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La proximidad del debate entre los candidatos a la presidencia de la República ha generado una mayor expectativa entre algunos políticos que entre los propios electores. El guión del debate parece estar ya trazado de antemano y es probable que un foro tan enriquecedor para la democracia en nuestro país no sea empleado por los candidatos para mostrar verdaderamente sus cualidades de liderazgo que requiere nuestra nación. Muchos se discute si es un imperativo que dicho evento sea transmitido en cadena nacional por los medios para que todos podamos enterarnos de lo que ahí sucederá, que eso se hace en otros países, que el debate es la oportunidad histórica de confrontación, etc.; en fin, el debate sobre el debate parece estar más en la palestra mediática que entre los verdaderos implicados, pero de lo auténticamente importante, es decir, sobre el contenido que ahí se genere no se discute mucho, ni por los políticos ni por los electores.

Un debate, por antonomasia, debe ser una discusión abierta y respetuosa de ideas y opiniones contrapuestas entre las personas que tomen parte de él. Ahí debe prevalecer la propuesta antes que el ataque, la presentación clara de programas de acción antes que una confrontación, sin embargo, apelando a la experiencia histórica del formato de los tres debates presidenciales anteriores, hay pocas expectativas de que ese foro realmente sea un parte aguas en la aún naciente cultura democrática mexicana.

Si atendemos al itinerario eidético que los candidatos han seguido en las últimas semanas, donde hemos visto muy pocas propuestas reales sobre las soluciones que requiere nuestro país, es natural que el electorado no se sienta motivado en seguir el debate el próximo 6 de mayo. Esto es porque las campañas, al menos de los tres candidatos punteros, ha estado marcado por los típicos lugares comunes en los que históricamente la política mexicana ha encallado mediante la comodidad de la retórica; elementos tales como “mi compromiso es verdadero”, “el cambio está por venir”, “soy un político diferente”, etc., etc., son las frases que el elector ha escuchado desde antaño. Mucho daña a la democracia electoral las campañas mediáticas de descalificación antes que las campañas de propuestas reales. Tampoco beneficia en nada el lanzar ofertas populistas sin explicar cómo se van a realizar, simplemente porque se apela al fácil recurso del sentimentalismo popular sin ofrecer programas que den respuesta a los auténticos problemas reales con un proyecto a largo plazo. Es muy cómodo para un candidato ofrecer vales de medicinas, cuentas bancarias para niños, construir seis refinerías, generar siete millones de empleos, fortalecer a una policía nacional, recuperar la economía, etc., pero nadie explica claramente a los electores el por qué, el cómo y el con qué recursos se lograrían sus propuestas. En suma, los candidatos han caído en la comodidad de la fácil retórica que ellos mismos han logrado entre el electorado un evidente desinterés por el debate presidencial.

Mucho se habla en los medios sobre quién será el ganador del debate y ahí las opiniones están divididas. Si los candidatos continúan en aquél foro con su endeble línea argumentativa, no podemos adelantar quién será el ganador pero sí podemos asegurar quién será el verdadero perdedor y éste es el electorado. En efecto, somos nosotros, los ciudadanos que votaremos quienes vamos perdiendo en ésta campaña mediática de los partidos políticos, quienes merecemos escuchar discursos y propuestas de altura y no mensajes huecos y sin viabilidad auténtica. En el debate no caigamos en la tentación del análisis formal atenuando al análisis sustancial. La ciudadanía está lo suficientemente madura como para saber identificar cuándo el discurso está envuelto en la retórica y no tiene una sustancia viable; entender cuáles son los problemas reales que el gobierno debe resolver exigiendo a los partidos políticos que sus candidatos atiendan frontalmente a ellos, porque de otra forma son ellos, los partidos, quienes siguen ganando de los recursos que nosotros generamos, y la ciudadanía continúa perdiendo en éste maremágnum de retórica gubernamental.

La clase política ha acostumbrado al electorado a un lenguaje persuasivo pero no propositivo y ahí también nosotros, los ciudadanos, tenemos parte de culpa por no analizar, con lupa democrática, la actividad de los candidatos y sólo la vemos con unas gafas que atienden a la imagen pública y no al fondo del discurso. Cuando la proclama política se convierte en un lenguaje de lugares comunes y no en una auténtica disertación que señale los “cómos” y los “porqués”, los electores debemos hacer un esfuerzo por cuestionar y sopesar las plataformas políticas que presentan los candidatos y dejar de lado los apasionamientos partidistas particulares, haciendo un auténtico esfuerzo de razonamiento por ubicar dónde están las verdaderas propuestas, aquéllas que son viables y necesarias para el país y fomentar entre nosotros un diálogo constructivo que genere en la sociedad legítimas inquietudes sobre nuestro papel como electores.

Nadie tiene que imponernos ver el debate del próximo 6 de mayo, ni los partidos políticos, ni los candidatos, ni las redes sociales y mucho menos los medios de comunicación. En la libertad democrática que rige en nuestro país es tan válido optar por ver un partido de fútbol que ver el debate, pero sí sería deseable, que en la libertad ciudadana nos enterásemos, al menos panorámicamente, si en realidad hay algo nuevo que los candidatos presidenciales tengan que ofrecernos para fortalecer las instituciones de éste país.

Aquí cabe válidamente la pregunta ¿entonces hay que ver el debate presidencial el próximo 6 de mayo? Desde luego que la respuesta sería afirmativa, pero no como una imposición, sino como una verdadera intención ciudadana por ser partícipe en la democracia y conocer y analizar críticamente lo que los candidatos pretender decir. La madurez con la que analicemos el debate no deber ir en la línea sobre quién habló más claro o quién criticó mejor, sino quién ofreció respuestas y propuestas reales, y que ello no se vea reflejado en comentarios en las redes sociales (que no conducen sino a otro debate aún más estéril que el que ya de por sí tienen los candidatos), sino en un esfuerzo verdaderamente democrático por acudir a las urnas y decidir en libertad, quién debe ser el líder que conduzca el rumbo del país, aunque insisto, la tarea no es sólo del gobernante sino de la ciudadanía entera, porque nosotros igualmente, desde nuestra labor cotidiana, ejercemos un liderazgo que indirectamente también conduce el rumbo de México.

 Héctor López Bello

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