Reflexiones sobre la fe de un cristiano cualquiera, para que cualquiera las pueda leer…

Continuamos en esta segunda parte explicando la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco. En los siguientes párrafos explicaremos detenidamente  el contenido temático de cada uno de los capítulos que conforman el documento pontificio.

1.      Desarrollo conceptual de la encíclica Lumen Fidei

En su escrito encíclico, el Papa Francisco invita a los fieles católicos a reflexionar sobre el tema de la fe en torno a cuatro ejes temáticos, los cuales conforman, cada uno, un sugerente capítulo, donde el Sumo Pontífice explica los diversos caminos de la fe desde y hacia el amor de Dios.

El Papa Francisco nuevamente da esas grandiosas muestras de humildad con la que se dirige a la gente, al hablarnos en su escrito de la fe con la erudición de un maestro, pero con el cariño de un pastor. En efecto, sin ser un escrito con profundas reflexiones teológicas, que muchas veces resultan densas para quienes no tienen una formación filosófica amplia, la encíclica Lumen Fidei ofrece en un lenguaje claro y preciso la oportunidad de profundizar en el conocimiento de la fe y dejan en el lector creyente un profundo sentido de compromiso por conocer su fe, por trabajar en ella, por transmitirla y por vivirla con especial ahínco. Cada capítulo es un motivo de alegría para trazar nuevas rutas de reflexión y de interés. Veamos a continuación panorámicamente sobre qué versa cada capítulo de la Encíclica del Papa Francisco.

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1.4 Capítulo Primero

El primer capítulo lleva por título “Hemos creído en el amor”,[1] una cita de la Primera Carta del apóstol Juan, quien nos recuerda que Dios es la fuente del amor y que, quien permanece en Dios, permanece en el amor. Por eso, cuando creemos en Dios creemos en el amor y viceversa. En ese sentido, nos recuerda el Papa que la fe es esa luz con la que creemos, esa fuerza que nos ilumina para conocer y para vivir al Señor. Desde la fe de Abrahán y su encuentro con Dios hasta la Revelación en Cristo y el encuentro de los discípulos con su palabra, el Papa nos muestra el itinerario de la luz de la fe que se narra en las escrituras.

En efecto, la fe nace del encuentro con Dios vivo, y quien la vive y la experimenta transforma su vida en el amor de Cristo quien, por amor, vino al mundo a salvarnos. Al ser un encuentro, la fe presupone una búsqueda interior, la cual logra llegar a su fin mediante un don que Dios manifiesta. Por ello, la fe ante todo es un don de Dios, un regalo del Creador que se presenta como una luz que ilumina el camino de la búsqueda, que enseña el itinerario a seguir y que conduce a rectificar cuando la ruta ha sido errónea. En este sentido, «el hombre, aunque esté hecho para lo infinito, no puede conocer a Dios sólo a través de las propias fuerzas o capacidades. La fe cristiana es sobre todo un don de Dios que lo ayuda a adherirse a esta revelación.»[2]

Al ser un don es algo dado por Dios y sólo con un corazón abierto la razón puede asimilar ese don y hacerlo vivo: “La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer en la verdad.” (CIC, 153.)

La luz de la fe guía al hombre en su búsqueda interior para apartarse de una visión individual y tener una visión panorámica en un encuentro con Cristo. Con gran precisión nos recuerda San Agustín que “Dios ha de ser buscado e invocado en lo secreto del alma racional, lo que se llama el hombre interior.”[3] Por eso, cuando creemos en Cristo el hombre se transforma en una creatura nueva, unida al Salvador en Su palabra. La vida del hombre entonces cobra sentido; es capaz de trascender saliendo de sí mismo, salir de su “yo” aislado, sin perder su individualidad, y verse en un “Tú” con Dios. Puede así entregarse al otro en sus obras haciendo comunión con los demás, porque quien cree en Cristo, afirma que es una creatura para el otro que encuentra su perfeccionamiento en el amor y en la entrega a los demás.[4] Es así que la fe genera comunidad, genera iglesia, donde el hombre ve en Cristo su propia imagen realizada, y es Él quien abraza a todos los creyentes, formando Su cuerpo, formando comunidad. Por ello, en la Iglesia, donde se conoce a Jesús y a Su Amor, la fe se transforma en una unión vital de Cristo con los creyentes y de los creyentes entre sí: los cristianos son “uno” en el “otro” guiados por la luz reveladora del amor de Dios.

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1.2  Capítulo segundo

En el segundo capítulo, bajo el título “Si no creéis, no comprenderéis”,[5] cita tomada del profeta Isaías que narra la confianza en los designios de Dios, el Papa explica el conocimiento de la verdad en la Palabra de Dios que, mediante la fe, puede ser alcanzada. En efecto, afirma el Papa que, puesto que Dios es fiable, resulta razonable tener fe en Él, cimentar la propia seguridad sobre Su Palabra. En este sentido, el Papa nos invita a reflexionar que el primer motivo de la fe es conocer la Verdad, porque la fe es esa luz que aclara el conocimiento, ayuda a comprender la existencia del hombre y su relación con Dios. Así, el Catecismo de la Iglesia Católica señala que «la fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y entrega a él dando al mismo tiempo una luz sobrenatural al hombre que busca el sentido último de su vida.» (CIC, 26.) Y el sentido de la existencia del hombre debe ser conocer la verdad, mediante su razón, mediante la inteligencia dada por Dios como un don sobrenatural, porque ¿de qué le sirve al hombre razonar si no es para buscar su perfeccionamiento?

Al respecto, asegura el Papa Francisco que “el hombre tiene necesidad de conocimiento, tienen necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos.”[6] Desde luego que en este punto, el Papa se acerca tangencialmente a uno de los temas más relevantes de la teología dogmática, esto es, la relación entre fe y razón. Merece la pena detenernos un momento en este punto y profundizar algunos elementos.

En efecto, la doctrina de la Iglesia católica ha enseñado que el sustento de la fe está en la razón y que la dirección de la razón está en la fe. Así entonces, entendemos que la fe es un acto razonable, y que no puede ser un acto aislado de la propia voluntad si es que ésta no va dirigida al conocimiento y a la glorificación de Dios. Al respecto reflexiona San Agustín que: “Nada hay más poderoso que esta creatura que se llama la mente racional, nada más sublime que ella; lo que está sobre ella es el Creador.”[7]

Por su parte, la razón excluyente de la Revelación divina no logra consolidar su auténtica potencialidad de perfeccionamiento, que consiste en conocer sinceramente el amor de Dios. Por ello, la fe requiere de la inteligencia humana para ser lograda, pues sin ésta no sería más que un simple sentimiento o una voluntad aislada. Si la fe no se razona, dice San Agustín, no sirve.[8] Por ello “una fe que descuidara la inteligencia y la sabiduría no serviría; así, la fe pide una seria pastoral de la inteligencia”.[9]

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     Con gran claridad el Beato Juan Pablo II nos explicó en su maravillosa encíclica “Fides et ratio[10] (Fe y razón), los linderos en los que convergen la fe y la razón natural del hombre, y reconocía que la Iglesia defiende esa relación inherente entre ambas facultades intelectivas del hombre: “La Iglesia está profundamente convencida de que fe y razón se ayudan mutuamente, ejerciendo recíprocamente una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda y en la profundización.”[11] Por ello, contrariamente a lo que de manera errónea se sostiene por el imaginario colectivo, la Iglesia católica nunca ha hecho una escisión entre la fe y la razón, todo lo contrario, siempre ha puesto de relieve que, para que la fe logre su auténtica realización, debe encontrar un cimiento en la razón. “A pesar de que la fe esté por encima de la razón –señala el Catecismo de la Iglesia Católica-, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe, ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón. Dios no podría negarse a sí mismo, ni lo verdadero podría jamás contradecir a lo verdadero.” (CIC, 159). Son falsas, por tanto, aquéllas pretensiones propagandistas que han pretendido señalar que la doctrina católica rechaza todo acto de la razón, todo acto científico y que cree ciegamente en una fe “revelada”. Muchos son los argumentos que históricamente pueden demostrar que la Iglesia católica ha sido una auténtica promotora del pensamiento filosófico y del desarrollo científico, cuestión que por las razones temáticas de este escrito, no abordamos aquí, pero que sí invitamos al lector inquieto a profundizar en ellas.[12]

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      Pues bien, retomando el eje temático de la encíclica Lumen Fidei, apreciamos que en su capítulo segundo, el Papa Francisco reafirma la dicotomía conceptual “fe–razón” como camino para conocer la verdad. Gracias a la unión intrínseca con la verdad, la fe es capaz de ofrecer una luz nueva a la razón, superior a los cálculos empíricos y limitantes que a priori ofrece, y le motiva una luz fresca, un camino nuevo qué conocer y qué seguir, mucho más valioso que los acotados conceptos de la simple razón, porque la fe ilumina para seguir a Dios y para comprender su actuación.

Preocupado como Pastor universal de la Iglesia de Dios, el Papa Francisco denota que en los tiempos actuales la conexión entre la fe y la verdad se hace aún más necesaria. Denuncia, desde luego, el famoso imperio del relativismo y del cientificismo exacerbado, y hace un énfasis en la recuperación del sentido de la caridad que el cristianismo, desde sus orígenes, ha defendido para entrelazar válidamente el obrar de la razón con miras hacia la verdad absoluta.

Por lo anterior, el Papa ve en el amor el fundamento primero para conducir con claridad la fe hacia el camino de la verdad. Pero para el cristianismo el amor no es un mero sentimiento volátil, sino ante todo es una actitud de entrega y de compromiso perenne. “Sólo en cuanto está fundado en la verdad –afirma el Papa Francisco-, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino en común. Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo.”[13]

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     Precisamente porque el amor es la guía hacia la verdad, la fe se convierte en un doble elemento de entendimiento para el hombre; esto es, la fe es escucha y es visión. En efecto, la fe logra que el hombre escuche la Palabra de Dios y la haga suya, que la viva y la asimile, pues como dice San Pablo, “la fe viene de la predicación, la predicación nace de la escucha de la palabra de Cristo.” (Rom, 10, 17). La Palabra escuchada logra un arraigo en el corazón del hombre, y gracias a ese arraigo es que puede entonces ser seguida y, como consecuencia, transmitida a los demás. Por ello, la fe también es visión, porque ilumina el entendimiento humano para que vea en el mensaje de Dios la luz de la verdad. Cuando dejamos que la fe logre ese doble cometido, hacemos que la vida tome un sentido trascendente que oye la llamada personal de Dios que se le revela como amor absoluto, y ello dota de certeza el obrar en una dirección hacia el bien. No en vano, la actitud primera de todo aquél quien oye a Cristo, es seguirlo siendo ya un hombre nuevo, dejando atrás al hombre superficial: “cuando sus discípulos lo oyeron, siguieron a Jesús” (Jn, 1,37).

Por tanto, la fe también es una luz que ilumina el camino en la búsqueda sincera de Dios. El hombre que ve con fe su vida cotidiana encuentra en lo ordinario a Dios, porque el Señor no se esconde a nadie, al contrario, está siempre abierto a ser descubierto y vivido, porque Dios es luminoso y se deja encontrar por aquéllos que lo buscan con sincero corazón. Y como la fe trasciende en el tiempo, nunca es tarde para dejarse iluminar por ella y buscar a Dios, pues en la medida en que el hombre que se abre al amor con corazón sincero, y se pone en marcha con aquélla luz, vive ya, sin saberlo en la senda de la fe.[14] Quién mejor que San Agustín para ilustrar la sublime experiencia del encuentro con Dios, en ese hermoso canto lírico del descubrimiento interno del Señor: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que estabas dentro y yo fuera, y fuera te buscaba yo y sobre esas cosas hermosas que tú has hecho, me precipitaba carente de hermosura. Estabas tú conmigo y no estaba yo contigo. Lejos de ti me retenían esas cosas, que si no existiesen en ti, no existirían. Has llamado, has gritado, has roto mi sordera, has relampagueado, has resplandecido, has disipado mi ceguera. Has exhalado perfume, lo respiré y anhelo por ti. He gustado, y tengo hambre y tengo sed. Me has tocado y me inflamé en deseos de tu paz.[15]

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1.3  Capítulo Tercero

El capítulo tercero, titulado “Transmito lo que he recibido”,[16] cita tomada de San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, donde el apóstol da testimonio de la muerte y resurrección de Cristo, es ocasión para que el Papa Francisco nos recuerde un punto esencial en torno a la fe: quien la ha recibido tiene la obligación de transmitirla y de compartir el mensaje evangélico de Dios. En efecto, quien se ha abierto al amor de Dios, quien lo ha buscado, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener ese don maravilloso sólo para sí mismo. Como la fe es escucha y visión, debe transmitirse igualmente como palabra y como luz.

Por eso la fe se hace más fuerte, se testimonia, cuando se transmite de persona a persona, de generación en generación, por un acto de amor y de desprendimiento de sí mismo hacia los demás. Ello hace que la fe trascienda en el tiempo y se fortalezca cuanto más se conoce. Por ello la fe es “tradición” (traditio), es “entrega” que se fortalece en los demás; es un don recibido del amor de nuestros padres y que por amor también conferimos a nuestros hijos. Porque la fe no es un sentimiento efímero sino una vivencia constante; no es un hecho que se ha contado, sino que es palabra que se ha vivido.

Cuando la fe ha iluminado la razón, el “logos” se ha hecho “palabra”, no palabra gramática, sino palabra recibida, la cual se convierte en el corazón del hombre en respuesta y confesión del amor de Dios. Al ser palabra recibida, la fe se hace vivencia y llena así de alegría y esperanza al hombre, le brinda una ruta en la vida y un motivo para compartir. Por eso la fe es un don fungible, que puede transmitirse, una luz que brilla para ser compartida y encender la llama de la verdad en otros corazones y formar unidad en Cristo, pues, como dice San Agustín, “el alma de todos nosotros se hace una por la fe que profesamos, y todos nosotros cuantos creemos en Cristo, por la unidad del cuerpo que formamos, somos también un hombre.”[17]

Así entonces, como el auténtico hombre cristiano no es un ser aislado, sino que es una persona que, decíamos, se realiza en la comunidad, halla su trascendencia también en el encuentro del otro. Por eso la auténtica fe es también convivencia, porque en la comunidad es donde se vive mejor a Dios; es por ello que los primeros cristianos siempre practicaron y defendieron su fe en comunidad y no de manera aislada. De esta forma, resulta imposible creer, realizar la fe cada uno por su cuenta, porque la fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente; no es una relación exclusiva del “yo” creyente con el “” divino, entre un sujeto autónomo y Dios; por su misma naturaleza, la fe se abre al “nosotros” y se da siempre dentro de la comunidad de la Iglesia.[18]

De esta forma, nos recuerda el Papa Francisco, que la fe se expresa en la colectividad de la Iglesia mediante el Credo, esa oración que siempre se reza comunitariamente y que, siendo una profesión personal del individuo, se reafirma en la apertura de la congregación de fieles, porque la fe en comunidad del “nosotros” reafirma la Palabra de Dios y el triunfo de Cristo como Salvador: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!”[19]

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De igual forma, la vivencia de la fe en la comunidad de la Iglesia encuentra su motivo de transmisión en los sacramentos. En efecto, con los sacramentos “se comunica la memoria encarnada, ligada a los tiempos y lugares de la vida, asociada a todos los sentidos; implican a la persona como miembro de un sujeto vivo, de un tejido de relaciones comunitarias.”[20] Por ello, se dice que la fe también es un acto sacramental, puesto que es mediante aquéllos como se transmite de manera más pertinente la fe cristiana.

Es en el bautismo donde la trasmisión de la fe se realiza en primer lugar. Con este acto, el hombre se incorpora formalmente a la Iglesia y recibe también una doctrina que profesar y una forma concreta para vivir. El bautismo no es un acto de incorporación personal aislada, sino que el individuo se hace uno en los otros, en la comunidad, porque Cristo vino para todos y el bautismo confirma ese sentido comunitario. San Pablo lo señala cuando habla de este sacramento, transmisor de la fe en Cristo, en plural: “Por el bautismo fuimos sepultados junto con Cristo para compartir su muerte y, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, por gloria del Padre también nosotros hemos de caminar en una vida nueva.” (Rom, 6,4).

Asimismo, enfatiza el Papa Francisco, que la fe alcanza su máxima expresión en el sacramento de la Eucaristía, auténtico alimento de fe que permite un encuentro presente con Cristo vivo. En la Eucaristía, la fe nos permite ver una fusión de horizontes históricos de realidades: el ayer en la muerte y resurrección de Cristo, y el hoy en la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre vivos de Cristo Jesús. Mediante la fe creemos que Dios se hace presente en la Eucaristía, la cual se vive y se comparte en comunidad como la tradición o transmisión, más hermosa que Jesús mismo nos dejó. Por eso la Eucaristía es un acto de fe que debe ser vivido y transmitido, porque es auténtico alimento de vida. Así lo afirma San Pablo cuando habla a la comunidad que “Yo recibí esta tradición del Señor, que a su vez les he transmitido, que el señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan y después de dar gracias lo partió diciendo: ‘Esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía.’ De la misma manera, tomando la copa después de haber cenado, dijo: ‘Esta es la Nueva Alianza en mi sangre. Siempre que beban de ella háganlo en memoria mía.’ Así pues, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están proclamando la muerte del Señor hasta que venga.” (1Cor, 11, 23-25).

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     La vida en Cristo, continúa explicándonos la encíclica, se vive mediante la confesión de fe, acto por el cual manifestamos y proclamamos nuestra adhesión a Cristo. Por medio del Credo, nos unimos al amor trinitario y de esa forma implicamos nuestra propia vida en las verdades que confesamos, haciendo con ello de la fe un acto vivo y presente como compromiso de unión con Dios y Su palabra.

Los otros dos elementos esenciales en la trasmisión de la fe, nos explica el Santo Padre, son la oración y el decálogo. Cuando oramos tenemos un encuentro directo con Dios, y qué mejor oración que el Padrenuestro para vivir Su amor y compasión. Ahí alabamos y, a la vez, pedimos al Señor, con la fe de ser escuchados. Por su parte, el seguimiento del decálogo asegura que, mediante el cumplimiento de esos preceptos, logramos salir del “yo” autorreferencial, para vincularnos con el “” de Dios, en un diálogo de amor, donde cumplimos Su voluntad, y así afirmamos nuestra existencia como creaturas en el camino hacia la verdad.

En suma, la referencia del amor de Dios en una comunidad nos hace ver que la fe es una: “un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola fe” (Ef. 4, 45). Esta unidad de fe, señala el Papa Francisco, se da porque se dirige al único Señor, al Dios uno y trinitario que nos ha creado. Esa fe única tiene unidad, porque es compartida por la Iglesia que forma un solo cuerpo y un solo espíritu. De esta forma, “el sentido de pertenencia a la Iglesia conlleva la conciencia de que la fe vive para ser transmitida al interior de una tradición que lleva hasta Cristo.”[21] Por eso, quienes hemos sido bautizados, creemos y somos testigos de la fe, y tenemos necesariamente la obligación de profesarla y de transmitirla como el don más preciado que hemos recibido de Dios, y que, como Iglesia somos depositarios de los elementos que iluminan el camino hacia la verdad: “Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guardamos con cuidado, porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un contenido de gran valor encerrado en un vaso excelente, rejuvenece y hace rejuvenecer el vaso mismo que lo contiene.” (CIC, 175).

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 1.4  Capítulo Cuarto

El último capítulo de la encíclica que comentamos, lleva por título “Dios prepara una ciudad para ellos”,[22] cita tomada de la Carta de San Pablo a los Hebreos, texto donde se revela la promesa de la vida eterna para quien busca y sigue sinceramente a Cristo, y aquí el Papa nos explica los caminos que debe tomar la fe en los escenarios cotidianos de la vida misma del hombre.

La promesa de Dios de una ciudad nueva, es esa morada celestial en la que el hombre gozará eternamente el amor de su Creador. El reflejo de esa morada eterna en Dios es la residencia temporal en la que vivimos, es decir, la comunidad de hombres en la Tierra. Nuevamente apelamos a la autoridad de San Agustín para comprender mejor la naturaleza de esa morada celestial: “Llamamos Ciudad de Dios aquélla de quien nos testifica y acredita la Sagrada Escritura, que no por movimientos fortuitos de las partes, sino realmente por disposición de la Alta Providencia, sobre los escritos de todas las gentes, rindió a su obediencia, con la prerrogativa de la autoridad divina, la variedad de todos los ingenios y entendimientos humanos.”[23] Por ello, entiende el Obispo de Hipona, que todos los hombres, iluminados por la fe, tendemos a compartir esa morada santa con Dios: “Sabemos que hay una Ciudad de Dios, cuyos ciudadanos deseamos ser, con aquélla ansia y amor que nos inspiró su divino autor.”[24] La Ciudad de Dios, por tanto, es un estadio alcanzable desde la ciudad humana, pues desde aquí se prepara el camino temporal para el gozo eterno en Dios. Por ello, la vida en sociedad de los hombres es objeto también de atención desde la fe.

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      La Iglesia, consiente de su papel social como guía moral en la vida política de los hombres (es decir, de la polis, de la ciudad), ha procurado destacar que los valores de la solidaridad, la subsidiaridad y bien común, deben ser la guía social que ordene las relaciones entre los hombres. Dicha doctrina es conocida como la “Doctrina Social de la Iglesia”, la cual es parte integrante y fundamental del ministerio evangelizador de la Iglesia católica, porque “todo lo que atañe a la comunidad de los hombres, no es ajeno a la evangelización; ésta no sería completa si no tuviese en cuenta la mutua conexión que se presenta constantemente entre el Evangelio y la vida concreta, persona y social del hombre. Entre la evangelización y promoción humana existen vínculos profundos, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.”[25] En efecto, somos seres sociables por naturaleza, sólo vivimos y perfeccionamos nuestras potencialidades en una vida comunitaria.[26] Por ello, esa vida en conjunto con los demás hombres debe realizarse de manera armónica, tendiendo siempre al bien supremo, por lo que es obligación de todo cristiano obrar conforme al bien. Por eso la fe no está alejada de la vida política, de la vida de la polis o  de la ciudad. Al contrario, debe ser una luz que guíe los actos sociales del hombre en sociedad.

Así, señala el Sumo Pontífice en su encíclica, que la fe debe ser un motivo de edificación del bien común, esto es, de convertirse en el arquitecto de las relaciones humanas: “La fe no se presenta sólo como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en la que el hombre pueda convivir con los demás.”[27] Por tal motivo, la luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. De ahí la importancia que la fe, como luz esclarecedora de la razón, ilumine la acción humana en su praxis social. De esta forma la Iglesia enseña y defiende los valores que rigen la vida en común: “La doctrina social es un conocimiento iluminado por la fe, que expresa una mayor capacidad de conocimiento. Da razón a todas las verdades que afirma y de los deberes que comporta: puede hallar acogida y compartida por todos.”[28]

De esta forma, la fe se convierte en un bien que revela hasta qué punto los vínculos humanos pueden ser sólidos cuando hacen presente a Dios en su vida cotidiana, iluminado así sus relaciones humanas en sociedad. Luego entonces, si la fe es un bien para todos, es pues, un bien común, que ayuda a cimentar a las sociedades para que avancen en un futuro solidario con esperanza.

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     De ahí que el Papa Francisco destaque la fuerza iluminadora de la fe en la consecución del bien común social. En efecto, la Iglesia considera que el bien común es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección.”[29] Para que dichas condiciones se realicen y puedan ser motor de perfeccionamiento humano, deben tener un contenido moral cierto que el individuo pueda ejercitar para alcanzar su propia plenitud. Si la fe ilumina ese actuar humano, dichas condiciones pueden ser conocidas, defendidas y propagadas como un bien moral.

Ahora bien, si el bien común son una serie de condiciones morales que no sólo perfeccionan al hombre individual, sino por igual al hombre en comunidad, hay que atender a la primera y básica comunidad de hombres donde naturalmente realizan sus fines, esto es, la familia. De esta forma, el Papa Francisco identifica que es precisamente en la familia donde la fe se revela en primera instancia: “El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia.”[30] En efecto, en la familia, se aprende a conocer la fidelidad del Señor, así como la necesidad de corresponderle. Ahí se cultivan los lazos de comunidad, de amor y de responsabilidad. En la familia se asimilan cuáles son los derechos de los hombres y cuáles las obligaciones correspondientes para que sean repetidas a escalas sociales mayores. Por ello, la familia se erige como el núcleo social más importante, donde la fe en el mensaje de la Palabra de Dios, cobra especial operatividad: “Iluminada por la luz del mensaje bíblico, la Iglesia considera a la familia como la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios, y la sitúa en el centro de la vida social; relegar la familia a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social.”[31] En suma, la encíclica Lumen Fidei nuevamente reivindica el papel de la familia como origen y transmisora de la fe en las personas. Defiende su integridad y la de sus instituciones, como el matrimonio, y reafirma su papel formadora de la fe en la sociedad convulsionada que prevalece en el mundo actual.

Pero la fe sin la esperanza en las promesas infinitas de Dios no sería una vocación completa. Por eso en la consecución de aquélla morada eterna, la fe es una luz que da esperanza y que alienta al hombre aún en sus momentos de sufrimiento terrenal. De esta forma el Papa Francisco nos enseña que hablar de fe, también es hablar de pruebas humanas que muchas veces implican un sufrimiento, pero precisamente es esas pruebas es donde el amor de Dios se revela con más fuerza y la fe es la herramienta para superar la debilidad humana y engrandecer el espíritu. “En la hora de la prueba –escribe el Sumo Pontífice- la fe nos ilumina y precisamente en medio del sufrimiento y la debilidad, aparece claro que no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor”, porque “el cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios que no nos abandona y, de este modo, puede constituir una etapa de crecimiento en la fe y en el amor.”[32]

Cuántas veces no hemos experimentado el verdadero amor de Dios precisamente en las tribulaciones de la vida, y es la fe en Su amor, en la esperanza de Su palabra donde encontramos regocijo a los sufrimientos. La fe, se convierte así en la sustancia de la esperanza.[33] Por eso, el hombre que antepone su bienestar físico y temporal a su bien espiritual es un hombre vacío, carente de esperanza, sumido en la tristeza de saber que su vida se circunscribe a los efectos tangibles y no a las causas divinas. En cambio, el hombre de fe sabe que su vida temporal no es el fin de su existencia, sino que hay un vida eterna en la cual alegrarse y hacia la cual caminar. El hombre de fe antepone al Dios verdadero antes que los dioses terrenos (dinero, fama, reconocimiento social, placeres corporales, etc.), y mira en su Creador la fuente de riqueza personal más grande.

El hombre de fe no necesita de más bienes que el amor de Dios; en Él encuentra su fin último y descubre que sus pasos temporales son, a su vez bendecidos, por el amor de Dios, pues como nos promete el mismo Jesús en el Evangelio: “Busquen primero el Reino y la justicia de Dios, y todas las demás cosas por añadidura se les darán.” (Mt, 6, 33). Por eso, quien tiene fe, tiene a Dios y ninguna tribulación podrá derribarle; todo lo contrario, hallará en ella una fuente de fortaleza y de inspiración divina. Como atinadamente escribe Santa Teresa de Jesús en ese bellísimo cántico de alabanza y de fe en el amor de Dios, el cual vale la pena reproducir para hacer de sus palabras una meditación sincera: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, nada le falta: sólo Dios basta…”

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    Por último, el Santo Padre cierra su encíclica con una especial invocación a María, la Madre del Dios vivo. Nadie mejor que ella quien creyó, para dar testimonio auténtico de fe. Ella fue el Sagrario humano elegido por Dios para que, de su seno, naciera el Salvador; recibió el anuncio del ángel y, con corazón puro, escuchó el mensaje y vio su misión en el plan de la salvación. Sin reparos aceptó la voluntad de Dios, porque creía en Su palabra y con alegría, concibió y dio a luz al Salvador. “En la plenitud de los tiempos –escribe el Papa Francisco- la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en ella y naciese como luz para los hombres.”[34]

Es por ello que la Madre de Jesús es el paradigma absoluto de la auténtica fe. Su adhesión al mensaje de Dios le dio un lugar especial en la historia salvífica. Ella es ejemplo vivo de que, quien confía en Dios, se refugia en Él, se regocija en Él, se alegra por tanto en Él. Resuenan en nuestra mente las palabras de su prima Isabel, que también serían las nuestras, para venerar y pedir su intercesión en nuestros corazones para que compartamos la fe absoluta en Dios y sus designios: “Dichosa tú por haber creído que de cualquier manera se cumplirán las promesas del Señor.” (Lc, 1, 45). María es la Madre amorosa que nos guía, que nos enseña la fe absoluta en el mensaje de su hijo, y porque ella creyó y vio que Dios es la verdad, también nos mueve siempre a seguir a Jesús, a aumentar nuestra fe en Él, con esa amorosa invitación que narra el Evangelio: “Hagan todo lo él les mande” (Jn, 2,5).

A la intercesión de María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, el Papa ha querido encomendar el mensaje apostólico de su encíclica. Por ello, la finaliza con una invocación a María, para que ella sea nuestra guía y nuestro refugio en el camino hacia Dios. Vale la pena transcribir las palabras del Papa, que las vivamos y las dirijamos a María haciéndolas también oración sincera:

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¡Madre, ayuda nuestra fe! Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada. Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa. Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe. Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar. Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado. Recuérdanos que quien cree no está nunca solo. Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino. Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.[35]

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2.      Conclusión

A manera de conclusión podríamos resumir la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco en una simple frase: la fe nos da la alegría en el Señor.

En los tiempos modernos de crisis moral, vemos con esperanza que no todo está perdido, que la alegría aún brilla en muchos corazones y que el amor es el valor supremo que alienta a muchas almas. La fe debe ser esa fuerza para encontrar a Dios en uno mismo, para vivir su amor en el otro, para maravillarnos aún en la trivialidad de lo cotidiano. Con la fe nos damos cuenta que a Dios no se le halla en la fugacidad del hedonismo, ni en la materialidad del mundo, ni en la cientificidad que la experimentación empírica asegura; a Dios se le encuentra cuando abrimos nuestra mente y nuestra alma, y aprendemos a ver no con los ojos, sino con el corazón, porque Jesús mismo ha prometido la alegría de la salvación a los que creen con el alma: “¡Dichosos los que creen sin haber visto!” (Jn, 20,29).

Que Dios nuestro Señor ilumine nuestra fe. Al amparo de María nos encomendamos y al Magisterio de la Iglesia confiamos nuestra formación. Abramos nuestro corazón al amor de Dios, porque en Él todo se puede y nada hará que nuestra alma sucumba: “El Señor es mi fuerza y mi escudo; confié en Él y me socorrió; por eso me alegro y le canto agradecido.” (Sal, 28,7).

Héctor LÓPEZ BELLO

hectorlopezbello@gmail.com


[1] Cfr., Lumen Fidei, Nos. 8-22.

[2] Consejo Pontificio para la Promoción de la nueva evangelización, Para vivir el año de la fe, Editorial San Pablo, México, 2012, p. 21.

[3] De Magistro, I, 2.

[4] En este sentido resulta importante destacar la influencia de la corriente filosófica del Personalismo, concepción teórica que coloca a la persona como ser libre, trascendente y con elementos morales. Desde la filosofía varios autores han abordado esta teoría, destacando Max Scheler, Emmanuel Levinas, Martin Bubber, y desde la perspectiva cristiana Emmanuel Mounier, Jacques Maritain y Karol Wojtyla, entre otros, autores que, desde luego, merece la pena aproximarse a su pensamiento.

[5] Cfr., Lumen Fidei, Nos. 23-36.

[6] Lumen Fidei, No. 24.

[7] Comentarios al Evangelio de San Juan, 23, 6.

[8] «fides si non cogitetur, nulla est», en “Sobre la predestinación divina”, 2,5.

[9] Para vivir el año de la fe, p. 35.

[10] Recomendamos ampliamente la lectura de ésta encíclica del Papa Juan Pablo II, donde el Beato pontífice explica con enorme claridad los elementos filosóficos y teológicos para emplear de manera armónica la fe y la razón. Para ello toma como base filosófica los planteamientos esbozados por Santo Tomás de Aquino quien magistralmente explicó aquélla dicotomía racional.

[11] Fides et Ratio, No. 100.

[12] A menara de ejemplo baste señalar dos obras de carácter divulgativo que señalan con gran claridad cómo la Iglesia católica ha sido la gran impulsora de la cultura occidental. En primer lugar la clásica obra de François Chateaubriand, “El genio del cristianismo”, Ediciones El Buey Mudo, Madrid, 2010; así como la interesante obra del historiador Thomas E. Woods, “Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental”, Editorial Ciudadela, Madrid, 2007.

[13] Lumen Fidei, No. 27.

[14] Lumen Fidei, No. 35.

[15] Confesiones, 10, 27.

[16] Cfr. Lumen Fidei, Nos. 37-49.

[17] Sermones, 1,2.

[18] Lumen Fidei, No. 39.

[19] Plegaria Eucarística, Canon romano.

[20] Lumen Fidei, No. 40.

[21] Para vivir el año de la fe, p. 186.

[22] Lumen Fidei, Nos. 50-60.

[23] La Ciudad de Dios, X, 1, 1.

[24] La Ciudad de Dios, X, 1, 2.

[25] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, No. 66.

[26] Con razón señala al respecto Aristóteles que “es manifiesto que la comunidad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede por sí bastarse a sí mismo, deberá estar en el todo comunitario, en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo.” Política, 1253a.

[27] Lumen Fidei, No. 50.

[28] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, No. 75.

[29] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, No. 164.

[30] Lumen Fidei, No. 52.

[31] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, No. 211.

[32] Lumen Fidei, No. 56.

[33] Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Spe Salvi, No. 10.

[34] Lumen Fidei, No. 58.

[35] Lumen Fidei, No. 60.