profesión de fe y vida de las disciplinas que integran la universidad del saber; la Universidad ha sido en sus momentos más históricos y gloriosos órgano de progreso y emancipación espiritual, pero tampoco ha dejado de ser, durante etapas enteras de su historia, rémora del avance y cárcel de la libertad del espíritu.»[2]

Por eso, la Universidad debe ser el espacio de la libertad por excelencia; ahí donde confluyen las ideas, ahí donde la tolerancia y el diálogo encuentran su mejor hogar, ahí donde la verdad ilumina a todos sus miembros y es el faro referencial del trabajo cotidiano.

Y es el encuentro con la verdad lo que motiva el diálogo en la comunidad universitaria y que le obligan a llevarlo más allá de las aulas o del campus de la vida intelectual de las cátedras y trasladarlo, en consecuencia, a toda la sociedad, porque la Universidad es un bien público que interesa a la comunidad ya que es en ella donde el conocimiento obtiene un significado. En el encuentro vocacional entre alumnos y profesores existe, por tanto, una obligación implícita para todos los que conforman a la comunidad universitaria, esto es, generar y fomentar los espacios de diálogo que cimienten las bases intelectuales en la búsqueda de la verdad, pues como bien recuerda Juan Pablo II, que «la vocación de toda universidad es el servicio a la verdad: descubrirla y transmitirla a otros.»[3]

Por tanto, el diálogo debe ser el motor intelectual de la vida ordinaria entre los universitarios. En concreto, sólo en la Universidad se pueden encontrar los cauces para develar la verdad razonada y los medios para transmitirla. Es en ese sitio donde el razonamiento toma sentido, donde el discurso se vuelve operativo y donde las ideas pueden concretarse en realidad. Sólo en una búsqueda sincera de la verdad tiene lugar el auténtico conocimiento, el cual, desde la práctica, no puede entenderse como algo exhaustivamente acabado, sino como algo que se va generando continuamente y que debe ser modelado según los esquemas que la razón proporciona. Es misión, por tanto, de aquéllos quienes conforman la Universidad fomentar el entendimiento, transmitirlo y cultivarlo, porque el conocimiento no es estático sino que evoluciona dinámicamente según la propia sociedad va transformándose, guiada por su devenir histórico. Desde la Universidad debe hacerse un balance crítico para dar respuestas, ofrecer objeciones y sustentar razonadamente cuáles son los cauces más objetivos para proporcionar el auténtico conocimiento a la sociedad.

Así entonces, la Universidad es la institución por antonomasia que define el devenir social; es el baremo de nuestra realidad. «La institución universitaria —reflexiona el filósofo español Carlos Llano— recoge y compendia las grandes paradojas de esta época de tránsito entre diferentes formas de vivir. El ámbito académico siempre ha sido como esas franjas de tierra en cuya profundidad se ocultan fallas geológicas y que, por ello, se hacen eco de todos los ajustes de fondo que acontecen allí donde no llega nuestra visión inmediata. La Universidad es un sismógrafo de la historia.»[4]

Un objetivo de la Universidad es impulsar entre los alumnos la «vida universitaria»; ésta consiste en fomentar en ellos el interés y la vocación por conocer los aspectos universales de la cultura, haciendo especial énfasis en el área en concreto de desarrollo profesional, pero sin dejar nunca de lado los temas afines a sus estudios facultativos. Ello implica generar entre los alumnos espacios y materiales propicios para darles una formación integral, y no sólo técnica, en el periodo en que realicen sus estudios durante su formación universitaria. La Universidad por tanto, debe procurar los espacios para ofrecer una educación integral entre los alumnos, pues de esta forma se fomenta el encuentro y el diálogo y con ello se genera paulatinamente una identidad universitaria que determina el carisma propio de la institución que pretende fomentar entre sus miembros.

La vocación del estudiante universitario debe decantarse en un auténtico afán por el conocimiento, por cuestionarse y por indagar en los temas propios de su formación profesional. Pero no sólo los estudios profesionales deben ser el único motor intelectual de los estudiantes, sino también en adquirir una cultura general que les facilite una mejor apreciación de su entorno científico y, sobretodo, de los aspectos sociales que ello conlleva, pues de esta manera la formación académica que reciban en las aulas les permitirá identificar con mayor exactitud la responsabilidad que adquieren al egresar de la Universidad. Si la universidad es el sismógrafo de la historia, el espíritu del estudiante universitario debe ser el barómetro que mida los vientos de cambio social.

Por su parte, la vocación del profesor universitario consiste en formarse y prepararse constantemente para lograr transmitir a los estudiantes, de manera adecuada, los conocimientos suficientes que les generen inquietudes intelectuales y les reafirme su interés en la búsqueda de la verdad. Mediante el estudio constante, el profesor consolida su vocación, encuentra nuevas vías de discusión, perfecciona la enseñanza y reafirma la calidad universitaria. Pero dicha labor no sería fructífera si no culmina en el diálogo y el encuentro con los estudiantes universitarios, no sólo en los momentos propicios del aula, sino en cualquier situación del entorno universitario, pues la Universidad debe ser, ante todo, el espacio del diálogo y de la difusión de la cultura.

Es en dicha labor dialéctica es en la que se genera una auténtica filosofía dentro de la universidad, es decir, un amor por el conocimiento, porque sólo mediante el diálogo se puede indagar en la realidad de las cosas y en la esencia de los conceptos, lo que conlleva a un intercambio de ideas de modo crítico pero sustentado en la formación del espíritu del estudiante y del profesor.

No podemos entender nuestra historia cultural si no logramos encuadrarla dentro de los trazos precisos que la Universidad ha dibujado en la comunidad. Por ello, una sociedad sin la fortaleza de la reflexión universitaria puede correr el riesgo de sucumbir ante la tentación del relativismo. La Universidad es entonces la primera depositaria de la cultura y su más fuerte baluarte. Ahí auténticamente se cultiva el conocimiento, se generan espacios de expresión y se difunde a toda la sociedad, porque como escribiera José Ortega y Gasset: «en la Universidad se cultiva la ciencia misma, se investiga y se enseña a ello.»[5]

Sin la garantía de la cultura cualquier reflexión resulta estéril y carente de sentido, porque toda sociedad merece tener una identidad cultural y una esfera de unidad, y en la vida universitaria se llega hacer del fomento a la cultura la tarea más cotidiana. Por ello, la Universidad cuida que la cultura no se confunda con una simple expresión espontánea o una obra efímera; la Universidad hace cultura cuando logra que esas expresiones trasciendan en el tiempo. Por eso la cultura no es ciencia en el sentido de exactitud. La cultura es consciencia del aquí y ahora de la sociedad, es una tarea reflexiva de identificar cuáles son aquéllos elementos sustanciales al hombre, pero trascendentes a su persona. El conjunto de esto, reflexiona Ortega y Gasset «es la cultura en el sentido verdadero de la palabra; todo lo contrario, pues, que ornamento. Cultura es lo que salva del naufragio vital, lo que permite al hombre vivir sin que su vida sea tragedia sin sentido o radical envilecimiento.»[6] Así, Universidad y cultura, es un binomio indispensable para interpretar y comprender el devenir histórico de toda nación.

El papel formativo de la Universidad es, por tanto, trascendente; no se pierde en la instantaneidad de una cátedra o de un coloquio, aspira a iluminar el pensamiento, a ir más allá de los lugares y los individuos, teniendo en la persona el propio eje de dinamismo. Ahí, en la Universidad, están las ideas del ayer, las reflexiones del hoy y las propuestas para el mañana. Tiene un papel renovador de la vitalidad social, y es fuente también de las transformaciones más importantes que una comunidad puede tener. Esa trascendencia se ve marcada por un simbolismo de lo humano, porque sólo poniendo como punto de reflexión al hombre es como se puede generar un auténtico conocimiento.

En la Universidad se conoce al hombre no sólo como hecho social sino como hacedor de lo social. Precisando entonces cuáles son los valores antropológicos que deben guiar a una sociedad, la dialéctica universitaria trasciende en el tiempo, porque no estudia la sincronía en las ideologías, sino la diacronía del pensamiento humano. «La Universidad es, por lo pronto —señala Antonio Millán Puelles—, el más claro instrumento de renovación y perfección de la vida social desde el punto de vista de los valores humanos naturales. No hay, en este sentido, un factor de progreso más eficaz que la Universidad y cuyas consecuencias sean tan amplias en sus diversas repercusiones e inflexiones para el hombre de nuestros días.»[7]

Pero el conocimiento y la cultura no se generarían hacia la sociedad sin una actividad intelectual perenne, que es el aliento vital de la Universidad; esto es la investigación. En el diálogo académico y en la pluralidad de ideas de los universitarios se encuentra la simiente de la investigación. Esa constante actividad del intelecto por buscar, indagar y esclarecer cuáles son los caminos adecuados para encontrar la verdad filosófica, la norma más justa, la fórmula más exacta, el instrumento más útil, es lo que realiza la investigación. Profesores y alumnos convergen en ese reto intelectual de hallar los senderos de la verdad, de transmitirla y enfocarla, porque la sociedad exige respuestas, pero no hay respuesta adecuada si no existe una pregunta pertinente, y la investigación universitaria promueve la esencia de la pregunta para ubicar la respuesta adecuada. Pero la Universidad no debe ceder ante la tentación de dar preeminencia a la exactitud cientificista en las respuestas, sino ante todo, debe primero fomentar la reflexión discursiva en la pregunta para hallar por añadidura, la solución razonada en la respuesta.

Hacer investigación es darle vida a la Universidad. Por ello, la investigación como tarea intelectual del universitario, no debe sólo circunscribirse a la publicación de un artículo o al experimento en un laboratorio. Es un razonado quehacer constante que todos los que conforman el corpus universitario, desarrollado desde sus particulares ambientes de trabajo. En el día a día de la Universidad, la reflexión y el servicio a la verdad dan razón de ser al espacio vital universitario, como bien señala Alejandro Llano: «en el intenso silencio de las bibliotecas, en la atención concentrada de los laboratorios, en el diálogo riguroso de las aulas, en el servicio solícito de las oficinas y talleres. Todas esas tareas universitarias son, en último término, investigación: afán gozoso y esforzado por encontrar una verdad teórica y práctica cuyo descubrimiento nos perfecciona al perfeccionar a los demás.»[8]

La Universidad sin investigación es como un árbol seco que no da frutos, sujeto a las veleidades del tiempo y a los peligros de sus acechadores, porque la investigación son esas raíces fuertes que sostienen el árbol de la sapiencia universitaria, la cual genera conocimiento objetivo, que es el fruto más sustancioso para toda la sociedad. La investigación, por tanto, es la savia que recorre el follaje de la Universidad nutriendo de conocimiento no sólo a la institución sino a la sociedad a la que ella sirve.

Resultado de la investigación es el conocimiento que genera progreso, por ello la vida en la Universidad es continuo diálogo ordenado hacia el perfeccionamiento común. Se reflexiona para crecer, se educa para mejorar, se ejecuta para transformar. Bajo ese hilo conductor, la Universidad se erige como la piedra angular del progreso social teniendo así la responsabilidad de no detener su marcha intelectual, porque de hacerlo, también la sociedad correrá la misma suerte.

En la Universidad, por tanto, se enseña a las personas no sólo a pensar sino a crear, es decir, a trasladar materialmente todo el cúmulo de conocimientos que han sido adquiridos en el seno universitario y que deben llevarse a la práctica para transformar eficazmente a la sociedad. Pero no hay creación auténticamente eficaz si ésta no va respaldada por una serie de reflexiones que justifique el quehacer de lo creado. Desde la indagación filosófica hasta el rigor metodológico de las ciencias exactas, toda creación del intelecto humano implica una indagación no sólo de oportunidad técnica, sino sobre todo de fundamentación teórica. La técnica sin un soporte epistemológico no es más que un mero instrumento de utilidad efímero, pero cuando es empleada para un obrar que busque un beneficio en la colectividad entonces esa creación técnica cobra un auténtico sentido trascendente más allá de la materialidad con la que está formada. El valor de lo creado no se debe medir en cuanto a una suma monetaria, sino en cuanto a su utilidad humana, esto es, en cuanto beneficie al mayor número de personas.

La conciencia creativa de la Universidad no debe verse marcada así por una idea utilitarista, doctrina tan recurrida en la posmodernidad, sino ante todo, por una creación con visión y del hombre. Por ello, el acto de crear no debe ser orientado bajo una perspectiva crematística, sino más bien bajo una conciencia humanista. La verdadera creación útil para el hombre es resultado un acto de la inteligencia que identifica qué es aquello que verdaderamente requiere la sociedad y no un interés particular. Por ello, si a la creación se le da un sentido de trascendencia (valor que la Universidad debe inspirar), tanto más humana será. Como bien señala José Vasconcelos: «sólo en la Universidad podrá hallarse viva la sabiduría que orienta a los pueblos (…) y el universitario la cumplirá mejor si se mantiene leal a su universalismo que le representa los intereses del hombre como un todo jerárquico; por encima del homo faber y el hombre económico, el hombre inteligente y el hombre generoso.»[9]

El estudio en la Universidad, no debe ser vista como sólo una tarea, sino como una vocación de servicio. Los profesores, por ejemplo, deben encontrar en su labor una finalidad trascendente, esto es, no sólo informar sobre los conocimientos a los estudiantes, sino sobre todo, formar el conocimiento, porque en la Universidad se enseña no para acreditar una evaluación o materia, sino que se enseña para la vida, pues como puntualiza el filósofo Fernando Savater: «Quien pretende educar se convierte en cierto modo en responsable del mundo ante el neófito (…). Hacerse responsable del mundo no es aprobarlo tal como es, sino asumirlo conscientemente por qué es y por qué sólo a partir de lo que es puede ser enmendado. Para que haya futuro, alguien debe aceptar la tarea de reconocer el pasado como propio y ofrecerlo a quienes vienen tras de nosotros.»[10]

Por su parte los estudiantes deben ver a la Universidad no como una opción sino como un compromiso, porque, en efecto, ser estudiante universitario no es una “opción más para estudiar”, sino que es ser consciente de se estudia para madurar, para crecer en la vida y vincularse directamente con la sociedad. En los estudiantes universitarios se deposita la confianza para el futuro; en su formación están las auténticas propuestas de mañana. En su paso por la universidad se les facilita, mediante el conocimiento, una riqueza inconmensurable que deben saber asimilar y valorar en el presente y aprender a administrarla para el futuro.

A nadie se le obliga estudiar en la Universidad, pero aquél quien acepta voluntariamente ese llamado, sí tiene la obligación de comprometerse a tiempo completo a sus estudios, a esforzarse por adquirir la mayor cantidad de cultura general, a identificar sus áreas de especialización y a desarrollar cabalmente sus tareas de formación, donde aprendan de sus pares, dialoguen con los otros y humanicen su espíritu, no con una idea de utilidad efímera, sino con la idea de trascendencia intemporal. El esfuerzo y la disciplina deben ser un hábito común entre los estudiantes pues mediante ellos verán con esperanza y alegría el compromiso social que paulatinamente adquieren en su formación. Un alumno disciplinado y alegre hoy, es un profesional serio y comprometido mañana, porque lo que nuestra sociedad contemporánea urge ahora es esperanza ante la vida, esfuerzo en el trabajo y compromiso con la sociedad.

La misión de la Universidad radica, en suma, en crear ciencia con consciencia (cum-scientia), pero no una consciencia meramente científica, sino primordialmente humana. La cuestión de renunciar a una verdad trascendente y postular las verdades particulares, tan encarecidamente defendido por el relativismo contemporáneo, es un mal que no debe permear en la Universidad. El relativismo excluye el diálogo, limita la tolerancia y detiene el progreso. En este mundo actual, donde la «dictadura del relativismo» domina a las conciencias, y su postulado del “todo vale, todo se permite porque no hay una verdad absoluta”, se ha insertado con pretensiones incluso de ley moral. Esa doctrina excluyente «del otro», transgrede todos los principios del conocimiento universitario, porque universalidad del pensamiento no es dar cabida a múltiples subjetividades particulares, sino dar medida objetiva a los múltiples espacios de la experiencia humana general. Una Universidad que no postule a la verdad en su labor creativa, pierde su esencia y se convierte en un mero espacio de ideología que sólo defienda el concepto de utilidad.

En suma, hacer Universidad es una noble tarea, y es, ante todo un privilegio. Para el estudiante representa una oportunidad vital que le llevará a convertirse en persona de provecho, a dar a la sociedad frutos abundantes y de esa cosecha también recibirá grandes riquezas. Forjando su espíritu y templando su carácter, el estudiante universitario pone un ladrillo más en la noble tarea de la reconstrucción social. Por su parte, para el profesor universitario, hacer Universidad representa la oportunidad no sólo enseñar y aprender a buscar intelectualmente la verdad, sino sobre todo, de mostrar a los jóvenes a el camino certero en la búsqueda del bien; enseñarlos a ser nobles y felices, y con ello, a amar lo que verdaderamente es bueno y rechazar lo que es malo, como bien señalara Aristóteles «educar a un hombre es enseñarle el buen gusto en el obrar: amar lo bello y odiar lo feo.»[11] Por eso la Universidad es la cimiente filosófica por antonomasia. Ahí aprendemos realmente a amar el conocimiento.

Quienes formamos parte de la Universidad, como estudiantes, profesores o egresados, debemos sentirnos orgullosos de serlo y además, responsables de continuar la milenaria tradición universitaria que ha sido el motor de transformación del pensamiento, de la sociedad y del devenir humano. Como reza una de las estrofas del tradicional “Gaudeamus igitur”, elhimno universitario por excelencia, con casi ochocientos años de existencia: «Vivat academia, vivant professores, vivat membrum quod libet, vivant membra quae libet; semper sint in flore, semper sint in flore.» («¡Viva la Universidad! ¡Vivan los profesores! ¡Vivan todos y cada uno de sus miembros! ¡Resplandezcan siempre!»)

Héctor López Bello

Universidad Panamericana


[1] NEWMAN, John Henry, Acerca de la idea de universidad, Pablo Soler Frost (trad.), Libros del Umbral, México, 2002, p. 25.

[2] GAOS, José, “La filosofía en la Universidad” en Obras completas, Tomo XVI, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM, México, 2000, p. 272.

[3] JUAN PABLO II, Discurso con ocasión del VI centenario de la fundación de la Universidad Jaguellónica, Cracovia, 1997.

[4] LLANO, Alejandro, Repensar la Universidad. La Universidad ante lo nuevo, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2003, p. 15.

[5] ORTEGA Y GASSET, José, Misión de la Universidad, Editorial Alianza, Madrid, 2002, p. 12.

[6] ORTEGA Y GASSET, José, Misión de la Universidad, p. 16.

[7] MILLÁN PUELLES, Antonio, Universidad  y sociedad, Editorial Rialp, Madrid, 1976, p. 34.

[8] LLANO, Alejandro, Repensar la Universidad, p. 83.

[9] VASCONCELOS, José, “De Robinson a Odiseo. La Universidad” en Antología de textos sobre la educación, Editorial Trillas, México, 2009, p. 169.

[10] SAVATER, Fernando, El valor de educar, Editorial Ariel, Barcelona, 2006, p. 150.

[11] ARISTÓTELES, Etica Nicomaquea,  1138 b.

Publicado en: http://periodicofactor.com/2012/09/sobre-el-papel-formativo-de-la-universidad/

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