No importan, en esta pretendida democracia mexicana, los votos en las urnas, ni la participación de los ciudadanos, ni las Instituciones legalmente creadas para salvaguardar la voluntad de la gente. De nada sirven los debates, ni los foros académicos, ni las movilizaciones de los estudiantes. Todo ello ha sido un desperdicio en nuestra democracia, si el fraude electoral para el próximo 1 de julio ya está sentenciado por el candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador. En su personal perspectiva, él ya ganó la presidencia de la República; otro resultado diferente se deberá al fraude electoral.

El discurso que en los últimos días ha venido postulando el político tabasqueño hace ver que para él, no tienen importancia lo que las encuestas reflejan; al fin y al cabo López Obrador tiene sus propias encuestas (mismas que nunca ha dado a conocer) y donde, desde luego, aparece como victorioso en las preferencias electorales. Y, si las encuestas no importan, pues menos importarán los resultados el día de la elección, porque en su personal imaginario, él ya ganó. Luego entonces, todo resultado que altere su propio resultado, será algo dudoso y, por tanto, sólo un fraude electoral podría determinar unas cifras donde el candidato de la izquierda sea perdedor en las elecciones. Así opera la lógica de AMLO, un maniqueísmo político del todo o nada, donde o es todo para él o nada es democrático.

No cabe duda que todas las encuestas coinciden en un repunte del candidato de la izquierda, pero sí existe una duda razonada en determinar si efectivamente él es el puntero en las preferencias electorales y, según lo visto hasta ahora, el candidato del PRI sigue al frente en la mayoría de ellas. Los números de AMLO y los números de las encuestadoras más serias del país no coinciden, y esto se debe a la lógica del propio López Obrador, porque él nunca coincidirá con aquéllos quienes no le den la razón. Hay, en la izquierda lopezobradorista, una exclusión del diálogo y un argumento esimismado en sus propias conclusiones.

Ya sutilmente ha apuntado que no cree en el IFE como árbitro de la contienda electoral, porque “sólo cree en los ciudadanos”. Insiste en el “potencial peligro de que se repita el fraude de 2006” y que “no se respete la voluntad popular”. Entonces de nada sirve que a los mexicanos nos haya costado tanto dinero y tanto esfuerzo democrático en consolidar a una institución que vele por la equidad electoral, como lo es el IFE, si de antemano un candidato ya lo ha descalificado.

El propio IFE ha demostrado con hechos contundentes que la posibilidad de que exista un fraude electoral el próximo 1 de julio es realmente lejana. El sistema informático con el que cuenta, la infraestructura personal y material y, sobre todo, la confianza de la ciudadanía en ese Instituto electoral son un respaldo que bien puede garantizarnos que la voluntad popular sí será respetada.

Si el IFE ha consolidado su estructura ¿a qué fraude electoral hay que temer? Tendría que suceder algo tan descarado y vergonzoso como aquélla fatídica noche para la democracia mexicana del 6 de julio de 1988, donde mágicamente “el sistema se cayó”, por lo que los votos no pudieron contabilizarse y se logró el resultado que ya todos conocemos. ¿Ese es el fraude al que AMLO le teme? Si es así, López Obrador debería estar sumamente tranquilo, porque el artífice de aquélla ignominiosa jornada es ahora uno de sus más férreos defensores, nada más y nada menos que Manuel Bartlett Díaz, ex Secretario de Gobernación en 1988, autor de aquél fraude, y ahora candidato al senado por la izquierda en el Estado de Puebla. Entonces que no tema López Obrador porque el maestro de los fraudes electorales, ahora trabaja para él. ¡Vaya paradojas que tiene la vida política en nuestro país!

La maniquea actitud de López Obrador no es nada benéfica en una pretendida democracia, porque genera más desconfianza e incertidumbre en los ciudadanos quienes sí queremos unas elecciones limpias no sólo el día de la jornada electoral, sino en los días por venir. Una verdadera democracia respeta el resultado de las urnas. Un verdadero estadista sabe reconocer su victoria pero también sabe aceptar su derrota. Y ojalá los cuatro candidatos sigan esa premisa para que sean los electores, y no los Tribunales, quienes decidan quién gobernará a nuestro país los próximos seis años.

Si López Obrador gana en las elecciones, bienvenido sea ese resultado para la democracia mexicana. Si no gana, ojalá y respete la voluntad de los ciudadanos quienes decidieron elegir a otro de los candidatos. Lo importante es que sea declarado ganador quien legítimamente recibió la mayor cantidad de votos en las urnas. Respetando ese resultado podremos decir que la democracia se garantiza.

Nuestra democracia estará auténticamente consolidada cuando exista una verdadera alternancia en el poder, sin violencia y sin impugnaciones legales. Mientras sigamos jugando el juego del miedo a la alternancia en el poder, nunca avanzaremos como país democrático. Cuando tomemos el ejemplo de países como Francia, España, Inglaterra o el mismo Estados Unidos, donde los partidos alternan en el poder y no se presentan momentos violentos, generando en la ciudadanía un sentido de respeto a sus instituciones y una confianza en saber que su voto será respetado, entonces podremos hablar verdaderamente de una democracia electoral consolidada. Mientras tanto, sólo nos quedamos con una pretendida idea de lo que una democracia electoral idealmente significa.

Los discursos triunfalistas y los discursos fatalistas sólo merman el sentido democrático y en nada ayudan a fortalecer a las instituciones. El que un candidato se sienta triunfador sólo por el hecho de que encabeza muchas encuestas, o porque en sus propios sondeos se asume como puntero, no le autoriza para autodenominarse como legítimo ganador. Cada vez que un candidato se presuma como ganador, el único que pierde es el elector porque lo menoscaba, lo ningunea y le hace ver que su voto, si no es el sentido que el candidato quiere, estará de origen viciado. De ahí la gran responsabilidad que tienen los cuatro candidatos cada vez que hacen declaraciones apresuradas en cuanto a los resultados electorales.

Desde luego, Enrique Peña Nieto, puntero en las encuestas, se ha visto sumamente irresponsable en su campaña proclamando a los cuatro vientos que “sabemos que va a cumplir”. Esa hipérbole de la retórica política no es ninguna garantía de compromiso, y nadie consta que de verdad cumplirá en caso de ser electo como presidente de la República. Ojalá así sea, pero de no hacerlo, los ciudadanos tendrán todo el derecho de exigirle una responsabilidad fuerte ante su compromiso no cumplido. Tampoco ayuda en nada a tomar con seriedad la jornada electoral las declaraciones de la candidata Vázquez Mota quien invita a las mujeres a “castigar” a sus maridos si no votan por ella. Es realmente lamentable el nivel de discurso en el que los políticos han caído por sumar algunos puntos en las encuestas.

Pero más preocupante resulta el discurso reciente de López Obrador quien ya ha dejado de proponer y de comprometerse, porque para él la elección ya está resuelta a su favor. Su discurso versa en la famosa “fiesta cívica del 1 de julio” donde él ganará la Presidencia, y que de no hacerlo sólo “informará a la ciudadanía”, pero ¿informarnos de qué? Seguramente del “fraude electoral” que se gestó en su contra. Bajo este aspecto, López Obrador ha mostrado muy poca prudencia al autoproclamarse ya como triunfador denostando a priori un resultado electoral que aún no conocemos. Ello ha generado un ambiente de incertidumbre y encono entre sus simpatizantes y adversarios que no está ayudando en nada al buen desarrollo de la jornada electoral.

La prudencia con la que los candidatos deben dirigir su discurso en ésta última semana de campaña debe estar marcada en no declararse como ganadores antes de conocer la verdadera voluntad del pueblo, por mucho que las encuestas les beneficien o perjudiquen numéricamente. La madurez de un político no se mide por la fuerza de su discurso sino por su actitud y responsabilidad de respeto al pueblo y a las instituciones Las elecciones no se ganan con impugnaciones ante el Tribunal Electoral. Las elecciones se ganan con propuestas y con ideas.

Ojalá que por fin lleguemos a una jornada electoral donde el ganador se dé realmente en las urnas y no en las calles; donde el vencedor se declare institucionalmente con el voto y no con una decisión del Tribunal Electoral. Si se respeta realmente lo que el pueblo decida, sea quien sea el candidato vencedor, habremos hecho auténticamente democracia, porque de otra forma, esa falta de respeto en sí ya encierra un desdén por la democracia, y tangencialmente sí habrá un “fraude electoral”: no respetar la voluntad popular general manifiesta en el voto.

 Héctor López Bello

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