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El anuncio de Andrés Manuel López Obrador de abandonar a los partidos de izquierda que cobijaron a su movimiento político resultaba predecible luego de la validación de la elección presidencial por parte del Tribunal Electoral. Su camino se dirige ahora a buscar la creación de un nuevo partido que aglutine a las personas afines a su proyecto político. Los partidos de izquierda que apoyaron a López Obrador dicen no verse debilitados por la ruptura del líder visible de un sector de la izquierda y ello debería llevar a un proceso de auto reflexión al interior de aquéllos partidos, destacando desde luego el PRD, partido que representa mayoritariamente a la izquierda mexicana. Habrá que ver si, en los hechos, no existe realmente una coyuntura al interior de aquéllos institutos políticos y tal vez de los demás partidos.

Bien es conocida por todos la situación de la izquierda mexicana en los últimos lustros. Una ideología que no ha logrado cuajar institucionalmente y mucho menos, en las ideas. Lo más lamentable es que han sido sus propios líderes quienes se han encargado de ir desmembrando la verdadera vocación de la izquierda en el sistema político mexicano. Ahora con esta nueva fragmentación se presenta la oportunidad histórica de la izquierda de buscar un verdadero proyecto común que consolide a la izquierda mexicana como un auténtico referente de la democracia partidista en nuestro país.

Pero ésta contagiosa enfermedad de la “fragmentación” ha contagiado también al PAN, instituto político que también, a su interior, se ha visto envuelto por desacuerdo de liderazgos quienes no han sido capaces de asumir los costos de las derrotas políticas ni de proponer un nuevo rumbo institucional. La derecha ilustrada que tanto benefició al cambio democrático en nuestro país por décadas, sufre ahora de una terrible amnesia acerca de sus principios fundacionales y de las ideas de quienes pugnaron abiertamente con ideas el cambio democrático en México.

En suma, las ideologías de la derecha y de la izquierda mexicana se encuentran hoy sin una ubicación precisa en el plano cartesiano de la política nacional. Nada hace más daño a una democracia representativa que los partidos políticos se encuentren fragmentados a su interior. Y esta cuestión debe preocuparnos a todos los ciudadanos de manera directa, pues dichos partidos serán la “oposición” política de la próxima administración federal, y en la creciente democracia en la que se encuentra nuestro país, lo que urge de manera inmediata es una oposición reflexiva, institucionalmente bien concebida, con proyectos alternativos y auténticamente propositivos a los que el Presidente entrante y su partido presenten. En una democracia madura es tan importante ser un partido de oposición como ser un partido gobernante. Pero una oposición no logrará serlo del todo si no asume su papel de constructor del diálogo, de contrapeso del poder y de proponente de vías alternas de solución a los conflictos nacionales.

Si bien es cierto que los dirigentes nacionales de del PRD y del PAN han reconocido formalmente la designación del Presidente electo, e incluso ya han tenido un acercamiento directo con él, también lo es que aún no han tenido un acercamiento claro con sus electores, con las personas quienes les dieron su confianza en el voto y a quienes finalmente les deben los escaños de poder que conservan. Pero ese diálogo no se dará de manera abierta si no hay un proceso arduo de revisión de sus estructuras internas y de la búsqueda auténtica de una transformación adecuada para los tiempos políticos que México verdaderamente exige. De nada sirve comprometerse trabajar abiertamente con la siguiente administración si no hay un compromiso al interior de consolidarse plenamente como una auténtica oposición.

Y de todo ello quien más fortalecido emerge, no por méritos propios, sino por un efecto colateral, es el PRI, partido que vuelve al poder y quien se encuentra ante la encrucijada histórica de demostrar a la nación que efectivamente se trata de un nuevo partido, fortalecido a su interior, renovado en sus principios y que ha dejado atrás las prácticas políticas tan deleznables que lo mantuvieron en el poder por más de setenta años. Habrá que ver si el PRI verdaderamente es una nueva opción de gobierno o simplemente se trata de un nuevo maquillaje para repetir viejas fórmulas del poder. La duda razonable queda ahí, pero la esperanza de un viraje institucional alienta a seguir trabajando a los partidos de oposición y a los ciudadanos en un papel crítico-constructivo por una mejor nación.

Pero tal vez lo que resulta más preocupante que la fragmentación al interior de los partidos es la fragmentación a nivel social. No nos hagamos de la vista ciega cuando en la calle, entre la ciudadanía, aún sobrevive una visible fragmentación. Los grupos que buscan espacios de control social siguen pugnando por privilegiar la división antes que el diálogo. Las posturas radicales que varios sindicatos han mostrado ante las iniciativas de reforma laboral presentadas ante el Congreso por el Presidente de la República manipulan la esencia de la misma y pretenden hacer ver que no se legisla para el beneficio de los trabajadores sino de los patrones, cuestión que no resulta del todo verdadero porque la reforma es integral y pretende dar un enfoque real lo que la situación laboral en México requiere. Los grupos de estudiantes del decadente movimiento del #YoSoy132 también hacen eco de aquéllas posturas y no están abiertos a un diálogo constructivo. Y qué decir de los fanáticos religiosos de la autodenominada “Nueva Jerusalén” que quieren imponer sus ideas maniqueas dividiendo a una población con falsas ideologías, abusando de la ignorancia del pueblo y socavando el Estado de Derecho. O bien las interminables luchas de poder entre la delincuencia organizada que diariamente arrojan una cantidad lamentable de muertos y que siguen sumiendo a la población en una interminable incertidumbre. Ejemplos de fragmentación social sobran en estos días en los que la población se muestra más incierta que convencida de que un cambio social es posible.

En suma, un primer paso que se puede dar es la búsqueda de un fortalecimiento al interior de los partidos y una primacía de la interlocución, para que desde la institucionalidad partidista paulatinamente se vaya contagiando a todo el aparato político nacional y con ello se privilegie la construcción del consenso y el diálogo en los disensos. Pero no dejemos toda la tarea a los partidos y los grupos de control social que aparentemente no pretenden romper esta fragmentación. Cada ciudadano, desde su trinchera personal, esto es, el trabajo, la escuela, el hogar, etc., debe construir ahí vías de cambio honesto y consolidar así los grupos sociales primaros, porque mientras olvidemos que dejamos de lado nuestras obligaciones sociales más básicas también somos parte de la fragmentación que muchas veces criticamos y que tal vez inconscientemente, con nuestra indiferencia, seguimos fomentando. 

 Héctor López Bello

Publicado en http://periodicofactor.com/2012/09/la-coyuntura-en-el-nuevo-rumbo-nacional/

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