Image

Los niños incómodos y la comodidad de la producción: en la forma está el fondo.

 A nadie es ajena la realidad política y social que se vive actualmente en nuestro país; nadie puede negar que, de seguir con la tendencia actual, México corre el riesgo de convertirse en un  Estado fallido; todos coincidimos en advertir que serán las generaciones más jóvenes quienes paguen nuestros errores de hoy; de todo ello no cabe duda. Resulta válido, por tanto, hacer una crítica férrea a las personas e instituciones quienes tienen la labor primigenia de conducir al país y que no lo han hecho y, por añadidura, a denunciar igualmente a la propia sociedad que no ha sabido actuar de manera correcta.

En tiempos donde se avecina un cambio de gobierno en México, ésta vocación crítica se agudiza, y muchos actores —políticos y sociales— levantan la voz de denuncia para hacer un llamado a los candidatos y a los electores a una reflexión sobre el estado actual de nuestro país, empleando para ello los medios que más impacto generan a la población, entre ellos, las redes sociales. Toda campaña que motive a una reflexión a los ciudadanos es loable si el fondo o contenido que se presenta está revestido de una forma que destaque el mensaje y enfatice la crítica constructiva, pero cuando la forma no es acertada, la buena intención del mensaje puede quedar socavada y deslucida, dejando en la mente del receptor ideas lejanas a las que la verdadera intensión del autor del mensaje pretende enviar.

En el video titulado Niños incómodos exigen a candidatos”,  difundido desde hace unos días primordialmente entre las redes sociales, producido por el movimiento social “Nuestro México del Futuro”, y que ha alcanzado una difusión considerable, muestra una realidad actual que no es ajena para nadie y que, por supuesto, no debería seguir siendo una realidad para los niños quienes serán los ciudadanos del futuro. El mensaje de fondo que el cortometraje pretende difundir es ciertamente bien intencionado, esto es, exigir a los candidatos presidenciales que actúen para un auténtico cambio a favor de la ciudadanía y que no apelen más al corporativismo partidista.  Un mensaje loable, en efecto, pero si aquélla  es la idea central ¿por qué revestirlo de una forma tan poco sutil que deja lugar a múltiples interpretaciones? No han sido pocas las voces que han considerado al tan difundido video como falto de sensibilidad por la manera en la que fue presentada, desde el mensaje de fondo hasta la manera en que los productores del corto emplearon a niños actores para transmitirlo. Aunque todo ello es parte de las estrategias publicitarias en tiempos electorales, dicho modo de hacer publicidad crítica, merece ciertas reflexiones.

En efecto, el cortometraje nos presenta una serie de niños actuando como adultos, presentando lo peor de la sociedad, donde los menores actúan como viciosos, corruptos, asaltantes, narcotraficantes, extorsionadores, etc. En el supuesto que plantea el cortometraje, dichos niños, son los ciudadanos del futuro: «si éste es el futuro que me espera, no lo quiero» afirma la pequeña niña, quien al final del video dirige su reflexión hacia los candidatos presidenciales. Es decir, la producción del cortometraje presupone que los niños actuarán, en su futuro como viciosos, corruptos, asaltantes, narcotraficantes, extorsionadores, etc., una visión ciertamente pesimista que desdeña la auténtica capacidad reflexiva de los menores. La niña hace suya la idea del productor: “ese es el futuro que le espera”, y que los niños de México repetirán también los males de los adultos. Entonces, ¿es realmente válido presuponer que así actuarán los niños del futuro?

Ahora bien, si el mensaje central del cortometraje está dirigido a los candidatos presidenciales ¿por qué hacer uso de imágenes tan denigrantes de los menores de edad, bajo un hálito de pesimismo y sentimiento de impotencia que llega más a los ciudadanos que a los propios candidatos? ¿A poco los candidatos presidenciales son los únicos responsables y los únicos obligados a cambiar la situación del país? Porque es a ellos, a los candidatos, a quienes está dirigido el mensaje de manera “directa”: «Doña Josefina, Don Andrés Manuel, Don  Enrique,  Don Gabriel —cuestiona la niña del video—, se acabó el tiempo, ¿sólo van a ir por la silla o van a cambiar el futuro de nuestro país?». Pero somos los televidentes quienes finalmente recibimos “directamente” el mensaje de pesimismo inserto en el cortometraje. Bajo éste aspecto, la producción del video ciertamente supo jugar muy bien el papel de la publicidad: causar un efecto de sentimiento en el espectador, pero no así en los principales destinatarios del mensaje. Somos nosotros, los ciudadanos quienes recibimos el mensaje de inquietud y desasosiego, mismo que en el inconsciente nos lleva a pensar que son los políticos los únicos culpables de la situación del país, y aquí cabría válidamente desgranar un mensaje indirecto que se desprende del cortometraje: si son los políticos los responsables, si sólo van por los intereses de sus partidos, si sólo “van por la silla” y las cosas seguirán igual, entonces  ¿para qué acudimos a votar?, ¿para qué ejercer un derecho ciudadano si las cosas no cambiarán? La alternativa que se interpreta del guión del video podría ser descrita, en la mente del ciudadano espectador, como una auténtica inactividad ante su deber ciudadano no sólo de acudir a votar, sino de participar con sus acciones personales del auténtico cambio social, una alternativa que, en los tiempos actuales, no es válido siquiera plantearse como opción.

Si la intensión de los productores del video era generar en los ciudadanos una reflexión sobre la situación que vive México, entonces ¿para qué incluir toda una parafernalia de acción policiaca con menores de edad, culpando a unos cuantos y no denunciando de manera amplia a los errores que cometemos todos los ciudadanos en nuestros deberes? La forma cómoda en la que la producción presenta el guión, repleto de lugares comunes (hartazgo, pasividad, delincuencia, corrupción, violencia, etc.), no transmiten nada nuevo que los ciudadanos no conozcamos, y más que contribuir al diálogo y a la crítica constructiva, que tanta falta hace en éstos días, sólo contribuye al desánimo y a la polarización social mediante el fácil recurso de la crítica destructiva. No acerca al ciudadano a una auténtica reflexión sobre las verdaderas tareas a realizar, pues el cortometraje no nos presenta opciones, propuestas o ideas claras a realizar, sólo hace un balance crítico pero no propositivo. Ello lleva a pensar ¿realmente todo México y todos los ciudadanos encuadramos en las escenas que los niños escenifican? ¿Dónde están los trabajadores honestos, los maestros con vocación, los funcionarios honrados, los profesionistas comprometidos, los empresarios afanosos, los niños de excelencia, las mujeres valientes y tantos millones de ciudadanos correctos que son la mayoría  de nuestro país? También ellos son parte del presente y del futuro de nuestro México. Y entonces, con tantos recursos que tiene la producción para realizar un cortometraje ¿por qué no reflejar lo bueno, lo auténtico y lo posible en un mensaje de publicidad y sólo destacar lo sombrío, lo trágico y lo deleznable? ¿Por qué no enviar un mensaje de aliento, de verdaderas propuestas ciudadanas, en vez de repetir las desconsoladoras escenas que ya todos conocemos? En suma, el guión sólo está resuelto con el recurso del sentimiento social pero no con el del razonamiento ciudadano. No necesitamos generar más odio y desesperanza entre la población, todo lo contrario, es tiempo de sumar esfuerzos e ideas conjuntas para incentivar el diálogo.

Pero el tema de la producción del cortometraje va más allá. Presentar a niños fumando, empuñando violentamente una pistola en contra de otra persona, secuestrando a un transeúnte, disparando armas largas, exhibiéndolos enfrente de paquetes de droga y de dinero no es, desde luego, la forma más sutil de tratar la imagen de un menor de edad. Utilizar imágenes de menores en una producción para medios masivos de información  implica tratarles con todo el decoro que su edad merece. No puede calificárseles, aunque sea de manera ficticia, como delincuentes, estafadores o corruptos; ello implica jugar con la inocencia del menor otorgándole  a priori  un atributo social que no se han ganado. El video “Niños incómodos exigen a candidatos”,  presenta a los niños actuando como “ciudadanos del futuro”, es decir, desde ahora ya se les está determinando qué serán en su etapa adulta (delincuentes, estafadores o corruptos). La producción del cortometraje actuó con muy poca delicadeza en el empleo de las imágenes de menores de edad al pretender equiparar la inocencia de los menores con la indecencia de los adultos. Más delicado resulta aún el siguiente video visible en el canal de Youtube de la organización “Nuestro México del Futuro”, titulado “Niños incómodos y su México del futuro”, donde la producción presenta, a manera de entrevista, a los pequeños actores opinando sobre su vida por venir. El pie de imagen que presenta a los actores resulta realmente lamentable, pues aparece el nombre del menor de edad y el apelativo según el papel que desarrolló en el cortometraje; así pues pueden verse los nombres de los niños seguidos de los calificativos: asaltante, narcotraficante, secuestrador, pollero… Imagine usted qué idea queda en el inconsciente colectivo; no el nombre del niño sino el mote denigrante con el que se le identifica, porque en éste caso, nadie ubica al actor por su nombre sino por el papel que se le asignó. El tratar de “dignificar” el papel del niño actor, por parte de la producción en éste video, paradójicamente se convierte en una imagen difamante y discriminatoria para el menor de edad.

El niño merece toda la protección, no sólo jurídica, sino social, y los productores de cortometrajes como el que ahora comentamos, deben ser muy cuidadosos en el trato que dan a las imágenes donde aparecen menores de edad. Tratar de “innovar” y de presentar “críticas sociales” mediante guiones de fácil acuñación, no tiene por qué incluir imágenes difamantes donde aparezcan niños. Todo ello indirectamente vulnera sus derechos consagrados en instrumentos internacionales (como la Declaración de los derechos del Niño de 1959) y los nacionales (como la Ley de protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes). En este caso, los ciudadanos debemos ser muy atentos al trato que se le dan a las imágenes de menores y a los calificativos con que les señala en ellos. Si gran parte de la ciudadanía se indignó por las imágenes manipuladas donde se presentaba a una ciudadana francesa en la presunta comisión de un delito, ¿por qué muchos aplauden que se usen imágenes niños, igualmente manipuladas, para transmitir la idea política de un grupo de empresarios? Y ello no es rasgarse las vestiduras por ver a menores de edad escenificando un papel cinematográfico; es más tener un poco de conciencia sobre dónde actúa la coherencia en el entorno de la opinión pública. Si no aprendemos a respetar la inocencia de los menores de edad, entonces sí les estamos fabricando un futuro donde ellos serán los protagonistas de una sociedad sin valores.

La libertad de expresión es una garantía que debe protegerse, pero que también debe respetar sus propios límites. La oportunidad de hacer crítica a los modelos fallidos de gobierno en nuestro país es una tarea que debe realizarse pero siempre bajo la tónica del respeto y de la propuesta de ideas. La tarea de la construcción del futuro no es sólo de los políticos, ellos son minoría, sino está en gran medida en todos los ciudadanos, nosotros quienes día a adía trabajamos por la grandeza de éste país. En los tiempos que vivimos no debemos caer en la tentación de apelar al fácil recurso del sentimentalismo social y del descalificativo ideológico. La forma también reviste al fondo, y el fondo dialéctico debe ser incluyente y propositivo. Nuestra sociedad, ya de por sí dañada, merece un auténtico análisis crítico, rico en ideas y proyectos que generen unidad, conciliación y trabajo conjunto. Más que fomentar el encono social debemos enriquecer la participación ciudadana, pues sólo de éste modo podremos realmente construir un México del futuro, rico en ideas y auténtico en el diálogo.

Héctor López Bello

Universidad Panamericana

Anuncios