“He aquí, Profesores, una importante lección que debéis repetir:

¡enseñad a leer y enseñad a sonreír!”

José Vasconcelos, 1920.

a mis maestros, en las aulas y en los libros, porque por ellos encontré mi verdadera vocación en la vida.

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No existe labor más noble y más gratificante que dedicar la vida a enseñar otros. La experiencia de compartir lo vivido y lo aprendido con aquéllos quienes confían su devenir en los conocimientos del docente es un tesoro que día con día se va acumulando y que, por fortuna, es algo invaluable. Ser maestro es un título que trae implícito una riqueza espiritual pero también una nobilísima responsabilidad de convertirnos en referentes no sólo para los educandos, sino también para la sociedad en general y de esa labor se desprende la ruta más importante que cualquier nación debe tomar como prioritaria: la educación de los ciudadanos.

La auténtica riqueza de un país no se mide por los parámetros macroeconómicos o en su crecimiento tecnológico, sino por la manera en la que sus ciudadanos están siendo educados, porque el verdadero motor de la economía no está en la tecnología sino en el conocimiento. Pero para generar conocimiento es preciso educar con calidad y sobretodo, educar con valores que finalmente son los verdaderos cimientos morales de toda sociedad. Y es en esa tarea donde los maestros tienen la encomienda del espíritu nacional por forjar buenas personas y honestos ciudadanos. Sin duda, esa aspiración es la que con mayor urgencia demanda México en la actualidad, y sus maestros son el motor intelectual que debe encauzar el rumbo de nuestro país.

Para aquéllos quienes hemos tenido la fortuna de ejercitar la labor docente, sabemos que no es una tarea fácil, pero también que es de las labores más gratificantes para el espíritu. Preparar una clase, evaluar objetivamente a los alumnos, incentivar el estudio, ser ejemplo de esfuerzo, motivarlos a tener metas a largo plazo, son elementos que requieren una auténtica vocación; y al ver los resultados de la enseñanza en el crecimiento intelectual y moral de un estudiante uno siente que su tarea ha logrado buenos frutos. No hay nada más gratificante que una frase al final del curso de algún alumno diciendo “gracias profesor porque he aprendido”, y ¿cuántas veces también nosotros no hemos dicho esa frase? Porque todos somos, de alguna forma también hechura de nuestros antiguos y actuales profesores.

Ser profesor no es sinónimo de poseer toda la sabiduría, al contrario, es ser conscientes de que en la formación continua está la excelencia, porque los alumnos requieren y merecen clases cada vez mejor preparadas. No es caer en la falsa apreciación de pensar que el profesor todo lo sabe, porque al estar al frente de una clase, el maestro también aprende de sus alumnos gracias al constante diálogo que se genera entre educador y educando. Por ello, el profesor debe ser humilde con sus alumnos pero magnánimo en la enseñanza y en el conocimiento. Debe ser consciente que la enseñanza es una labor trascendental para el hombre porque en ella siembra la semilla que oriente a la sociedad. Todo esto también he aprendido de mis alumnos.

Nadie puede decir que ha dejado de aprender y que no enseña a alguien más, por eso todos, aunque no estemos al frente de un aula de manera cotidiana, somos maestros, porque siempre hay alguien a quien enseñar, alguien con quien compartir, alguien a quién guiar; desde la familia, la comunidad o el trabajo, debemos ser, con nuestro ejemplo de vida, también referentes para que los otros aprendan, generando con ello una constante actividad de crecimiento no sólo intelectual, sino moral. Sabemos que la primera escuela está en la familia, que los padres son los primeros educadores, pero cuando salimos de casa, la escuela de la vida nos exige seguir aprendiendo y continuar compartiendo lo que hemos aprendido en el seno de la familia y en el aula del colegio.

Es por eso que la labor más ardua que los maestros realizan es ser la conciencia viva de la sociedad. En efecto, el maestro debe aprender a mover las conciencias de los alumnos, a fomentarles el espíritu crítico, a incentivar una ambición propositiva, a generar un núcleo de comunicación que siembre en ellos valores más importantes y trascendentes que el que las matemáticas, la biología o la gramática ofrecen, porque el verdadero maestro no informa sino que verdaderamente forma. El profesor debe fomentar valores en el espíritu y en la alegría a los educandos; inculcarles el respeto hacia sí mismos y a los demás, el amor a la patria, el compromiso social, el anhelo de progreso, la honestidad para con el otro. Sólo de esa manera nuestro país logrará mejores resultados a futuro.

En los momentos de crisis moral que vive nuestro país, el maestro debe ser la conciencia crítica de la realidad nacional. Sólo bajo su liderazgo los jóvenes podrán darse cuenta de qué factores deben ser resueltos, cómo cambiarlos y por qué dar un nuevo rumbo al país. El dominio de la violencia y la dictadura del relativismo que vive nuestro México, son resultado de una crisis de valores que desde las aulas tienen que ser retomados. El maestro tiene un doble compromiso: con sus alumnos, por generarles el conocimiento crítico debido y, con la sociedad, para heredarles ciudadanos honestos y comprometidos. Aquí toma significación aquellas aparentemente lejanas palabras que esbozó José Vasconcelos, el Maestro de América, en su discurso a las maestros en 1924, pero que hoy siguen teniendo plena actualidad: «Si persevera y cumple de verdad su misión moral, tarde o temprano el maestro reemplazará en el mando al soldado y entonces comenzará a civilizarse México. No dejéis, pues, caer las manos en señal de impotencia; ni el pensamiento se doblega, ni la virtud se rinde. Las almas nobles conquistan los fines eternos; la conciencia clara posee la visión de éste mundo y del otro.»

No es tarea fácil, pero la vocación docente impulsa a todo. Si se tiene la convicción y la esperanza que en la educación está la verdadera riqueza de nuestro México, los resultados derivados del trabajo se darán de manera natural. Por ello, también en toda la sociedad está el reconocer y celebrar a sus maestros, esos guardianes del conocimiento y custodios de la tradición. Ellos son los verdaderos héroes que han forjado a México, ellos son los depositarios del progreso y los titulares de la conciencia moral. Celebremos a todos los profesores quienes nos han guiado y nos siguen enseñando, nuestros queridos maestros, los que lo son por vocación, los que con sus clases nos han enseñado a reír, a imaginar, a luchar, pero sobretodo, a concretar metas en la vida con un compromiso social. Gracias Maestro por ser la piedra angular del crecimiento de México.

 Héctor López Bello

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