Etiquetas

 No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres…

Image

«Nací y vivo en México. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta…» Así iniciaba Carlos Fuentes su emblemática novela “La región más transparente” publicada hace cincuenta y cuatro años. Eran los inicios literarios de quien se convertiría en uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana, el escritor que sería referente en la conciencia intelectual del país. Hoy vivimos la tragedia de la pérdida irreparable de Fuentes, pero esto no es grave, porque su legado intelectual le hace afrenta a cualquier tentación del olvido para quién fue uno de los mejores cronistas de nuestra realidad.

Las letras nacionales se visten de luto, en efecto, por la pérdida física de Don Carlos, pero a la vez, la cultura mexicana se siente engrandecida porque ingresa a su panteón de literatos una de las más geniales plumas que supo describir en sus novelas a todos los Méxicos: desde el barrio hasta la casa de las Lomas, desde el aula rural a la cátedra universitaria, desde el obrero hasta el empresario, desde el general revolucionario hasta el presidente tecnócrata, desde el niño de la calle hasta la madre que trabajaba, desde la prostituta hasta la reina de belleza, desde el consuetudinario pecador hasta el más piadoso de los predicadores, desde la ficción de los fantasmas y vampiros hasta la realidad política y social de nuestro país… así escribía Carlos Fuentes, sin tapujos y sin cortapisas. Su materia prima fue la realidad, su germen de inspiración siempre fue México, elementos que supo convertir en ficción sin perder en ningún momento ese hálito de verdad.

Nada tenía que envidarles a sus entrañables Balzac, Faulkner, Goethe y desde luego, Cervantes. Y aunque muchos fueron sus modelos literarios, porque era un tenaz lector que no dejaba páginas sin leer, fue el Quijote quien mejor le inspiró para crear sus propios molinos de viento. Fuentes fue como el caballero de la triste figura, un Hidalgo de esos de lanza y adarga, un aventurero sin límites, un soñador a veces inalcanzable. Carlos Fuentes siempre supo que en la imaginación de las letras estaba escondida la verdadera realidad humana y con grandeza supo trasmitirla. Sus mejores novelas nunca sucumbieron al paso del tiempo porque cada una de sus letras goza de la intemporalidad de la imaginación. Fue un garante de la cultura, prolijo esclavo de las letras; hombre de interminables ideas y de trabajo constante. Escribía como los clásicos, con papel y pluma y nunca olvidaba su vieja Olivetti a la que prefirió mil veces antes que sucumbir a la tentación del procesador de textos de una moderna computadora, porque Fuentes no tenía miedo al tiempo; su taquigrafía era tan actual como cualquier red social.

El tiempo lo vio nacer y el tiempo lo vio hacerse eterno. Su ciclo de novelas, a las que él mismo tituló “Las edades del tiempo”, parecían no tener final, porque el tiempo nunca fue enemigo de Fuentes, sino su eterno aliado, el cómplice perfecto para retratar la imaginación en medio de las páginas. Aunque le faltó tiempo para culminar la gran novela mexicana, nos dejó el ejemplo de que el tiempo no hace estragos, sólo nos hace más humanos.

Eterno candidato para el Premio Nobel de Literatura, no necesitó de ese reconocimiento para que fuera leído en más de treinta idiomas. Su literatura nunca conoció fronteras. Obtuvo todos los premios literarios que cualquier escritor puede alcanzar. Pero su mejor reconocimiento, así lo decía, estaba en nosotros, sus fieles lectores quienes degustamos insaciablemente todos sus libros y que, desde luego, lo seguiremos leyendo con la misma ilusión con la que iniciábamos la lectura de la primera línea de cada una de sus novelas. ¿Quién no se imaginó mundos paralelos de amor con Aura? ¿Cómo no sentirse conmovido con La muerte de Artemio Cruz? ¿Quién no se identificó con alguna escena de Gringo Viejo o de Las buenas conciencias? ¿Alguien no reconoció su rostro en Los días enmascarados o en Cristóbal nonato? ¿Acaso alguno no se vio reflejado en El espejo Enterrado? ¿Y cómo no querer ser el valiente que cruce La frontera de cristal? Así, aunque sus obras completas materialmente quepan en una gran repisa, sus ideas son interminables y  trascendentalmente más voluminosas para cualquier librero; a éstas le faltaron muchas páginas para seguir emocionándonos.

Image

Conocí a Fuentes a mis catorce años. Desde la primera vez que leí Aura supe que parte de mi vida la dedicaría descubrir el misterio de las letras. A partir de entonces me hice un ávido lector de novelas y mi único hábito constante ha sido la lectura. Eso se lo debo a Fuentes. Casi he leído por completo toda su obra, pero los libros faltantes ya aguardan en mi mesa de noche. Tengo mis favoritos y otros los leí con cierta reserva, pero no hay uno solo que no ocupe un lugar privilegiado de mi estantería literaria. Tuve la oportunidad de conocerlo y platicar con él en numerosas ocasiones. La larga espera para que me firmara sus libros (he contado en mi librero más de veinte títulos con su autógrafo) se veía recompensada en su cálida amabilidad y su sincera palmada. Llegó a reconocerme y a llamarme por mi nombre aunque nunca leyó nada de lo que escribí (mis trémulas letras jamás alcanzarían la gloria de aquél escritor).  Pero yo no necesitaba que Fuentes me leyera, porque mi única necesidad era leerlo a él más y más, y aprender a asimilarlo, a citarlo en mis trabajos, a disentir con su cordura y a coincidir con su locura. Nadie que haya conocido a Fuentes podía quedar indiferente ante su genial inteligencia.

Extrañaré al escritor, al creador de historias que le dio un aliento a las letras mexicanas, pero a quien más extrañaré será al intelectual que generaba polémica cada vez que tomaba un micrófono, al generador de conciencias nacionales, al crítico del poder y al cronista de las costumbres. El espacio que deja vacío como intelectual, como pensador de la vida nacional, será un lugar que tardará mucho en ser llenado. Su ausencia, por ello, no es eterna sino que es una efímera distancia, porque Fuentes supo recrear, junto con Octavio Paz, lo que debe ser un verdadero intelectual, la conciencia crítica de una sociedad. Su legado paulatinamente rendirá frutos en los visionarios de la cultura del cambio y del amor por México. Desde el paraíso de las letras Fuentes y Paz nos miran, riéndose de aquéllos quienes alguna vez han pretendido ser la voz crítica del país, pero que sólo lo han sumido en la incertidumbre. Esos falsos profetas de la cultura son poco menos que los personajes de las novelas más conocidas del escritor.

A mí me hiciste pensar, querido Carlos, que la distancia entre la ficción de la novela y la fábula de la realidad es más delgada que el trazo de una pluma. Tengo que volver a leerte para saber que el México de hoy ya dejó de ser una situación para convertirse en una novela de subgéneros variados, donde los personajes malvados a veces son más voraces que los ficticios, pero que los buenos ciudadanos son siempre los auténticos protagonistas, héroes épicos de cualquier tiempo. Tengo que volver a leerte para saber que éste México actual  tiene que dejar de ser una novela para convertirse en una realidad, aunque nos harás falta para que seas el cronista de ese despertar nacional.

No te has ido Maestro Fuentes, porque hoy volvimos a charlar de algo siendo tú el protagonista. ¿Recuerdas nuestra última plática en Madrid? Prometiste volver a firmarme otro libro en alguna otra ciudad que nos viera crecer. Seguramente desde la eternidad donde ya te encuentras escribes ya alguna historia que cualquier peatón de los libros pueda entender de vez en vez. Y aunque no tenga tu autógrafo más reciente, recientes siempre han sido las historias que entre páginas me contaste. Por eso no te has ido, querido Maestro; permaneces en la imaginación de quienes te leímos con afecto y ahí vivirás en éstas edades del tiempo. Gracias Carlos Fuentes. Nosotros nos quedamos aquí, en éste tu México, pero tú disfruta el Premio Nobel de la inmortalidad. Algún día, en alguna página, allá en el cielo de las letras nos volveremos a encontrar, porque como concluyeras tu egregia novela La región más transparente: «Aquí nos tocó. Qué le vamos hacer. En la región más transparente del aire…»

 Héctor López Bello

Anuncios