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Ahondar más sobre el contenido temático del debate presidencial y la actitud de los candidatos, resulta a estas alturas incluso agotador; las encuestas sobre las tendencias de intensión en el voto no muestran variables significativas de lo que previo al debate mostraban; los convencidos en votar por algún candidato no variaron su postura, y los indecisos, al parecer, están aún más indecisos. De lo que sí merece la pena hablar es de pobre la actitud frente al verdadero diálogo político.

En efecto, luego del debate, el sinsabor que en el electorado quedó sobre las pobres presentaciones de los candidatos (al menos de los punteros), han propiciado más incertidumbre que certezas sobre cuál es el rumbo político de nuestro país y en manos de quién estarán las decisiones de nuestra nación. No ha existido, por parte ningún candidato y de sus equipos de campaña, la buena voluntad de reconciliarse con el electorado y sí en cambio de lanzar nuevos y fuertes embates en contra de sus adversarios políticos, lo cual únicamente promueve una esfera de discordia y de incertidumbre. Siguen mirando por el bien de sus propios proyectos de partido, por deslindarse de sus “padrinos” políticos y de los excesivos gastos de sus gestiones gubernamentales, por crear debates particulares o por presumirnos sus “pactos” con las mujeres y los jóvenes. En suma, el mensaje que siguen enviando al electorado es un testimonio de egoísmo electoral y poca visión de un diálogo incluyente y cumunitarista con miras a un bien mayor.

En una contienda electoral, resulta normal que los políticos se encierren en sí mismos y en sus propuestas particulares y que esa tendencia la transfieran hacia sus simpatizantes (electores a quienes ya tienen garantizados), pero olvidan que su discurso debe ir dirigido a toda la ciudadanía, independientemente de los colores partidistas, pues su proyecto de gobierno no tiene que una propuesta de partido, sino una propuesta de nación. Por ello resulta lamentable que el nivel del diálogo político, posterior al mal llamado “debate”, tenga un detrimento en las ideas en lugar de haber encontrado un ímpetu y nuevas inquietudes para la construcción de nuevos espacios de comunicación.

Pero a los políticos no los podemos cambiar, por naturaleza son ambiciosos del poder —incluso aquéllos políticos que simpáticamente se autocalifican como candidatos ciudadanos— y desde su palestra olvidan a los verdaderos ciudadanos. Quienes sí podemos y debemos enriquecer el diálogo somos los que conformamos al pueblo mexicano, todos aquéllos quienes hacemos la polis nacional y por añadidura también hacemos política (la polis-oikos, o lo que interesa a la ciudad, según nos explicaron magistralmente hace siglos los antiguos griegos).

Es triste pensar que los ciudadanos no podemos hacer política porque eso “sólo lo hacen los gobernantes y todos son iguales”. Tomar esa actitud implica un derrotismo ante el poder de los pocos y de indiferencia para con los demás, porque todos de alguna forma, también gobernamos y somos gobernados en las esferas sociales donde convivimos, como la escuela, el trabajo, la comunidad, etc. Ahí también debemos hacer diálogo, intercambio de ideas y tender puentes de unión para un bien generalizado. Hacer política en éstos tiempos, tampoco es lanzar campañas descalificativas y muchas veces sin fundamente mediante la comodidad de las redes sociales en un debate previamente excluyente del otro y sin intensión de resaltar las coincidencias y en cambio, maximizando las divergencias. Y desde luego, hacer política no implica tomar una actitud de indiferencia y conformismo personal alegando que “ya se sabe quién ganara” y por eso “no voy a votar”, pues ello implícitamente es darle la razón a la élite gobernante quien sigue viendo por sus egoístas intereses.

ImageHacer política incluye, desde luego, interesarnos por lo que hacen los candidatos y los partidos y por lo aquello que los gobernantes ejercitan. Pero hacer política va más allá de esa labor de observador. Hacer política implica trabajar honestamente, desde nuestras particulares trincheras, sabiendo que con ello hacemos algo por nuestra nación; realizar esos pequeños cambios personales que se reflejen en el bien inmediato de la comunidad donde nos desarrollamos. Es tomar conciencia que en la medida en que nos incluyamos en el otro, generamos una apertura de diálogo implícito en la que el bien común sobrepasa el bien particular y esa actitud ya resulta urgente en nuestro país.

Ciertamente una característica esencial de los mexicanos es el ingenio en la picardía y la jocosidad con la que se aborda la vida cotidiana, pero esa actitud no debe ser una constante en nuestra condición. Resulta lamentable que luego del ejercicio electoral que se realizó en el debate entre los candidatos, lo más destacable del diálogo entre la sociedad, fueron las descalificaciones entre los participantes, las especulaciones sobre sus patrocinadores o, incluso, el pronunciado escote de la voluptuosa edecán quien se llevó la nota. Cuando atendemos a las superficialidades, y más aún, cuando las magnificamos, fomentamos más que una democracia participativa una anarquía intelectual que nos lleva a encerrarnos en soliloquios especulativos y que no dejan buenos frutos. El verdadero diálogo lleva a un intercambio de pensamientos, en la búsqueda de fundamentos y en una reflexión cimentada en ideas posibles que hagan que la transformación democrática venga desde la propia sociedad. Pero cuando lo importante para el electorado es la forma del debate (como las descalificaciones de los candidatos o el escote de la edecán) y no el fondo (como analizar las pocas propuestas que ahí se dieron), entonces seguimos el juego de aquéllos pocos quienes siguen gobernando con un bien egoísta, desdeñando la oportunidad de ser partícipes del diálogo y nos convertimos en anarquistas de la razón.

Los que forman parte de la élite política conocen bien su juego: hacer de la retórica la cimiente de la razón. Pero los que formamos parte de la ciudadanía debemos defender nuestro papel de electores y cimentar razonadamente nuestras ideas. Lo que hemos visto y escuchado después del debate presidencial es nuevamente una exaltación de la retórica y un paulatino desdén por el verdadero diálogo político. Queda en cada uno de nosotros hacer del espacio del diálogo un momento que vaya más allá de lo efímero de las redes sociales, del apasionamiento partidista o del desdén por la participación. Si no dejamos que sea la razón, y no el sentimiento, lo que ilumine nuestra dialéctica, entonces seguiremos siendo arrastrados por el juego retórico del poder, por eso hagamos de cada espacio particular un lugar comunitario donde veamos en el otro nuestra propia participación, pues eso es hacer democracia participativa, eso es finalmente, hacer verdadera política.

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