«El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho…»

Don Quijote 

La marcha cotidiana con la que muchas veces avanzamos generalmente nos priva de uno de los placeres más deleitables, esto es, la lectura. Cuando leemos agilizamos la característica más humana que tenemos y que nos diferencia de los animales no racionales: la imaginación. No en vano Aristóteles decía que uno de los cuatro sentidos que son exclusivos del hombre es precisamente la imaginación. ¿Cuántas veces no hemos perdido esa capacidad, no sólo intelectual, sino hasta lúdica, de trasportar nuestra mente a lugares y escenas lejanas sin movernos de nuestro lugar? Tal vez las más de las veces, y mientras mayores nos vamos haciendo con más facilidad denostamos a nuestra imaginación. Un signo inequívoco de que nos hacemos viejos, no del cuerpo, sino del alma, es la pérdida de la imaginación.

Leer es una oportunidad de rescatar esos elementos humanos que nos identifican y que nos dan identidad. Mientras más leemos, nuestra mente se agiliza, nuestro vocabulario se enriquece, nuestra cultura se fortalece y, desde luego, nuestra imaginación nos motiva. Científicamente está comprobado que quien lee cotidianamente, tiene mayor capacidad sináptica y es menos propenso a sufrir demencia senil a tempranas edades. Así que, incluso por una cuestión médica siempre será recomendable tener como compañero de viaje a un libro.

Pero lejos de la ciencia y de las conexiones neuronales, y hablando en términos más de lo cotidiano, la lectura proporciona un sentido de satisfacción que sensibiliza más a nuestro espíritu. La experiencia de tomar un libro, abrir sus páginas, oler la tinta con que fue impreso e iniciar las primeras líneas, es una vivencia personal que te hermana con el texto. Se da un encuentro personal no sólo con el autor, sino con cada personaje que vamos descubriendo y, al penetrar más y más en la obra nos sentimos incluso parte de ella. Por eso, para quien ama a los libros, queda claro que iniciar la lectura de uno nuevo implica una oportunidad personal de salirse de sí, para reencontrarse consigo mismo. Como bien resumiera José Vasconcelos: «un libro, como un viaje, se empieza con inquietud y se termina con melancolía»; esto es evidente porque un libro marca al espíritu del hombre.

En la moderna sociedad de la información, en ésta “aldea global” en la que vivimos y hemos deshumanizado al hombre, también hemos perdido la capacidad de asombro. Pero ¿por qué la perdemos? Porque ya no imaginamos. Estamos en un mundo de lo fácil y de lo efímero; del sin sabor de la vida y del hedonismo particular. Vivimos tan de prisa que no nos detenemos ni siquiera a mira hacia dentro de nosotros mismos, y por ello, tampoco tenemos la capacidad de mirar a los demás. En la calle, llena de autos y de gente, caminan miles de personas pero no hay comunicación; no son miles de almas juntas, son miles de soledades reunidas. Cada uno se ensimisma; no importa escuchar al de al lado, sólo escuchar lo que el ipod programe. En las aceras y en las plazas, todo mundo camina con la cabeza hacia abajo; nadie mira a los ojos al otro porque prefieren ver la pantalla de un celular antes que el rostro de una persona. Si se trata de conversar, ya no se hace con palabras ni con gestos, sólo mediante mensajes e íconos que se transmiten mediante un chat. ¿Cuántas veces en los cafés no vemos a parejas sentadas, ignorándose el uno al otro, porque prefieren actualizar su estado en el facebook antes que actualizarse en el estado sentimental del otro? Así es nuestra moderna sociedad. Es una comunidad de la instantaneidad de una pantalla, de la frivolidad de una red social, de la impersonalidad de un mensaje de texto. Y todo ello se debe a que hemos perdido la capacidad de imaginar.

Afortunadamente existe una medicina infalible contra esa desgastante enfermedad, que es la cotidianeidad, y la cura está en retomar el hábito de la lectura. No hay que temer a esas dosis de inoculación de cultura, que mucho bien nos harán. Un libro es una experiencia vital que merece la pena vivir y de la cual, cuando uno encuentra el cauce, difícilmente se puede perder.

Un buen libro nos da ese hálito de imaginación que inspirará nuevos rumbos. Vale la pena dedicar una tarde a la lectura, visitando una biblioteca o ir de compras a una librería, porque un libro nunca será un gasto, siempre será una inversión. Un buen libro es como un buen amigo de cuya charla siempre sacamos algo que nutre a nuestra conciencia, y hoy más que otro momento, necesitamos auténtica conciencia crítica en este mundo de desgaste moral. Ya en el siglo XIII sentenciaba con prudencia el rey Alfonso X, El Sabio: «hay cuatro cosas viejas que siempre hay que guardar: leña vieja para quemar, vino viejo para beber, viejos amigos para charlar y viejos libros para leer…»

La venda que cubre los ojos con la ceguera de la ignorancia, sólo se quita mediante la lectura, porque quien más lee, más conoce. La claridad en el razonamiento se magnifica cuando dicho hábito se vuelve una virtud. No dudemos en tomar un libro, en preguntar a quien sabe, en recomendar a quien lo solicita y a incentivar ésta tarea. Hay que dejar que nuestra imaginación vuelva a florecer para retomar la inocencia con la que veíamos el mundo como cuando éramos niños y veíamos en cada día una aventura por vivir, y hoy podríamos afirmar que, leyendo, cada libro es una cultura por revivir. ¡Feliz lectura!

 Héctor López Bello

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